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UN REENCUENTRO TENEBROSO

Mercedes y Goyito habían sido compañeros de escuela. Pasaron los años y la siguiente noticia que se tuvo de él fue que se había convertido en un violador serial. Décadas más tarde, participó del operativo que decidió a la artista a tomar el camino del exilio.

Esa vez su repertorio incluía “Cuando tenga la tierra”, el famoso tema de Daniel Toro y Ariel Petrocelli. Una audacia para la época. Corría una noche invernal de 1978. Mercedes Sosa justo entonaba la primera estrofa cuando irrumpió la policía en una casona de estilo colonial situada sobre la esquina platense de 3 y 40. Era el Almacén San José, un emblema de la música folklórica.

Ya amanecía. Gran parte del público, oportunamente arreado desde el recital hasta la Comisaría 9ª, formaba una fila en el patio. Desde una oficina se colaba una grabación de la misma pieza que Mercedes Sosa había dejado inconclusa, mientras el jerarca del lugar, un comisario de tamaño intimidante, simulaba deleitarse con sus acordes.

Ella había sido obligada a sentarse ante su escritorio. También estaba el tipo que la había bajado del escenario. Era el ladero del jefe, y festejaba cada uno de sus dichos con su característica risita. Su cara barbuda, y especialmente el brillo de sus ojos, aún la inquietaban. Tardaría un rato en saber la razón.

RECUERDOS DE PROVINCIA

En 1959, Mercedes Sosa tenía 24 años. Un año antes se había radicado en la ciudad de Mendoza tras casarse con Oscar Matus. Y ahora ambos estaban de visita en Tucumán para presentarle al pequeño Fabián, nacido hacía sólo unos meses, a los abuelos maternos. Fue entonces cuando supo esa sombría historia.

Su protagonista: el Goyito. Era el hijo menor de don Lázaro Zanabria, un compañero de trabajo del papá de Mercedes en el Ingenio Guzmán, donde los dos eran obreros. Los vástagos asistían a la misma escuela, pero en otros grados. Quizá por tal razón su recuerdo de ese pibe esmirriado e introvertido era borroso.

En aquel último verano de la década del 50, don Sosa le extendió a Mercedes un recorte del diario La Gaceta con una fotografía a tres columnas del susodicho bajo el siguiente título: “Continúa prófugo el sátiro del Barrio Padilla”. En resumidas cuentas, al Goyito le atribuían unas diez violaciones. Su modus operandi consistía en ingresar a las casas de sus víctimas, después de cerciorarse –mediante una inteligencia previa– de que se encontraban solas. Sus faenas incluían la degustación y cata de alimentos y bebidas alcohólicas disponibles en aquellos sitios, mientras sus presas permanecían atadas en el lecho. Su perdición sobrevino al olvidarse la Libreta de Enrolamiento en una de aquellas incursiones. Entonces puso los pies en polvorosa.

Mercedes, con el bebé entre sus brazos, escrutó con atención el retrato amarillento de aquel tipo. Y sus ojos fueron el único detalle que pudo asociar con el infante que tres lustros antes solía cruzar- se con ella en los recreos de la escuela. Nada más.

El caso había alborotado sobremanera a la opinión pública tucumana; no obstante, su trascendencia en el resto del país fue nula.

Es posible que, en los primeros tiempos de su huida, Goyito recalara en Salta y Jujuy. Lo cierto es que entre 1959 y 1961 hubo en aquellas provincias algunos delitos sexuales con el mismo patrón de conducta. La prensa reparó más que los investigadores policiales en semejante coincidencia, por lo que ese sujeto jamás fue atrapado. Y sus andanzas fueron sepultadas por otras calamidades de la actualidad. Mercedes misma se olvidó del asunto.

Pero casi dos décadas después, de golpe, dicha remembranza fantasmal se abrazó a su mente. Fue durante aquella madrugada en la Comisaría 9ª, cuando se dio cuenta de que el policía de la risita no era otro que Goyito.

AL SERVICIO DE LA COMUNIDAD

De modo que él, un violador impune, había conseguido ser conchabado en la Bonaerense. Para colmo, durante la época del general Ramón Camps. Tanto la ropa de civil como su barba indicaban que integraba patotas operativas de la fuerza.

La oficina del comisario había quedado en silencio. Y este se puso de pie para perderse detrás de la puerta.

Mercedes quedó sola con Goyito. Y palideció.

El silencio persistía y el paso de los minutos se hizo eterno. Mercedes esperaba de un momento a otro lo peor.

La respiración de su antiguo condiscípulo fue mutando en un jadeo.

Entonces ella cerró los ojos.

En ese instante oyó que la puerta se abría. Y a continuación, la voz del comisario:

–Agarre sus cosas, señora, que se va… Y tras unos segundos, agregó:

–Lamentablemente.

Goyito entonces soltó su proverbial risita, tal vez a modo de despedida.

Tal experiencia fue determinante en la vida de Mercedes Sosa. Porque hasta ese día, pese a las listas negras y al ambiente mortuorio que flotaba en el aire, ella había tratado de quedarse en el país. Pero aquella noche en La Plata tuvo lugar su último recital en la Argentina de la dictadura. Pocas semanas más tarde partió al exilio. Un largo exilio, primero en París y luego en Madrid. Regresaría recién en 1982.

Sobre la existencia del suboficial Gregorio Zanabria (a) Goyito, no hay más que piezas sueltas. De su paso por la maquinaria del terrorismo de Estado apenas hay una mención de su presencia en el Pozo de Banfield, uno de los centros clandestinos del circuito Camps. Sin embargo, no hay otras denuncias o menciones sobre él.

Es probable que alternara sus actividades represivas con el ejercicio del delito sexual, tal vez dentro o fuera de sus funciones policiales. Lo cierto es que jamás tuvo complicaciones con la Justicia a raíz de ello ni tampoco por sus probables delitos de lesa humanidad. Un hombre de suerte.

Hasta diciembre de 1986.

Ese día el diario Crónica informó sobre el hallazgo de un cadáver que flotaba en la ribera de Quilmes. Era el suyo. Un balazo le había volado la tapa de los sesos. “Ajuste de cuentas”, fue la hipótesis de la pesquisa.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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