“Cold” arranca casi como una canción de cuna nostálgica que se equivocó de casa: un arpegio de guitarra acústica, un aire montañés atrapante que remite al folk apalache. La voz de Chelsea Wolfe suena a bienvenida, pero decididamente no lo es: “Cuando estoy junto a vos / se siente tan frío / y es difícil dormir / y es difícil sentirse tan sola”. Esa suerte de engaño de entrada –lo cálido que en realidad prepara el terreno para lo helado– funciona como declaración de principios de The Dark, el noveno álbum de la cantautora californiana.
Después del audaz She Reaches Out to She Reaches Out to She (2024), su incursión más electrónica junto a Dave Sitek, Wolfe da un giro hacia canciones con más forma de canción que nunca, con un claro predominio de la guitarra acústica y su voz en primerísimo plano. Hay menos capas, menos distorsión y una búsqueda evidente de claridad, aunque la oscuridad siga siendo el territorio en el que mejor se mueve. La producción corrió por cuenta de Jennifer Decilveo y su histórico socio, Ben Chisholm, y es probablemente la más pulida de su carrera. El sonido tiene una nitidez que favorece las melodías y deja cada elemento en su sitio.
“Seethe”, el segundo tema, hierve por dentro como su título promete: un bajo pulsante, un coro que crece hasta la tensión sin estallar del todo, una contención que Wolfe domina mejor que casi nadie en su generación. “Death Is Not the End” suena como una confesión desgarradora. Su voz apenas susurrada, una guitarra acústica y el ruido de las cuerdas cuando pasan los acordes, casi como un subrayado lacerante. El tema que le da nombre al disco empieza con la levedad del aire, suma la densidad de guitarras distorsionadas pero bien educadas, y cierra con un piano desnudo. Ese contraste entre la caricia y el zarpazo medido es, en rigor, el modus operandi del disco.
“Humours” avanza con una épica más terrenal, filtrada por el tamiz gótico de Wolfe, mientras “Swallower” y “Halo” trabajan las texturas más íntimas, con la guitarra de Robin Finck (Nine Inch Nails) insinuándose de a poco, como una sombra que tarda en revelar su forma completa. Nada explota: el disco entero está construido sobre esa demora, sobre la promesa de un estallido que, en rigor, nunca termina de llegar. Solo “Turn the Key” recuerda, a lo lejos, el pulso más rockero y desafiante de Wolfe. Un clima de sesión espiritista de autoliberación, un ritual doméstico convertido en canción.
El disco exhibe de principio a fin belleza, oscuridad y melancolía, pero también una moderación que termina siendo su principal límite. Frente a la ferocidad de Hiss Spun (2017), por ejemplo, acá las guitarras parecen medir cada golpe y las canciones prefieren sugerir antes que desbordarse. Wolfe gana en claridad y accesibilidad, pero resigna parte de la tensión que hacía de su música una experiencia apasionante. The Dark puede abrirles la puerta a nuevos oyentes sin dejar de sonar inequívocamente a Chelsea Wolfe. Pero queda flotando una sensación incómoda: cuando la oscuridad está tan cuidadosamente iluminada, también pierde algo de su poder.
