Es frecuente que se anuncie el final de un medio cada vez que aparece una nueva tecnología. Así, la televisión parecía destinada a desplazar a la radio y al cine, como internet a terminar con la televisión. Sin embargo, los medios no desaparecen: se superponen, se transforman y conviven porque forman parte de rituales sociales. El cine no es solo ver una película, supone compartir una sala con desconocidos en la oscuridad. La radio puede acompañar un viaje o una jornada de trabajo, la televisión construyó otros rituales domésticos, internet sumó nuevas prácticas sin eliminar las anteriores.
Por eso resulta apresurado pensar en el streaming como sucesor de la televisión. Como las redes sociales, blogs, chats, foros y plataformas audiovisuales, es una de las formas que adquirió internet. Estos contenidos circulan por plataformas como YouTube o Twitch, pertenecientes a empresas transnacionales que establecen condiciones de circulación y monetización. Su crecimiento disputa con la televisión una de sus funciones históricas, la de reunir audiencias alrededor de figuras, conversaciones y temas.
Para varias generaciones la experiencia del vivo estuvo asociada a la televisión. Ver un programa mientras ocurría, esperar un horario y compartir un acontecimiento fueron parte de esa alfabetización audiovisual. Para muchos jóvenes, en cambio, el acceso al vivo se produce hoy a través del streaming. Allí aprenden otras temporalidades, códigos de conversación y formas de vincularse con quienes están frente a cámara. Mientras el dispositivo tecnológico parece novedoso, una parte de los formatos recupera escenas conocidas. En Argentina, los programas de streaming más vistos reúnen a un grupo de personas conversando. Algo así como “mesas con gente”, como ironizaba Chachachá, o incluso una versión contemporánea de “Hablemos sin saber”, aquel sketch de Sin codificar. La escena recuerda los comienzos de la radio y de la televisión, cuando figuras, géneros y rutinas pasaban de un medio a otro.
ENTRETENIMIENTO Y POCA INFORMACIÓN
Los medios nuevos suelen tomar prestados lenguajes de los anteriores. En el streaming mainstream aparecen figuras de distintos espacios de la cultura mediática, como periodistas jóvenes, modelos, exparticipantes de realities, deportistas retirados, influencers de redes sociales.
La conversación se convierte en el formato principal y también en el contenido. Entre sus características definitorias aparecen el diálogo de estos programas con las redes sociales mediante el clipeo y la presencia de un joven star system que encuentra en esas mesas un espacio más propio que en los medios masivos. A esa modalidad podría llamársele provisoriamente “periodismo minimalista”. No solo por su puesta en escena de mesa, micrófonos y cámaras, sino por la reducción de la producción periodística. Hay menos informes propios, entrevistas preparadas, trabajo con fuentes o información original. En cambio, adquieren centralidad la opinión, la reacción inmediata y el comentario sobre los temas que ya forman parte de la agenda.
La opinión siempre fue un género periodístico. El problema aparece cuando casi todo se convierte en opinión sobre noticias producidas por otros medios. En ese punto, el streaming puede disputar atención a la televisión sin disputar necesariamente su capacidad de producir agenda. Cambian las pantallas, las figuras y los tonos, pero parte de las conversaciones sigue girando alrededor de acontecimientos construidos como relevantes en otros espacios mediáticos.
Los programas de streaming más vistos se presentan, antes que nada, como entretenimiento. La política, la economía o los asuntos públicos pueden ocupar un lugar secundario frente al espectáculo, las relaciones personales o las celebridades. No hay nada ilegítimo en ello. La televisión también construyó su historia alrededor del entretenimiento. Sin embargo, la cuestión adquiere otra dimensión cuando una parte de las audiencias jóvenes dice informarse principalmente a través de redes sociales y plataformas digitales.
Si esos espacios también funcionan como lugares de información, importa preguntarse no solamente qué dicen, sino qué temas dejan afuera. Evitar tematizar la política no implica ausencia de una decisión editorial: también construye una idea acerca de qué asuntos serían relevantes para determinadas audiencias y cuáles quedarían reservados para otros espacios. También importa preguntarse quiénes son los propietarios. En algunos casos, sus principales conductores son también socios o dueños. La novedad tecnológica y la cercanía con las audiencias no implican, por sí mismas, una democratización de la propiedad ni de las condiciones de producción.
A 75 años del comienzo de la televisión argentina, el streaming permite volver a pensar una historia que nunca fue la del simple reemplazo de un medio por otro. La televisión no terminó con la radio y probablemente el streaming tampoco termine con la televisión. La disputa ocurre en el terreno de quién concentra la atención, quién define de qué se habla, quién produce la información y quién logra convertir una conversación en un acontecimiento público. En ese escenario, la novedad del streaming quizás no se encuentre tanto en lo que hace, sino en las nuevas condiciones desde las cuales vuelve a hacer cosas que los medios vienen haciendo desde hace mucho tiempo. Asimismo, estos formatos constituyen un territorio de experimentación para una generación joven de productores, conductores y creadores. Allí también hay posibilidades de innovación, creatividad y construcción de nuevos lenguajes. El desafío es que esa apertura pueda traducirse en contenidos más diversos, ambiciosos y capaces de producir no solo conversación, sino también nuevas formas de información y entretenimiento.
