• Buscar

Caras y Caretas

           

La realitización más allá de la TV

Dentro del fenómeno de la presentación del yo en la televisión, los reality shows se convirtieron, por varios factores, en un género central de los últimos 25 años. Al punto que su lógica gobierna y banaliza la información periodística y hasta la mediatización de las acciones de gobierno.

Se cumplen 75 años de la primera transmisión televisiva en nuestro país. Como todo medio nuevo, en una primera instancia puebla su programación con géneros propios de otros medios. En el caso de la televisión se desarrollaron unos pocos géneros propiamente del medio (hacia finales de los 70 y principios de los 80 (la producción nacional fue un poco más tardía), aparece el videoclip –inicialmente una micropelícula–, que buscó promocionar por otros medios las piezas musicales). Uno de los géneros que hace su aparición en la televisión argentina hacia la década del 90, los de la presentación del yo, pero para señalar su distanciamiento de lo verdadero incorporan la idea de espectáculo en sus títulos. Los talk shows se popularizaron y atravesaron la década poniendo en escena los problemas de la “gente común”. Como en un cuadrilátero, el talk show expone con paciencia los problemas más melodramáticos que pueden señalarse (“mi marido me engaña con mi hermana”, por ejemplo) y una vez instalado el conflicto se convoca a la parte acusada a dar explicaciones. Quien conduce interpreta el rol de árbitro; quienes testimonian, el de púgiles que no siempre respetan la decisión arbitral. La seguridad a los costados del piso evita cualquier exceso de violencia física. Desde este género, ciertos exabruptos contenidos en espacios preparados inician su trayecto expansivo.

Pero esta no es la única novedad de la presentación del yo en la televisión. El otro gran género televisivo es el reality show. El cambio de siglo trajo formas de la telerrealidad en las que se cubren las acciones de un grupo de personas las 24 horas del día. Las primeras noticias del género presentaron competencias, como en Expedición Robinson (Canal 13, 2000), que mostró a un grupo de valientes que tenían que sobrevivir en una “isla desierta” a la vez que enfrentarse en competencias tanto físicas como intelectuales. Un año más tarde llegará la emisión del reality show más emblemático: Gran Hermano (Telefe, 2001). Este experimento social supone poner a convivir personas que no se conocen, quienes además de tener conflictos son objeto del voto del público para su permanencia en la casa a cambio de un suculento premio. Quienes permanecieron en el aislamiento que manda el formato en su primera edición ignoraron el feroz ataque a las Torres Gemelas en Estados Unidos, o la magnitud de la crisis social, política y económica que llevó al país a tener cinco presidentes en menos de un mes. Esta primera edición capturó parte de la agenda de los medios. Una agenda que desde entonces se volvió cada vez más introspectiva. Salvo los noticieros que mantienen una temática sobre lo que ocurre, abierta a los eventos de índole internacional, nacional y local, la televisión fue mutando de la metáfora de “ventana al mundo” a la de “el mundo de mi pantalla”. Así aparecen programas de opinión sobre lo que ocurre en la televisión. Vemos y volvemos a mirar; no tanto como una evocación nostálgica del pasado (como podría haber sucedido en Siglo XX Cambalache, Telefe, 1991 a 1996) sino como una pregunta por la propia televisión, la crítica de lo que ocurre en la pantalla misma.

LA TELE MÁS BARATA

Actualmente nos encontramos, como no podría ser de otra manera –y en medio de la crisis económica– con una nueva edición de Gran Hermano (Telefe), que celebra su 25 aniversario. Y ello, también, porque los productos de no ficción son más baratos que los de la ficción y por ello suponen un menor riesgo comercial. Desde el nuevo milenio eso que aún llamamos televisión ha privilegiado un espacio creciente de realitización. Se programan realities en los que la competencia, la convivencia o la demostración de destrezas (artísticas, culinarias, físicas) junto con el conflicto de personalidad y los choques conspirativos son la clave del éxito de sus participantes. Estas emisiones son acompañadas de un conjunto de otros programas que hablan, comentan, repasan, critican, amplifican y retroalimentan al programa central. En los programas satélites se presentan reporteros que generan un conflicto a partir de una cita maliciosa en una pregunta o que ponen en on comentarios del off, subvirtiendo prácticas periodísticas básicas, que son acompañadas de impresiones de panelistas cuya acreditación es la de ser una persona conocida.

Claro que para programas que buscan entretener, que tienen poco peso noticioso o consecuencias políticas, estas prácticas son ciertamente lúdicas. El problema aparece cuando este conjunto de prácticas excede con mucho el territorio confinado del género. Hoy ha extendido sus formas a las del periodismo de opinión, del periodismo político y las encontramos en aquellas en que la política aborda temas de importancia ciudadana y de información trascendental. Por ejemplo: la emisión del fragmento recortado del reportaje que Jonatan Viale le hiciera al Presidente de la Nación el 17 de febrero de 2025 en el canal de noticias TN. La disponibilización en redes de un fragmento quitado de la entrevista para emisión al aire en la que se ve a un asesor interrumpiendo la entrevista para evitar una respuesta complicada y al periodista aceptando la interrupción y retomando sus preguntas como si ello no hubiera sucedido evidencia hasta qué punto la lógica del chimento y del desvelamiento gobierna todos los ámbitos. Este fragmento se trata de igual manera que un video que se obtiene de una cámara de seguridad o que de un exabrupto de un entrevistado. A diferencia de la “gente común” que se ofrece en un reality show, la entrevista al Presidente de la Nación tiene consecuencias reales; las incorporaciones a espacios noticiosos televisivos de reacciones de legisladores que se obtienen luego de la provocación con celulares desde las mismas bancas, que celebran en redes sociales el número de despidos de empleados del Estado nacional también. El peso mismo que la penetración de materiales no televisivos, especialmente de cuentas de personajes políticos en la televisión, evidencia que la realitización excede el espacio de ludicidad del género, pasa del juego antropológico para conocer/nos, para ser un modo de construcción de la realidad. Ese tamiz del “como si de la vida” propio del reality parece haberse extendido a múltiples ámbitos de la vida social, incluyendo algunos muy delicados como los de la política. La fragilidad institucional que supone la reverberación de este modo de tratamiento de los temas de importancia política y social en la televisión excede con mucho al género. Tal vez sea momento de inventar nuevos géneros.

Escrito por
Mónica Kirchheimar
Ver todos los artículos
Escrito por Mónica Kirchheimar

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo