• Buscar

Caras y Caretas

           

El último adiós

NOTICIAS ARGENTINAS BAIRES, JUNIO 7: Miles de fanáticos llegan sin pausa a Avellaneda para despedir al Indio Solari. Una incesante marea de miles de fanáticos sigue llegando en estos momentos al Polideportivo Gatica de Villa Domínico, en el partido de Avellaneda, para despedir a Carlos Alberto “Indio” Solari en el Parque Los Derechos del Trabajador. FOTO NA: DANIEL VIDES.

Casi un millón de personas desbordaron Avellaneda para honrar al Indio Solari. El velorio se convirtió en una de las concentraciones más masivas de la historia reciente argentina.

Brujo, padre, dios de los rotos, profeta. En medio del océano de gente que despidió al Indio florecieron descripciones, definiciones, conceptos, la idea de que era una despedida tribal a un guía. Hace décadas que Carlos Alberto Solari pasó a ser Indio, y ahora el Indio pasó a ser otra cosa a la cual conoceremos en un tiempo futuro que seguramente, para no contradecir al protagonista de esta historia, ya llegó hace rato.

“Solari tenía algo de hechicero, de trémulo y de profeta: hace 40 años ya advertía que somos prisioneros de la tecnología”, ejemplifica Jotaele Andrade, poeta azuleño. Uno de los tantos que llegó hasta Dock Sud ese sábado al Parque de los Derechos del Trabajador, en el obrero partido de Avellaneda. Pocos lugares tan representativos para despachar a quien se crio cerca del Regimiento 7 de La Plata, uno de los lugares donde empezó el levantamiento peronista del 56. Solari pasó sus años de infancia y adolescencia escuchando la historia de los fusilamientos invisibilizados por la historia oficial y revelados por Rodolfo Walsh (¿o acaso la tapa de Bang! Bang!… Estás liquidado no parece una mezcla de Goya con Operación Masacre?).

La noche de ese viernes Jotaele asistió al show de la banda Tarea Fina de Walter Sidotti, que (azares del destino) estaba programado hacía tiempo para el viernes 5 de junio en Azul. Se emborracharon, saltaron, celebraron. Al día siguiente, el viaje de peregrinación a Dock Sud. En el medio le salió de las venas dedicarle un poema al Indio, en el que lo definió como un “brujo”:

¿Por qué canta el brujo de la tribu? Porque estamos solos en la noche de los patrulleros porque hablamos por los huecos del sistema porque los barrios llevan tristezas imperiales cemento y zanjas donde muere la noche y algún hermano y empapelamos las piezas con telones estrellados y tenemos abiertas las manos y tristes las esperanzas y el futuro es un muro donde se estrellan los días canta sí canta y muerde el dolor de la muerte en nuestras bocas porque estamos solos canta y su voz nos reúne ola a ola para hacer el mar que va a lavar este mundo

LÁGRIMAS Y RESPETO

Por el parque y el microestadio Guernica desfilaron millares de personas. El velorio se inscribe entre el selecto grupo de despedidas multitudinarias que integran Gardel, Eva, Perón, Néstor y el Diego. Aunque son aún menos los que lograron llevar esa cantidad de gente en tan poco tiempo. Y cuando a alguien lo llora tanta gente, mínimamente hay que respetarlo.

Por la avenida Mitre se vieron 8 kilómetros de fila hasta el Puente Pueyrredón. Almas amateurs deambulando, buscando el faro que los siga acompañando frente a ese sistema que, como dijo el Indio, “se dedica, por necesidad, a hacer apáticas a las poblaciones, destruyendo continuamente el estado de ánimo”.

La presencia tanto en Plaza de Mayo el mismo viernes como el fin de semana en Dock Sud fue multiclasista. Como lo definió el analista Martín Rodríguez: “En su público, el Indio creó una alianza social entre Aldo Bonzi y la élite cultural de San Telmo o Belgrano”. Aunque los sectores populares, como en los shows ricoteros a partir de los 90, dominaron la escena del último adiós, ese último adiós que fue mucho más que ir a saludar a un ídolo musical.

Durante la despedida, dice un militante de los barrios bajos de Quilmes frente a cámara: “El Indio nos hablaba al oído. Yo soy un pibe de un barrio popular de Quilmes, que parábamos en la esquina, nos habló directamente. Borrachos, faloperos, chorros, lo que le tocaba a cada uno. Nos dijo: ‘Loco, eso para otro lado. Poné tu rebeldía en un lugar’. Y nos llevó a un lugar. Se murió mi papá. Mi papá del rock and roll, mi papá de la vida, mi papá de la política. Toda esta juntada de miles de personas no es para despedir a un músico, es porque está todo mal. Y el Indio nos enseñó que si está todo mal hay que pararse de mano. Y acá estamos. Yo soy militante y le di una vida digna a mis hijos por Los Redondos. Por el Indio. Porque sin él me hubiese muerto como el resto de mis amigos de Argentina. O me tendría preso. Pero no, loco. Lo entendí y me habló al oído”.

LA MIRADA SOCIAL

Uno de los que habló en los días posteriores fue el sociólogo Fernando Rosso. Sostuvo que Los Redondos “captaron algo que después se desarrolló en la década del 90, una intemperie que se empezaba a mostrar tempranamente para la juventud sin laburo, en la precariedad, la Argentina rota. Es muy difícil separarlos del público, lo que se armaba… a mí me gusta la idea de la misa, me gusta la idea de que si no hay amor que no haya nada, pero también era una banda de combate, el Indio lo dice. Uno aprendía lo que era el Estado yendo a los recitales, ahí aprendías que al Estado la juventud de las multitudes le molestaba, eran balas, la muerte de Walter”.

El dios de los rotos. Así lo definió Agustina Troncoso, una joven de 27 años de Paraná, desempleada y autodefinida como “militante” de Cristina y de “todo lo que me conmueve”. Pasiones tristes de una generación que aprendió a golpes lo que era el desencanto social. “El Indio es el dios de los rotos. Todos los que estamos acá tenemos algo en común: estamos rotos un poco, y sentimos que el Indio nos escribió y nos habló a cada uno de nosotros. Por lo que sea… chorros, drogadictos, suicidas, apaleados… Fue una banda y una música que siempre tuve de fondo, y me caló y me entró cuando me rompí y tuve una grieta y lo único que tenía más debajo de donde estaba era la muerte”.

Esa muerte que le dio dos veces un beso en la frente: “Y ahí cuando me tiré y reposé, las letras del Indio que sonaban de fondo comenzaron a tener sentido para mí. Y la lealtad de estar acá es un momento muy justo para todos, porque eso nos obliga a organizarnos, a estar juntos, cuando sentimos que perdemos, perdemos, perdemos y perdemos ocurre esto que nadie quiere, pero se hace eterno. Y nos quedarán pocos, pero somos muchos para bancar a los pocos que nos quedan, y vamos a seguir…”.

Y entonces relata lo que le contó una chica durante la despedida multitudinaria. Cuenta que el pasatiempo de esta chica cuando estaba mal “era aprenderse, aprenderse, aprenderse y aprenderse las letras del Indio, y que esos eran los únicos momentos en que no estaba pensando su cabeza en hacerle más daño, sino que su cabeza estaba concentrada en aprenderse las letras, por eso también te salva en la vida…”.

Escrito por
Gustavo Sarmiento
Ver todos los artículos
Escrito por Gustavo Sarmiento

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo