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Caras y Caretas

           

Que la guerra no me sea indiferente

Ilustración: Juan José Olivieri

Pedro Giachino fue el primer militar muerto durante la recuperación de las Islas Malvinas. Pero antes, fue un fervoroso torturador obsesionado con una canción.

Durante la mañana del 17 de marzo de 1982, Roberto Gibotti, de 23 años, quien estudiaba Derecho en la UBA, acababa de rendir un parcial y, en ese momento, tomaba café en un bar situado en la esquina de Anchorena y Santa Fe.

La atmósfera era allí apacible, bendecida por la tenue melodía que salía de una radio, mientras él hojeaba el diario Clarín.
Su título de tapa: “Galtieri ratificó la política económica”.

Minutos después, esa tenue melodía fue reemplazada por otra, la del tema “Solo le pido a Dios”, de León Gieco.

Sus primeros acordes bastaron para que Roberto palideciera. Es que esa canción le traía un muy mal recuerdo.

En este punto, es necesario retroceder a la Semana Santa de 1980, cuando él visitaba a su familia en Mar del Plata, la ciudad que lo vio nacer.


UNA ESTROFA QUE OBSESIONA

Corría el atardecer de un jueves, y Roberto estaba por cruzar la avenida Patricio Peralta Ramos, a la altura de la calle Aristóbulo del Valle.

Su walkman, justamente, reproducía un casete de Gieco con dicho tema. Ello, quizás, le haya impedido oír un chirrido a sus espaldas. Era la frenada de un Falcon, de cuya cabina emergieron cuatro siluetas que lo invitaron a subir al baúl con piñas, culatazos y patadas. Otro Falcon les servía de apoyo. Roberto, súbitamente, se desmayó.

Los dos vehículos partieron raudamente hacia su base operativa.

Roberto despertó allí atado sobre un camastro sin colchón y con los ojos cubiertos con una tira de tela sucia. De pronto, una voz se dirigió a él:
–Vamos a hablar de música.

Era una voz grave, algo nasal y muy imperativa.

A continuación, otro esbirro prendió un grabador para compartir un breve fragmento de “Solo le pido a Dios”, antes de apagar el aparato. Era el casete que había en su walkman.

El de la voz nasal le lanzó entonces una pregunta como si fuera un dardo:
–¿A usted la guerra le es indiferente?

Fue llamativo que no lo tuteara.

Y para apurar la respuesta, le trompeó las sienes con ambos puños.

Recién entonces, el cautivo musitó:
–¿Qué guerra, señor?
–La guerra contra la subversión, ¡hijo de puta!

Ya lo tuteaba.

Luego abordó una supuesta militancia de Roberto en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST), pero esa cuestión no parecía importarle tanto como su opinión sobre la letra de “Solo le pido a Dios”.

Aquel asunto lo obsesionaba. Era una situación totalmente surrealista. Y está de más decir que el interrogatorio tuvo momentos bestiales.

Roberto, ya catalogado de “perejil”, quedó en libertad tres días después. Tal, por cierto, es el origen de su fobia hacia aquella canción de Gieco.

En este punto, es necesario regresar al 17 de marzo de 1982.


TRAS UN MANTO DE NEBLINAS

Ese día, una mujer llamada Cristina percibió en su esposo cierta pesadumbre. Este acababa de llegar de la Base Naval Mar del Plata, donde prestaba servicios. Y le dijo que al día siguiente partiría hacia un “ejercicio militar en alta mar”.

Su voz era grave y algo nasal.
Ella le creyó a pies juntillas.

Esa noche, el marino permaneció en la habitación de sus dos pequeñas hijas hasta que se durmieron. Entonces, las besó con una triste dulzura.

Esa noche, el marino descorchó una botella de Dom Pérignon y puso en el combinado un disco de Julio Iglesias.

Esa noche, Cristina y él, muy abrazados, bailaron envueltos por la suave cadencia de “Cucurrucucú paloma”.

Esa noche fue demasiado corta.
Al alba, el tipo partió hacia su destino.

Dicho sea de paso, costaba creer que ese diligente padre de familia fuera parte del personal superior de un “chupadero” que ya había alojado a casi medio millar de personas, muchos de los cuales siguen desaparecidos.

Ese sujeto se creía un cruzado de los valores occidentales y cristianos. Tanto es así que, cuando asistía a la Escuela de Oficiales de la Armada, dejó asentado por escrito el siguiente deseo:

“Obtener un puesto que me permita intervenir activamente en la lucha contra el terrorismo”.

También amasaba otro sueño: cursar estudios en la Escuela de las Américas, en Panamá. Sin embargo, ese anhelo no se le cumplió.

Pero la vida ahora le ofrecía una revancha.

Porque no iba, precisamente, a un ejercicio militar en alta mar. Por el contrario, ya estaba embarcado en el ARA Santísima Trinidad, y su destino eran las Islas Malvinas.

De modo que ese hombre navegaba hacia –diríase– el 2 de abril. Y su rol en el conflicto bélico del Atlántico Sur sería demasiado breve, pero inolvidable.


EL MÁRTIR EN SU LABERINTO

Con apenas 18 años de edad, Marisa Peiró era una de las enfermeras vinculadas a esta guerra. Pero desde el continente; específicamente en el Hospital Naval de Puerto Belgrano.

Ya en la madrugada del 3 de abril, ingresó con apuro a la sala de guardia, pero sus dos pacientes no repararon en ella, pese a que solo uno estaba muerto.

Su voz grave y nasal se había callado para siempre.

Un helicóptero los había traído desde Port Stanley, ya rebautizado Puerto Argentino.

La enfermera Peiró contempló por un instante la cara del difunto, antes de cubrirlo, solemnemente, con una sábana.

En cierto modo, su final fue previsible.

Ese tipo, sin otra experiencia bélica que irrumpir a patadas en domicilios civiles durante la llamada “lucha antisubversiva”, utilizó aquella metodología para lograr la captura del gobernador colonial de las Malvinas en su residencia. Pero, como era de suponer, una bala británica lo envió al Más Allá.

Su único mérito fue haber sido la primera baja en tal gesta patriótica.

Eso, de la noche a la mañana, lo convirtió en un héroe nacional.

Horas antes, las tropas argentinas habían desembarcado allí.

La invasión sorprendía a la opinión pública internacional, mientras una explosión de euforia triunfalista estallaba en Buenos Aires.

Aquella misma tarde, al ver en la portada del diario La Razón la fotografía del flamante mártir, Roberto Gibotti reconoció de inmediato a su torturador.

Pero también lo tomó por asalto una certeza: al capitán de corbeta Pedro Edgardo Giachino la guerra no le había sido indiferente.

Escrito por
Ricardo Ragendorfer
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