Hay amores que simplemente nacen. Llegan a tu vida sin bocina para prevenir el impacto. Y el choque termina siendo tan profundo que ahí se te quedan las marcas. Como lo dijo él mismo, sin titubear ni bajar la mirada en medio de una inminente lucha de poderes: “El escudo es como un hijo. Te podés enamorar de una mujer a los 20 y volver a enamorarte a los 30, pero el amor por tu club es para toda la vida”, lo dijo un ídolo popular que es fanático de los colores que porta como ídolo.
Juan Román Riquelme, hoy presidente de Boca Juniors, no solo siente, expresa y refleja un amor eterno por la herencia de su madre de ser hincha del club de la Ribera, sino que él mismo es esa marca profunda en la piel de cada fanático del fútbol en cualquier camiseta.
A veces pareciera que los primogénitos no pueden evitar ocupar ese rol de líder, de cuidadores de los que siguen. Román, hijo de Ernesto y María Ana, es el mayor de 11, y a pesar de que la pasión por la número 5 es algo muy enraizado en su familia, solo él la parió en el barro de Don Torcuato con esa dedicación que todo padre o hermano mayor le brinda a un hijo.
¿Se acuerdan de la frase “Riquelme está feliz”? ¿Y se acuerdan de aquel festejo del segundo gol frente a River en 2001? Sí, ese, el del ¡Topo Gigio! ¿Y todos los más de 100 goles en su carrera en los más de 500 partidos en los que participó? Y claro, cómo no se van a acordar de este nene que empezó jugando en el fondo de su casa, y a los 7 años ya sabía que iba a ser futbolista. Una persona con tal determinación jamás puede ser olvidada. Cierto, no terminó el colegio porque tomó una decisión para su vida cuando era solo un adolescente. Es difícil no haber pensado alguna vez que no estábamos frente a un “Einstein”, un “superdotado” o un “erudito” cuando vio los bailes de pies de Riquelme sobre el césped de la Copa Libertadores del 2000. ¡O el cañazo al colombiano Yepes! O los “toco y me voy” que hizo poner de pie a más de un bostero ese mismo año por la Copa Intercontinental en Tokio, frente al Real Madrid, ese club del viejo continente al que Román terminaría yendo y conquistando, después de sus rebeldías contra una dirigencia boquense que no atendía sus reclamos de mejoras en las condiciones salariales y le echaba en cara una deuda institucional que él como jugador ni conocía. Pero, Román fue caballero y no dijo que el gesto del Topo Gigio había sido para el palco presidencial macrista, sino que fue “porque a su hija le gustaba”.
No vale la pena repasar toda la carrera de Román con la pelota bajo el pie o cerca del pie, porque también se dice que era un estratega inteligente como pocos y que eso, en parte, también lo hizo convertirse en un enganche de oro y el mejor 10 de la historia. Acá estamos hablando de una historia de amor. De esas que te sacan una sonrisa, pero también muchas veces una puteada de bronca por la impotencia de no poder resolver un conflicto o no encontrar otras opciones para seguir alimentando ese sentimiento que por lógica debería solo fluir de modo natural, pero eso solo sucede en películas demasiado empalagosas que no venden una sola entrada de tan irreales.
LO PRIMERO ES LA FAMILIA
Los vaivenes son parte de los vínculos. Y, a veces, tendemos más a querer quedarnos con las dos o tres cosas que nos molestaron que con el número más grande de cosas positivas. Algo que todavía sufre Román es la irresponsabilidad de no presentar una lista a tiempo para su equipo que estaba por jugar la Copa Sudamericana. Un error de cálculo que generó muchas dudas, y enojo, pero que cuando lo escuchás a Román Riquelme hablando en algunas entrevistas televisivas riéndose mientras habla de temas serios como el “casi” secuestro de uno de sus hermanos, entendés que aún es ese pibito de Torcuato que solo iba tras la redonda.
Pero Román, ¿cómo te vas a meter a frenar a los barras en la tribuna para detener la violencia? Sos el presidente, no tenés que hacer esas cosas, dirán algunos. Es que nadie lo entiende; entre el síndrome del primogénito y el amor que siente, no piensa en lo que sería políticamente correcto, solo actúa por el instinto de quien cuida lo que ama. Así como lo hace un hermano mayor, un padre o un hijo por sus padres cuando se siente tal devoción.
Para Román su familia lo es todo. El fútbol lo es todo. Boca lo es todo. No se puede pensar en quién es Juan Román Riquelme sin ver esos aspectos importantes para él que lo hacen ver a sus 46 años todavía como un nene queriendo solo estar atrás de la pelota.
Y así, solo así, uno comprende por qué se convirtió en una de las figuras más queridas a través de acciones y palabras que también lo hicieron ganar un puñado de enemigos. Pero Román, Angelici estaba todo el día en el club, vos estás todo el día en Ezeiza. Y, ¡cómo no va a estarlo! Una de las obras que se propuso y alcanzó fue reconstruir el campo de entrenamiento de fútbol en Ezeiza donde juegan todas las divisiones de Boca. Así como le puso al club, en La Boca, baños nuevos, mejoras del edificio en general, atención médica y, por sobre todo, no solo mantuvo el básquet como parte de la curricula deportiva, por más pérdida económica que pudiera representar, sino que agregó deportes al agrandar Casa Amarilla que nunca habían existido en el club. Extendió la oferta de actividades para el socio porque, como dijo en sus campañas: “¡El club es de la gente!”.
Al futbolista olímpico de Pekín 2008 parece solo importarle correr atrás de la pelota, estar con su familia, que digan a viva voz que él es de Don Torcuato, pero, todo ese amor por el escudo, por los colores, también está sumergido en guerras políticas, de poder, de repartidas, de arreglos, de te doy pero me das. ¿Y Riquelme cómo jugará dentro de ese full party de Game of Thrones? Quizá solo siga con el termo bajo el brazo en Ezeiza, donde se acuerda que parió el amor en el barro. Porque, ¿quién es Riquelme si no es eso?
