Cecilia Grierson nació en Buenos Aires en 1859. Hija de una irlandesa y descendiente de escoceses por parte paterna, fue la mayor de seis hermanos: le seguía Catalina, luego David, Juan, Tomás y Diego. Su familia tenía un buen pasar económico, y su primera infancia transcurrió primero en la Banda Oriental del Uruguay y luego en las estancias que tenían en Entre Ríos, en el distrito de Gená.
Su amigo de la infancia Eusebio (de quien desconocemos su apellido) le envió una carta en 1917 recordándola de esta manera, gracias a la gentileza del Archivo de la Universidad de San Andrés, que resguarda la correspondencia de Cecilia Grierson que atesoró y ordenó su hermana Catalina hasta su muerte: “Tú eras una niña juguetona y alegre (…), que acumulaba cada vez mayores simpatías en todos los que te trataban, cuando te conocí en casa de Don Genaro de Elía, mi suegro más tarde, donde enseñabas al hoy Doctor Gustavo de Elía, á leer y a escribir, lo mismo que á sus hermanitos y a la negra Micaela de triste memoria”. Allí cuenta Eusebio que conoció a Sara, la hija de Don Genaro, también amiga de Cecilia con quien luego tendría un hijo: “á quién arrullaste más de una vez en tus brazos, cuando era aún un bebé, hijo que hoy y es mi orgullo y lo era también de esa compañera, tu amiga sincera, tan señora, tan llena de bondades”.
La escuela formal la hizo en la Ciudad de Buenos Aires, pero cuando su padre falleció y la fortuna familiar comenzó a disminuir, se vio en la necesidad de volver a su hogar. Con 14 años, le propuso a su madre abrir una escuela rural en la estancia y ella impartir las clases. “Preferí, antes de aceptar la hospitalidad de otros parientes más encumbrados, emplearme como institutriz. Para conseguir este puesto, tuve que alargar mis vestidos, pues en aquel entonces se juzgaba la edad y quizá los conocimientos por el largo de la pollera… mi madre aceptó gustosa el ofrecimiento de la creación de una escuela rural que funcionaría en nuestra propia estancia; el nombramiento fue hecho por el gobernador doctor Echagüe”, registra Doctora Cecilia Grierson. Su vida y su obra.
Años después de abrir la escuela rural, Grierson se tomó unas vacaciones en Buenos Aires, donde compartió tiempo con amigos. Allí se enteró de que se fundaría una escuela normal y por insistencia de estas amistades, ingresó a dicha casa de estudios: “Tres años felices de internado que se deslizaron sin sentir, en la antigua quinta de Cambaceres, sobre la barranca que domina a Barracas. Allí aprendíamos a vapor, pues urgía formar maestras en nuestro país; enseñábamos con entusiasmo a la par que estudiábamos y aprendíamos… Recibida de maestra a principios de 1878, pude hacer venir de Entre Ríos a mi familia (a la que no había visto en tres años)…”. Sobre este momento de su vida, Eusebio recuerda en la carta que le envió en 1917: “Yo fui quien te hizo como a María López Gazcón la solicitud para en trar a él”.
Su primera motivación para volverse médica –finalmente se convertiría en la primera en alcanzar el título– fue la enfermedad de su íntima amiga Amalia Kenig, la pobre padecía una enfermedad respiratoria. “La otra consideración, hoy es la primera vez que lo confieso: tenía una amiga, distinguida con dicípula, noble espíritu, cuyo organismo se hallaba minado por una lenta enfermedad. Creía que podría salvarla poseyendo los conocimientos necesarios, es decir, siendo médica. ¡Vana ilusión! Murió Amalia Kenig algunos años después que obtuve el diploma anhelado”, escribió Grierson, según puede leerse en el libro Las primeras, de Gisela Marziotta. Con tan solo 30 años, el 2 de julio de 1889, Cecilia Grierson se recibió de médica en la Universidad Nacional de Buenos Aires.
Pero además de Amalia, Cecilia buscó la opinión de sus amigos Eusebio y Sara. Así recuerda Eusebio en la misiva cómo fue ese suceso: “Yá maestra, tu pensamiento buscó nuevos horizontes, quisiste estudiar medicina, ser apóstol, y aquí viene otro olvido: mi esposa y yo, en quiénes buscaste opinión, porque éramos tus verdaderos amigos, fuimos los primeros en aconsejarte que siguieras tu ideal, declarándose desde entonces, tu defensor incansable, sin dártelo a conocer”.
LOS COCOS
A partir de su larga trayectoria profesional y educativa, cuando logró jubilarse en 1916, compró unos terrenos en la localidad cordobesa de Los Cocos, donde construyó cuatro casas. Allí, ade más de vivir, hospedaba a sus amistades: maestras y artistas, especialmente de noviembre a abril. En 1920 le escribió una carta al Consejo Nacional de Educación poniendo a disposición ese espacio “de mayo a octubre y, quizás una estadía acá sería la salvación de algunas buenas maestras. Sólo tendría el Consejo que avisarme”.
No solo la visitaban maestras, sino que también compartía tiempo con la poeta Alfonsina Storni y la artista Victoria Crenna. Las tres compartían reuniones donde dialogaban sobre los derechos y la educación, mientras tomaban chocolate. Incluso, en Los Cocos hay un mural dedicado a las tres ami gas por su lucha y sus aportes a los derechos de la mujer.
El archivo de la Universidad de San Andrés guarda este poema, que escribió Roberto Sánchez en 1918 (se desconoce el vínculo con Grierson), en el que expresa: “¡Pasaron de aquel tiempo las auroras! Recién pulsaba yo mi joven lira, y cuanto grande al corazón inspira supe cantar en las nocturnas horas / Como todas las almas soñadoras que tienen celestial punto de mira, a la mujer que vale, a la que aspira, aplaudo en sus jornadas redentoras / Mucho luchaste con variada suerte por llegar a la cumbre en tu carrera, y salvar, al que sufre, de la muerte / siempre en acecho, como hambrienta fiera. ¡Venciste, hermana ideal, y es tu bandera, símbolo bello de lo estoico y lo fuerte!”.
