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Caras y Caretas

           

Muchos títulos para una selección ganadora

El Seleccionado albiceleste que disputó aquel famoso partido contra Uruguay tuvo un proceso virtuoso al que llegó con cinco finales en siete torneos sudamericanos.

En tiempos donde la Copa del Mundo aún no existía ni siquiera como propuesta, la Selección Argentina dominaba, junto a Uruguay y Brasil, los viejos Campeonatos Sudamericanos, antecesores de la actual Copa América.

Para octubre de 1924, hace 100 años, ya se habían disputado siete de estos torneos subcontinentales, en los cuales el dominio de ese trinomio era evidente: los charrúas se habían coronado en cuatro ocasiones (1916, 1917, 1921 y 1923), Brasil en dos (1919 y 1922) y la Albiceleste, en uno (1921). Aunque nuestro país era potencia, ya que sumaba cuatro subcampeonatos: 1916, 1917, 1920 y 1923. Más claro: de siete campeonatos jugados hasta entonces la Argentina había quedado entre los dos mejores en cinco oportunidades.

Por primera vez, el Sudamericano de 1923 fue utilizado como clasificatorio para los Juegos Olímpicos a realizarse en París un año más tarde. Del otro lado del Río de la Plata, la Albiceleste cumplió una buena actuación, con una victoria 4 a 3 sobre Paraguay y un 2-1 ante Brasil. E, incluso, contó con el goleador del torneo: el rosarino Vicente Aguirre, a quien le bastó un hat-trick ante los guaraníes para liderar esa tabla de artilleros junto al uruguayo Pedro Petrone. La caída frente a los locales por 2 a 0 le impidió consagrarse y conseguir el ticket a la cita en la capital francesa.

En lo vinculado con los Juegos Olímpicos, se daba por entonces un hecho curioso: reinstaurados en 1896 por el barón francés Pierre de Coubertin, la Argentina todavía no había formado parte de la máxima reunión del deporte mundial. Con un agravante: nuestro país había sido el único de Iberoamérica que tuvo a un protagonista en la fundación del Comité Olímpico Internacional en 1894. Fue el educador entrerriano José Benjamín Zubiaur, que integró el Consejo Ejecutivo.

Justo en París 1924 se dio la primera participación albiceleste en los Juegos. Viajaron 93 deportistas, todos hombres. El estreno fue bueno: seis medallas (una de oro, tres de plata y dos de bronce). También obtuvo ocho puestos premiados.

Ahora bien, para comprender cómo la encrucijada política marginó a los futbolistas argentinos de la primera participación de nuestro país en la historia olímpica, hay que viajar dos años antes de la cita en la capital francesa. En abril de 1922 fue elegido presidente Marcelo Torcuato de Alvear. Antes de volver de Francia, donde realizaba tareas como embajador, Alvear se comprometió con Coubertin a que la Argentina diría presente en los Juegos de 1924.

Para llevar adelante esa gesta, la máxima autoridad de nuestro país tomó varias decisiones muy importantes en poco tiempo. La de mayor impacto fue la creación del Comité Olímpico Argentino, que curiosamente tuvo su primera sede en una casa situada en la calle Viamonte 1366, dirección donde en la actualidad está emplazado el edificio de la Asociación del Fútbol Argentino.

Tamaña responsabilidad recayó en un hombre llamado Ricardo Aldao. Este hecho es la piedra basal del conflicto, ya que Aldao se había manifestado muy en contra de la evolución popular que había tenido el fútbol en la Argentina.

De hecho, en 1912 había roto relaciones con la Asociación Argentina de Football (AAF) por una decisión de esa entidad vinculada con la presencia de socios de GEBA (el club que presidía) en partidos internacionales en su estadio. Entonces, creó una asociación paralela: la Federación Argentina de Football (FAF).

A comienzos de 1924, el poder de la AAF quedó en manos de dos directivos de origen aristocrático: Virgilio Tedín Uriburu y Adrián Beccar Varela sucedieron a Aldo Cantoni, alguien mucho más proclive a vincular el fútbol con lo popular.

Con ese origen, el foco grande del conflicto no tardó en llegar. Porque los clubes amateurs presionaron a Beccar Varela para que los futbolistas de la AAF fueran convocados y formaran parte del plantel olímpico. Pero, a la vez, Aldao desde el COA exigía que todo se resolviera para que a París fueran los mejores futbolistas del país, más allá de si formaban parte de la AAF o de la FAF.

Aldao fue más allá y le avisó a Beccar Varela que a París viajarían los mejores futbolistas. Y le dio un ultimátum: si para marzo de 1923 no estaba solucionado el conflicto interno, no habría representantes argentinos en el fútbol olímpico.

Cuando llegó el momento indicado no había ninguna chance de que la FAF y la AAF encontraran puntos en común para una posible unidad. Y al flamante COA no le tembló el pulso para cumplir su palabra y notificarle al COI ese mismo día que la Argentina no participaría del fútbol olímpico.

LOS JUEGOS OLÍMPICOS QUE NO FUERON

Según rescata el sitio http://www.abrilacancha.com.ar, el diario Crítica fue impiadoso a la hora de señalar responsabilidades en las páginas internas de un ejemplar que elogia la gesta de Uruguay, campeón olímpico al derrotar 3 a 0 a Suiza en la final del torneo realizado en París: “Las rencillas caseras, las ambiciones persona- les, han impedido que nuestra representación futbolística diera oportunidad a nuestros aficionados a festejar, como lo están haciendo los uruguayos, victorias nuestras. El equipo argentino no viajó a París por la intransigencia de cuatro señores empeñados en desconocer la organización deportiva internacional y en obstruir nuestra unión deportiva. La AAF, con un gesto patriótico que la eleva, accedió a reconocer elementos que con su indisciplina manifiesta provocaron el cisma del popular deporte. Pero el Comité Olímpico Argentino no se conformaba con esa concepción porque quería hacer primar en nuestro país a los disolventes”.

Lo único concreto es que el fútbol argentino tenía todo para competir por una medalla y la compulsa política interna le impidió a los futbolistas demostrarlo.

Por esa época se destacaban grandes jugadores de Boca, como el arquero Américo Tesoriere, los dos mediocampistas Segundo Médici y Mario Fortunato y el delantero Domingo Tarasconi. Tan frecuentes eran por entonces los Sudamericanos que solo un mes más tarde de aquel amistoso del 2 de octubre de 1924 entre la Argentina y Uruguay (en el que Cesáreo Onzari escribió para siempre su nombre y apellido en los libros de historia del fútbol al anotar el primer gol directo desde un tiro de esquina), se disputó otra edición, la octava, en Uruguay. En el país vecino el local volvió a consagrarse en detrimento del seleccionado albiceleste, nuevamente subcampeón.

Sin embargo, poco faltaba para que comenzaran a llover los éxitos: en lo que quedaba de la década la Argentina ganó tres títulos subcontinentales (1925, 1927 y 1929) de los cuatro realizados (el otro, disputado en 1926, fue para Uruguay). Todo eso justo antes del primer Mundial de la historia, donde casualmente ambas selecciones rioplatenses definieron al primer campeón.

Pero esa ya es otra historia.

Escrito por
Pablo Lisotto
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