Un médico a la derecha, por favor!”, pidió Raúl Alfonsín cuando advirtió que alguien, sofocado por el calor o por la emoción o por los codazos, se había desmayado y caído al piso, y toda la enorme concurrencia le ofreció un aplauso entusiasta y conmovido. Corría 1983. El tipo vio que la cosa había funcionado y la repitió en el acto del día siguiente, y después en todos los demás, y lo de “¡Un médico allá!” se convirtió en una especie de muletilla de campaña. Que revelaba la comprensión del candidato de que la sociedad a la que debía seducir no estaba ya compuesta por los grandes colectivos de agregación de intereses y de construcción de identidades de antes de mediados de la década anterior, sino que estaba ahora atomizada, fragmentada, hecha de la suma de individuos que se sentían menos conmovidos por el un poco vacío “¡Compañeros!” con el que su adversario iniciaba todos sus discursos que por ese gesto afectuoso de cuidado y preocupación por cada una de las ovejas del rebaño.
Los 90 vinieron a sumar destrucción a la destrucción. Esta “segunda vuelta” de aplicación del recetario neoliberal profundizó esa desintegración y terminó de construir, donde antes habían campeado las viejas identidades colectivas que habían promovido la política, la organización estatal de la sociedad y la organización sindical de la fuerza de trabajo, identidades “astilladas”, como las llamaron entonces las mejores ciencias sociales que se hacían en el país. Contra ese telón de fondo se recorta, en el ciclo político siguiente, el encanto de otra frase: la que dice –en la herencia de aquel “Un médico…” del siglo pasado– que “la Patria es el otro”, otro cuya suerte, por lo tanto, no debería sernos indiferente. Siguió el “tercer turno” neoliberal y siguió, enseguida, la pandemia, uno y otra con sus tremendos efectos de disolución y de afirmación de cada quien en su propia identidad individual, en su propia casa, alejado de lo público y común y no queriendo saber nada con los discursos que hacían de lo público y común su fundamento.
En ese contexto llegamos a las elecciones del año pasado, en las que se enfrentaron dos programas. Uno de los candidatos intentó, ante esa sociedad más desarticulada y astillada que nunca antes, reponer algo de ese viejo modo de pensarse las cosas en torno a una idea sobre lo común que debía encarnarse en un Estado activo en condiciones de garantizar los derechos (esta palabra había sido fundamental en la retórica que había acompañado la experiencia kirchnerista) de todo el mundo. El otro, en cambio, desplegó un discurso que, sostenido sobre una representación radicalmente individualista de las cosas, declaraba su convicción de que –como dijo alguna vez Magaret Thatcher– “la sociedad no existe”, de que las ideas de justicia social y de derechos son aberraciones sostenidas por quienes defienden intereses inconfesables y de que el otro solo merecía ser pensado como un competidor o una amenaza, o en el mejor de los casos como un depósito circunstancial de órganos que el día de mañana uno podría necesitar y comprar a un precio justo en el mercado.
LOS CHICOS DE RAPPI
La sorpresa de que el ganador de esa contienda electoral haya sido el candidato que sostenía este último discurso, del que se desprendía una orientación nítidamente antipopular para las políticas que se disponía a implementar y que de hecho viene ejecutando, ha dado lugar a diversos intentos de “explicación”, entre los que sobresale el que consiste en afirmar que al actual presidente lo votaron “los chicos de Rappi”, eso es, los trabajadores informales, muy precarizados y sin organización sindical alguna, particularmente receptivos, por eso mismo, a ese discurso ferozmente individualista del primero candidato y ahora presidente, que podía dirigir sus dardos con eficacia –y amplia aceptación entre estos sectores del mundo del trabajo menos organizados y más desamparados– contra los sujetos de unos derechos que, al no ser disfrutados por los trabajadores informales y los cuentapropistas, para los que no constituían ningún derecho en absoluto, podían ser verosímilmente representados por estos últimos más bien como odiosos privilegios que era justo combatir.
Esa hipótesis dice una parte de la verdad, pero no toda. Es cierto que Milei le ganó a Massa por paliza entre los “cuentapropistas”, donde su voto parece haber duplicado el de su contrincante. Pero también es cierto que le ganó en todas las otras categorías laborales y sociales, incluyendo las de los jubilados, pensionados y asalariados. Lo que resulta tanto más interesante cuanto que las dirigencias de las organizaciones en que se nuclean estos grupos (lo mismo que muchos otros sectores de la vida social del país) en general se expresaron pública y contundentemente –a través de declaraciones, solicitadas y otros instrumentos– en apoyo al candidato oficialista. Por lo que no tenemos un problema, sino dos. Uno: ¿cómo es que un “chico de Rappi” pudo votar (como se dice: “contra sus propios intereses”) como lo hizo? El otro: ¿cómo es que votaron como lo hicieron sujetos con niveles mucho más importantes de integración a colectivos que suponíamos que iban a determinar su decisión de voto mucho más que lo que, evidentemente, lo hicieron?
Son dos partes de un mismo problema. La primera es la que la sociología viene pensando bajo el nombre de “desafiliación”, que es la pérdida de los lazos o los hilos que atan a los individuos a los colectivos en los que antes encontraban referencias para actuar. La otra es la que podemos llamar “desafección”, que es la dimensión subjetiva de la crisis de legitimidad de las representaciones sociales más diversas. El éxito electoral del discurso neoindividualista posesivo del candidato Milei expresa la gravedad de estas dos expresiones convergentes del carácter regresivo de los cambios sociales operados en el país en el último medio siglo. Para que a ese éxito no siga el de las políticas con las que el ahora presidente Milei busca demoler los fundamentos mismos de nuestra vida colectiva, hay que asumir el desafío de pensar, seguramente sobre nuevas bases, cómo construir y sostener los lazos que cimentan, más allá y entre los sujetos individuales que todos y todas somos, la comunidad que no podemos aceptar dejar de ser.
