• Buscar

Caras y Caretas

           

La eterna excusa de la república

En el 506 y en el 2000 también, el antiperonismo se opuso a
la Constitución de 1949 invocando un discurso republicano que
terminaba avalando procesos con poca legalidad.

La Constitución no puede ser un artículo de museo que, cuanto mayor es su antigüedad, mayor es su mérito”. Esta fue una de las frases centrales del discurso que el presidente Juan Domingo Perón pronunció en la apertura de sesiones ordinarias del Congreso Nacional, el 1 de mayo de 1948. Dos meses antes se habían realizado las elecciones de medio término. El peronismo se había alzado con el 56 por ciento de los votos, el radicalismo había sacado 24 por ciento; los socialistas, seis; el Partido Demócrata, cuatro, al igual que el Laborismo Disidente.

Estas elecciones abrieron la puerta para impulsar la reforma de la Constitución Nacional de 1853. El debate no era nuevo y tenía un impulso regional. La revolución mexicana y su Constitución de 1917 era el faro jurídico que irradiaba sobre el resto de la región la idea del constitucionalismo social.

El nuevo triunfo del peronismo le había dado las mayorías parlamentarias para impulsar la convocatoria a una asamblea constituyente. ¿Cuál fue la reacción del universo antiperonista y qué puntos de contacto tuvo y tiene con la historia reciente?

El antiperonismo era (y es) un archipiélago contradictorio en el que confluían desde el socialismo hasta la derecha oligárquica. En esa realidad política, el argumento que permitió la confluencia para rechazar la reforma no fue en contra de los derechos sociales y económicos que tendrían rango constitucional, sino un aspecto político: el supuesto proyecto “totalitario” del peronismo, que se expresaba, según esta visión, en la posibilidad de que la nueva Carta Magna habilitara la reelección del presidente.

En su trabajo “Octubre se venga de Mayo: el antiperonismo frente a la reforma constitucional de 1949”, el politólogo Pablo Pizzorno, profesor de la Universidad Nacional de San Martín, sostiene: “Se reactivaron las imágenes que comparaban a Perón con Juan Manuel de Rosas, vislumbrando una suerte de revancha rosista tardía que pretendía barrer el texto constitucional emergido de la derrota del caudillo bonaerense en Caseros. En este relato, la Constitución de 1853 era el último bastión de la Argentina liberal frente al resurgir del autoritarismo criollo”. En ese sentido, Pizzorno cita una declaración del dirigente socialista Américo Ghioldi: “Es la venganza que se toma Rosas sobre Caseros”. Y otra del caudillo radical Ricardo Balbín: “En 1853 cayó una dictadura y se levantó una Constitución; ahora, en 1948, cae una Constitución y se levanta una dictadura”.

Las definiciones confirman que el eje que logró la cohesión antiperonista era el de la batalla por la supuesta defensa de la república. Son argumentaciones que resurgirían más de medio siglo después, cuando en el 2007 el expresidente Néstor Kirchner decidió impulsar a Cristina Fernández para la presidencia y dejar de lado su reelección. Proliferaron los argumentos que hablaban de una “monarkía”, con K, porque la candidatura de CFK habilitaba el retorno de Néstor cuatro años después, ya que no había tenido una reelección consecutiva.

Y si se analiza el discurso de la fase final de la campaña electoral de 2015 que llevó a Mauricio Macri a la Casa Rosada, aparece lo mismo. El líder del PRO se la pasó diciendo en los últimos tres meses antes del balotaje que no cambiaría el modelo económico y que lo importante era impulsar “otro modo de hacer política”.

CAMBALACHE

Pizzorno describe a los actores extra partidarios que se sumaron a la campaña contra la reforma constitucional de Perón, en la que tuvieron un rol central los medios de comunicación tradicionales. Señala el tono beligerante que impulsaron. “La movilización opositora desbordó los canales partidarios. Involucró a diversos actores de la sociedad civil. Asociaciones ‘constitucionales’ se formaron en diversos ámbitos sociales y profesionales. La más destacada de ellas sería el Club del 53, creada en septiembre de 1947, que reunía a diversas figuras partidarias, intelectuales y personalidades de la cultura. Por su parte, los periódicos opositores, a través de La Prensa y La Nación, volverían a tomar claro partido, recuperando el tono encendido que se había suavizado luego del triunfo de Perón”.

Las posiciones no fueron monolíticas. Dentro del radicalismo hubo dos posturas frente a la reforma: los unionistas, el sector más conservador, proponía no presentarse en la Asamblea Constituyente para vaciarla de legitimidad; los intransigentes, por su parte, sostenían que había que participar y presentarse. El no participar de la elección fue una posición que se impuso en varios de los partidos más chicos, como el socialismo. Finalmente, luego de un intenso debate partidario, el radicalismo decidió presentarse, pero rechazar la reforma constitucional con un discurso muy duro.

El jefe de la bancada radical en la Asamblea Constituyente era Moisés Lebensohn, que venía de la rama menos conservadora de la UCR. Durante el debate su intervención dejó claro que el antiperonismo comenzaba a deslizarse hacia el autoritarismo al desconocer la legitimidad del proceso político liderado por Perón.

“El gobierno, al apartarse del orden constitucional, perdió su legitimidad y se ha transformado en gobierno de hecho, asistido y resguardado únicamente en la fuerza que posee”, dijo Lebensohn en la convención. Y agregó: “Esta asamblea emerge de esa alteración de las esencias republicanas y es la consecuencia del régimen de concentración de poderes y de regulación de libertades que configura la realidad argentina. La reforma que se dicte no será una expresión del derecho sino de los factores de poder dominantes por la gravitación desnuda de la fuerza, y perdurará sólo en tanto prevalezcan esos factores”.

Sobre este discurso, Pizzorno destaca: “Allí parece empezar a resolverse la tensión ya explorada entre los márgenes de legitimidad y legalidad que el antiperonismo reconocía al gobierno. Si desde el 24 de febrero de 1946 la oposición había concebido al peronismo como un fenómeno de origen ilegítimo pero con fachada legal, a partir de la nueva coyuntura se lo describía como un hecho de fuerza. La pregunta que parece inevitable es cuáles otros métodos además de la fuerza podrían emplearse para enfrentarlo”.

El radicalismo se retiraría luego de la sesión y el peronismo triunfaría por amplio margen para impulsar la reforma. Sin embargo, el germen del autoritarismo antiperonista, paradójicamente en nombre de la república, ya estaba sembrado y terminaría de florecer con el golpe de 1955.

Escrito por
Demián Verduga
Ver todos los artículos
Escrito por Demián Verduga

Descubre más desde Caras y Caretas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo