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Caras y Caretas

           

Postales de lo efímero

En su libro Bloc 2, editado por Paradiso, la diseñadora y directora de arte Adriana Yoel pone en diálogo la escritura, el dibujo y la fotografía para abordar el campo de la memoria y el de la propia biografía.

Viandantes alelados por el barullo de la muchedumbre, abrazando el ropaje de su soledad en bares, cafés o restoranes. Gestos congelados en el instante de la captura o en la reconstrucción que operan la memoria, el olvido y la invención. Paisajes fugaces, de una crudeza arrancada a su cotidianeidad, el juego de luces en escorzo y el detalle de alguien absorto en la lectura. Bloc 2, de la diseñadora y directora de arte Adriana Yoel, hace uso de la fotografía intervenida, la cita desnuda y el dibujo a tinta para configurar una serie de postales de lo efímero.

El campo de la memoria, y el de la propia biografía, es el de una libreta de apuntes evanescentes en donde la fidelidad del recuerdo se tiñe de invención a punto tal de sobrevenir el asombro ante la remembranza de lo no sucedido. No es casual, en este sentido, el epíteto de boceto, eso que se quiere detención del instante en el cual se juega la premura por concluir y la resistencia de la escena que huye a otro tiempo, a otro lugar. Una apuesta, en definitiva. Por qué si no darle cauce a aquello destinado al olvido. O peor aún, a no ser nunca percibido. En ese cobijar lo que no hubiera sido sin la presencia de la mirada atenta, las cosas y los seres –las escenas mudas que los incluyen y conforman– adquieren un estatuto paradójico: destinadas a perderse ahora son el trofeo de lo perdido. Y para hospedar lo perdido, la mirada debe saber hacer silencio y aguardar. No la pepita de oro del acontecimiento, sino la levedad de lo transitorio. Debe, la mirada misma, volverse puro tránsito.

Las citas de Walter Benjamin, Juan José Saer, Elizabeth Bishop y Takuma Nakahira son, en más de un sentido, piezas autónomas que se prestan al diálogo y subrayan, de esta manera, la imposibilidad del recuerdo limpio, la pérdida irremediable de aquello que se pretende propio y la taimada inocencia del punto de vista. Como si resaltaran que el núcleo íntimo de nuestra identidad no es más que aquello que perdemos (y que quizá nunca tuvo lugar), y de donde, sin embargo, se desprende un resto. Pero algo siempre queda.

Atesorar el fulgor pasajero implica una renuncia, porque no todo lo entrevisto en los pliegues de lo visible habrá de guardarse en la retina y menos aún en la transposición al papel. Por eso el color es lo primero que se pierde. O quizás es al revés. Más que una pérdida, más que una renuncia, la ausencia de color es la posibilidad de acoplarse a la duración, a su irremediable fugacidad. Y es también la oportunidad de mirar con nuevos ojos lo visto una y mil veces en el eterno retorno de lo mismo. De ahí el uso cuasi caligráfico de la tinta, que, además de dar volumen, contraste o profundidad, realza el estruendo del blanco o hasta lo atenúa. La mirada, así, recorta una escena y, en ese acto, más que representarla, la crea como algo ya dado.

Sin aspavientos ni manierismos, Bloc 2 instruye que entre escritura, dibujo e imagen no hay divisiones ni jerarquías tajantes sino comercio mutuo. Y que esa transacción, alejada de cualquier empeño ilustrativo, ocurre en el centro móvil de la mirada. 

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Juan F. Comperatore
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