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Los años mexicanos

Ilustración: Hache

La obra de Enrique Santos Discépolo encontró un eco importante en diversos artistas de Latinoamérica. Pero en tierras aztecas, el autor también desarrolló un capítulo determinante de su vida.

La fascinación que la obra de Enrique Santos Discépolo despertó en el exterior se puede sintetizar en la cantidad de versiones de su tango más famoso, “Cambalache”. Pese a su nihilismo en el más riguroso lunfardo, artistas como Joan Manuel Serrat y Caetano Veloso abrevaron con gracia en ese amargo manifiesto. Y hasta un italiano como Luca Prodan solía cantarlo en clave de reggae en los primeros años de Sumo. Luis Eduardo Aute editó en 1991 su disco Ufff!, que cierra con el tema “Siglo XXI”, un homenaje a Discépolo: “Siglo veinte cambalache, problemático y febril/ Anunció Santos Discépolo, poeta del dos mil/ Y profeta en aquel tango que cantó a la corrupción/ Que gobiernan las cloacas de la humana condición”.

La poética de la desesperación de Discepolín caló hondo en la música popular de su tiempo, en cualquier sitio del planeta. En años en que, sordamente, el bolero y el tango competían en el mercado de la industria del entretenimiento de América latina, viajó a México y entabló relaciones con la flor y nata del arte azteca. Allí fue respetado, admirado, hizo amistades de peso, como la que forjó con Agustín Lara, vivió un profundo romance y tuvo un hijo que no reconoció. Es interesante detenerse en esta etapa de su breve vida.

Los años mexicanos de Discépolo comprenden, con intervalos, 1944, 1945, 1946 y 1947. Ya desde el primer viaje fue recibido por Agustín Lara, que vivía en pareja con María Félix, la musa de “María Bonita”. Había tenido un amor en su pasado con una chica, actriz, muy jovencita, llamada Raquel Díaz de León. Dicen que fue él quien le presentó al argentino con una frase que deschavaba su egomanía: “Te presento al Agustín Lara de la Argentina”, le dijo a la chica, señalando la figura enjuta de Discépolo. Fue el kilómetro cero de un romance furibundo, que originó varias idas y venidas del poeta y letrista entre México y la Argentina. Tuvieron un hijo y lo llamaron Enrique Luis (Luis por su padrino, el actor Sandrini, que andaba trabajando en México). La situación era un culebrón, con una carga de drama e incomprensión. Porque en el medio tallaba Tania, la mujer de Discépolo. Al principio se guio por rumores; pero con el paso del tiempo la doble vida del autor de “Uno” fue evidente.

ROMANCE Y CANCIÓN

El romance Discépolo-Raquel Díaz de León originó dos tangos, “Canción desesperada” y “Sin palabras”, y el huapango “Nunca te he visto”. Sergio Pujol, autor del indispensable Discépolo. Una biografía argentina, escribió en una nota en la revista Marimba: “Las tribulaciones mexicanas de Enrique Santos Discépolo pueden ser evaluadas de muchas maneras. Para una historia privada del tango, aquel viaje dejó a Discépolo como ‘una hoja enloquecida en el turbión’, para decirlo con uno de sus versos más conocidos. Al regresar a la Argentina, debió convivir con la certeza de que se había comportado cobardemente. Por otra parte, la relación con Tania, tan decisiva unos años antes, se fue desgastando hasta un grado por debajo de la convivencia respetuosa. Algo distanciado de su hermano, su compromiso con el gobierno de Perón terminó por sepultar algunas de las amistades que más había intentado resguardar, en un país polarizado entre peronismo y antiperonismo. Desde esta perspectiva, los años mexicanos cobran un aspecto fatalista, como si fueran los principales responsables del comienzo de una debacle”.

El hijo de Discépolo entabló una larguísima demanda a Tania por la herencia. El poeta murió en 1951 sin dejar descendencia reconocida. A fin de siglo se calculaban sus derechos de autor en unos 20 mil dólares por mes. Finalmente, la justicia falló en contra de Enrique Luis. Su madre sacó un libro donde contó con pelos y señales su vínculo con el autor de “Yira… yira…”.

COMPOSITORES LATINOAMERICANOS

“Lo conocí en 1944 en Cuernavaca, en el hotel Chulavista. Había una reunión de compositores latinoamericanos que venían a pelear por los derechos de autor: entre ellos estaban Homero Manzi y Discepolín. Yo había perdido a Agustín Lara; él ya estaba con María Félix. Con Lara fuimos amantes un año. Él me sacó de un prostíbulo; a mí me violaron a los 14 años. Mi vida es un tango. Fui una mujer huérfana y ansiosa de ternura. Mi padre, un general de Pancho Villa, me robó de al lado de mi madre a los dos años y me llevó con mis tías. No tuve padre ni madre. En eso éramos iguales con Discepolín. Él también era huérfano. Agustín Lara era puro romance, pura mentira y canción. Discepolín fue pura verdad y música; nos enamoramos. (…) Nos amamos unos meses y él se fue a Cuba a buscar a Tania. Yo gané un concurso de cine y filmé con Jorge Negrete Camino de Sacramento. Un año después, Discepolín volvió solo a México y vivimos juntos un año en el edificio Continental. En otros pisos vivían Libertad Lamarque, Luis Sandrini y Tita Merello. Yo ya estaba embarazada cuando Tania vino a México y lo amenazó con suicidarse. Ella cantaba en la boîte Minuit, y mientras hacía su número, Discepolín venía a mi departamento y lloraba como un niño. Me pedía perdón. Nos carteamos por un tiempo. Él me mandó dinero hasta que de pronto dijo que estaba rodeado de espías y traidores. Tania lo controlaba”.

Los ataques del antiperonismo (“los contreras”) y un cáncer terminaron de minar su salud, ya de por sí frágil. Terminó pesando 37 kilos, con una dieta de whisky y ajo. Murió de tristeza, como si fuera un personaje de un tango propio. Sabía que, de alguna manera, afectivamente, había desperdiciado su vida. Tal vez murió pensando en Raquel, mordiendo los versos de “Canción desesperada”: “¿Por qué me enseñaron a amar?/ Si al amarte mataba mi amor/ Burla atroz de dar todo por nada/ Y al fin de un adiós, despertar llorando/ ¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?/ ¿Dónde estaba el sol, que no te vio?/ ¿Cómo no pudiste entender nunca/ Que yo daba todo dando mi amor?”.

Escrito por
Mariano Del Mazo
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