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UN VISITANTE DEL MUNDO

De Villegas a Roma, de París a Nueva York, de Río de Janeiro a Cuernavaca. Cronología de viaje en el exterior del inquieto escritor bonaerense.

“Se me pasaron los días sin querer. Es un escándalo cómo pasa el tiempo. Con las fiestas se me enredó todo. Por suerte ya pasaron y bastante bien”, escribía Coco, el 2 de enero de 1962, en una pequeña carta cuyos destinatarios eran Male y Baldomero. El autor de esas líneas fue el mismo que el de Boquitas pintadas y El beso de la mujer araña; los receptores y consecuentes lectores, su madre y su padre, a más de ocho mil kilómetros de distancia.

Durante tres extensos y disímiles momentos de su vida, Manuel Puig se alejó de la Argentina que lo vio crecer. El primero, cuando a sus 23 años decide instalarse en Europa para abordar sus estudios de cine; el segundo, a mediados de la década del sesenta, radicándose en los Estados Unidos; el tercero, en 1973, trasladándose entre México y Brasil, como consecuencia del exilio. En cada uno de estos momentos, la correspondencia fue una herramienta indispensable para disfrazar la lejanía del escritor con sus seres queridos.

El 27 de julio de 1956, Manuel Puig subió a un barco que lo llevó hasta la capital italiana para estudiar, beca mediante, en el Centro Experimental de Cine, uno de los institutos más antiguos y prestigiosos. Si bien el objetivo inicial era adentrarse en la dirección cinematográfica, poco tiempo después abandonó la institución y se propuso adentrarse en la industria desde la profesión de guionista.

El tiempo que estuvo en Roma le alcanzó para conocer a grandes referentes de la cultura italiana, como el cineasta Roberto Rossellini, el actor y director Vittorio De Sica y el escritor Alberto Moravia. Sin embargo, las cosas no se dieron como lo esperaba y el propio escritor lo relata en la obra Puig por Puig: “En el Centro Sperimentale no terminé ni el primer año; tampoco conseguí trabajo en Cinecittà, solamente realicé prácticas con De Sica y con Clément”. Al tiempo, decide dejar Roma y viajar hacia París.

A mediados de 1957, motivado por los inicios del “cine de autor” y por las grandes masas de estudiantes movilizados hacia los cines de la ciudad, comienza a transitar las calles parisinas tratando, nuevamente, de involucrarse en el sector. Otra vez, el desencanto lo abarrota. “Comenzaba el tiempo de Cahiers du Cinéma (publicación especializada en cine), la revalorización del cine imaginativo y de la obra de autor. Yo llegaba casi ahogado de Roma, donde todo lo que me importaba carecía de prestigio. Lo mismo me pasó en París. No tenía contactos, no conocía a nadie. Los films europeos me estaban rechazando”, relata Puig.

Londres sería, a comienzos de 1958, la siguiente parada. Allí escribió su primer guion, Ball Cancelled, ideado para la dupla actoral de Ingrid Bergman y Anthony Perkins. El propio Puig, años más tarde, catalogó esa producción como un “mero refrito en un mal inglés” de distintas comedias que lo habían impresionado en su niñez. La ciudad inglesa, laboralmente, tampoco cumplió las rápidas esperanzas que el escritor imaginaba. Nunca le faltó el trabajo, pero el cine no lo tocaba de cerca: de día daba clases de español e italiano y de noche atendía un restaurante al que acudían infinidad de actores desocupados. Sus esperanzas de guionista parecían otra vez alejarse.

Las cosas no se mostraron muy diferentes en su paso por Estocolmo. Llegó a la capital sueca en 1959 y allí escribió su segundo guion, titulado Summer Indoors, al que nuevamente describe como “una mala copia” de productos que lo habían deslumbrado. “Seguí lavando copas. Mi situación era dramática: estaba por cumplir treinta años y yo, que había despreciado una carrera universitaria, no había querido trabajar con papá y había renunciado a muchas cosas que dan seguridad, descubría –de pronto– que mi gran vocación por el cine no era tal, que todo era una enorme equivocación. Entonces, desilusionado, regresé a la Argentina”, relata Puig en la obra en la que se autoanaliza como individuo y como escritor.

CONSAGRACIÓN Y OTROS VIAJES

Por primera vez, Manuel Puig hace base estable en la Argentina, desde 1960 hasta 1973, exceptuando un período de cuatro años en los que viajó a Estados Unidos. Pero en 1973, con un clima político de hervidero, decide aprovechar un viaje laboral a Italia para quedarse un tiempo en el viejo continente. Sin embargo, meses más tarde, tras una amenaza que recibió su hermano Carlos por parte de la Triple A, decide viajar a la Ciudad de México e instalarse junto a algunos amigos de antaño. Es allí, a fines de 1974, donde comienza la redacción de El beso de la mujer araña, publicada dos años más tarde, y donde se ha sentido más a gusto, dicho en más de una oportunidad por el propio autor.

Como fue costumbre en su vida, vuelve a cambiar de tierra al año siguiente. Esta vez, vuela nuevamente hacia Nueva York, en 1976, donde reconocerá que tampoco los primeros momentos transcurrieron como lo esperaba: “Fueron unos años terribles, porque se juntaron muchas cosas. En Argentina se definió lo de la Junta…Coincidieron tantas cosas malas que… Yo tenía El beso de la mujer araña y evidentemente el libro no se podía publicar en Argentina con militares. Mis otros dos baluartes editoriales eran Feltrinelli, en Italia, y Gallimard, en Francia. Entonces se los mandé, pero me lo rechazaron los dos”, rememora en Puig por Puig.

Luego de cuatro años en Estados Unidos, un ya consagrado Puig viaja hacia Río de Janeiro abocado especialmente al trabajo de las traducciones y las adaptaciones a la pantalla grande de algunas de sus obras. Luego de una estadía de casi nueve años, la más extensa de todas fuera del país, y en la que los últimos cinco los compartió con su madre, decide continuar sus días en México, aquel país que lo cobijó en la etapa más oscura de la Argentina.

Calle Orquídea al 210, en Cuernavaca, 85 kilómetros al sur de México DF, sería –de manera inesperada– el último refugio elegido por Puig. Una casona que mantuvo en obra permanente y que sirvió para que el escritor argentino redactara, a los 57 años, sus últimos e incompletos guiones.

Cuentan que su hermano Carlos, el mismo que recibió las amenazas que terminaron con el exilio de Puig, encontró sobre el escritorio de la casona mexicana los manuscritos que dejó Manuel minutos antes de internarse de urgencia por complicaciones en la vesícula.

Escrito por
Damian Fresolone
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