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LOS MAESTROS DE ASTOR

Piazzolla empezó a estudiar cuando era chico. Su padre le regaló el primer bandoneón. Él lo tomó, lo usó, aprendió a tocarlo y llegó a guardarlo en el ropero. Para desplegar su genialidad, fueron clave las personas que se cruzaron en su camino de aprendizaje.

Patricia Redondo, que de esto sabe, me contó que un buen maestro produce la posibilidad de contar para toda la vida con una especie de “efecto abuela”: el de la mirada de un otro que funda una marca subjetiva. Es una mirada que, en su desmesura, habilita encontrar una posición en el mundo. Tener un buen maestro es poder detectar el lugar propio de la pasión. Y más: un buen maestro ubica toda relación educativa en la idea de pasar a otro el mundo. Parece una idea loca: ¿cómo puede alguien ofrecer a otro el mundo? Están los que lo logran.

En su escuela primaria en Nueva York, Piazzolla recibió un primer mundazo: “Una vez, la profesora nos hizo escuchar una sinfonía de Brahms, y a los pocos días trajo una de Mozart. Después nos tomaba prueba, y yo reconocía de quién era ese pasaje antes que nadie. Me había encontrado con la música. Lo tomaba como un juego”. Música y juego: gran comienzo. Gran maestra.

En 1929, y en Estados Unidos, Vicente (Nonino) se le plantó a la crisis y le regaló a Astor su primer bandoneón. Poner música en medio del agobio es de buen maestro, también. En un revuelto extraño de entusiasmo y mandato, Astor fue obligado a estudiar.

Astor empezó por ir a solfear con una maestra del barrio judío y luego con un profesor italiano que tocaba la mandolina. A sus nombres se los llevó la bruma. Dijo Astor: “Mientras yo le daba al solfeo, el italiano se ponía un delantal y preparaba la salsa. La pieza se llenaba de olor a albahaca y ajo dorado. A mí me daba un hambre bárbaro, qué música ni música, me olvidaba del solfeo”.

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

El primer maestro de bandoneón en Nueva York se llamaba Andrés D’Aquila. Era pianista, pero sabía de bandoneón y podía enseñarle a Piazzolla cómo jugar con su regalo, con ese “pajarraco wagneriano”, como Horacio Ferrer nombró alguna vez al instrumento. Otro mundo que Piazzolla atajó: un lenguaje –la música– se aprende con pianos, con bandoneones, con la experiencia de una paleta múltiple de colores y hechos sonoros.

En 1930, la familia Piazzolla regresó a Mar del Plata por unos meses. Astor siguió con clases de bandoneón. Sus maestros fueron Líbero y Homero Pauloni. Por esos días ya le salía bien la ranchera “Cadenita de amor”, encaró el tango “Vagabundo” y recibió sus primeros aplausos.

En 1931, los Piazzolla estaban de vuelta en Nueva York. Astor correteaba por su barrio y escuchó los sonidos de un piano que se colaban por una ventana. El efecto fue hipnótico. Un concertista húngaro estaba tocando Bach. El muchacho se llamaba Bela Wilda y era un discípulo de Serguéi Rajmáninov.

Astor tomó clases con él, pero fue mucho más que eso: gracias a Wilda, Piazzolla supo amar la música clásica y leer partituras complejas. Y también supo, otra vez, ensamblarse: Wilda no sabía nada de bandoneón. Pero eso a la música no le importa.

Hacia 1939, Piazzolla estaba en Buenos Aires. De los secretos del bandoneón parecía saberlo todo. El frenesí por aprender lo llevó a una audacia más: se enteró de que el pianista Arthur Rubinstein estaba en la ciudad y le golpeó la puerta. Dijo Astor: “Me abrió el propio Rubinstein, con una servilleta en la mano que tenía manchas de tuco”. Rubinstein lo hizo pasar. Astor le mostró un concierto que había escrito. El maestro lo miró y empezó a tocarlo. Vio algunas inconsistencias, pero también toda la polenta de aquel muchacho. Le preguntó si quería estudiar en serio. Piazzolla dijo que sí. Rubinstein llamó por teléfono a Juan José Castro y le contó que estaba con alguien con condiciones interesantes. Castro no podía, pero recomendaba a otro maestro, Alberto Ginastera, que nunca había tenido un alumno hasta entonces. El primero fue Piazzolla. Ha dicho Astor: “Rubinstein me acompañó hasta la puerta. Nunca más nos vimos. Pero aquel número de teléfono para llamar a Ginastera empezó a cambiar mi vida”.

Las clases con Ginastera se prolongaron entre 1939 y 1945, casi en paralelo al tiempo que Piazzolla estuvo en la orquesta de Troilo, que era donde probaba todo. “De modo que el Gordo era mi chanchito de indias. Cada cosa nueva de armonía, de contrapunto, de instrumentación que aprendía con Ginastera la probaba en la orquesta”, decía. Pichuco se enojaba: “Era una lucha constante: de mil notas que escribía, el Gordo me borraba seiscientas”.

El maestro Ginastera no fue sólo teoría musical: “Un músico debe saber de todo, porque la música es un arte totalizador”. Entonces Astor empezó a apilar libros de Baudelaire, Verlaine y Thomas Mann y se entusiasmaba con las propuestas estéticas de su compañera, Dedé Wolff, que lo hacía pasear por el arte abstracto.

Hay otros nombres con los que Piazzolla robusteció sus saberes como músico. Con Raúl Spivak estudió piano, composición y armonía, y Hermann Scherchen, un gran director alemán que anduvo un ratito por Buenos Aires, le enseñó orquestación.

Esos tiempos (fines de los 40 y comienzos de los 50) lo tenían a Piazzolla con el bandoneón casi en el ropero. Quería ser compositor clásico. Y viajó a París para consolidar ese deseo.

LA REVELACIÓN

Allí tomó clases con Nadia Boulanger, una de las pedagogas musicales más importantes del universo, amiga de Stravinski, cercana a Ravel. Nadia fue maestra de Aaron Copland, de Quincy Jones, de Michel Legrand, de Egberto Gismonti, de Burt Bacharach, de Daniel Barenboim, de Narciso Yepes, de Philip Glass…

Sigue Astor, en primera persona. Se lo contó a Natalio Gorin: “Llegué a la casa de Nadia con una valija llena de partituras, ahí estaba toda la obra clásica que había compuesto hasta ese momento. Las dos primeras semanas, Nadia las dedicó al análisis. ‘Para enseñarle’, me dijo, ‘primero debo saber hacia dónde apunta su música’. Un día, por fin, me dijo que todo eso que había llevado estaba bien escrito, pero que no encontraba el espíritu”.

Astor se desanimó, pero le duró poco. “Me preguntó qué música tocaba en mi país, qué inquietudes tenía. Pensaba para mí: ‘Si le digo la verdad, me tira por la ventana’ (…) A los dos días tuve que sincerarme. Le conté que me ganaba la vida haciendo arreglos para orquestas de tango, que había tocado con Aníbal Troilo, después con mi propia orquesta y que, cansado de todo, creía que mi destino musical estaba en la música clásica. Nadia me miró a los ojos y me pidió que tocara uno de mis tangos en el piano. Entonces le confesé lo del bandoneón, que no esperara escuchar a un buen pianista, porque en realidad no lo era. Ella insistió. ‘No importa, Astor, toque su tango’. Y arranqué con ‘Triunfal’. Cuando terminé, Nadia me tomó las manos y con ese inglés tan dulce que tenía, me dijo: ‘Astor, esto es hermoso, aquí está el verdadero Piazzolla, no lo abandone nunca’. Y esa fue la gran revelación de mi vida musical”.

Y así Astor tuvo un mundo. Lo habitó y lo ofreció a quienes, como él, se dedicaron a estirar el tango y a recibirlo como un cuenco para empezar a modelar el propio.

Escrito por
Nicolás Tolcachier
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