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Caras y Caretas

           

El gol olímpico, según la ciencia

Todo en la vida tiene una explicación lógica. También el gol olímpico. El efecto Magnus fue un descubrimiento de un físico alemán preocupado por estudiar las trayectorias de los proyectiles en las guerras.

Heinrich Gustav Magnus nunca hizo un gol olímpico. Es más, nunca jugó al fútbol. Y no porque no lo invitaran en el barrio por alguna arbitraria razón, de esas que a veces los chicos suelen tener y así condenar a alguien a los libros y al estudio. No fue el caso. Magnus no jugó al fútbol por un asunto meramente cronológico: tenía más de 60 años cuando en 1863 en Inglaterra inventaron el fútbol (si descontamos por ausencia de continuidad las versiones previas latinas y americanas) y murió en 1870, 26 años antes del primer Juego Olímpico de la era moderna. Sin embargo, cada vez que se busca a la física para explicar un tiro libre insólito, una comba inesperada o una parábola extravagante, ahí aparece el químico y físico alemán recordado por su originalidad y que era más bien del tipo experimental (versus los teóricos, del tipo einsteiniano).

Entra en juego el efecto Magnus, bautizado en su honor, que es el que da cuenta, básicamente, del modo en que se da la interacción entre la pelota con el aire que siempre está, aunque no lo veamos, e interactúa con el esférico (la caprichosa) un poco a la manera de un fluido con una densidad particular. Sin este efecto Magnus, no existiría comba alguna y todas las pelotas irían derecho como tren por las pampas o como sucede en la altura, donde “no dobla” (dobla menos, claro, por la menor densidad del aire).

Estos giros y parábolas fueron las que describió Magnus en su momento y que resultan distintas según cómo pegue el botín, con la cara interna o la cara externa y todas las variantes. Los cambios en los flujos del aire que se producen al pegarle de una u otra manera son los que le dan el giro a la pelota, bocha, balón. Por supuesto, esto es como el viento: se siente, pero no se ve. Y es un efecto que, a la hora de dar cuenta de los movimientos, se suma a la gravedad que hace que el esférico (otro sinónimo) se vea atraído por la Tierra y por el viento, ya que lo nombramos. Todo eso hace que la pelota se mueva como lo hace.

Pero todavía hay un factor más para la comba, quizá inesperado, según señala el físico argentino Alberto Rojo, en su libro La física en la vida cotidiana: “La resistencia que ofrece el aire depende de manera sutil y a veces impredecible de la rugosidad de la superficie. Una pelota de playa, perfectamente lisa, puede tener una comba en sentido contrario a la de fútbol. Las rugosidades de la pelotita de golf hacen que llegue más lejos que una lisa” (porque Magnus vale para todos los deportes, por supuesto). Por esto último, se recordará, hubo tantas protestas de los jugadores durante el Mundial de Sudáfrica de 2010, porque la Jabulani –hecha con material sintético y sin costuras– daba giros demasiado impredecibles. Iker Casillas, el arquero de España que, no obstante, sería campeón allí, dijo que era “como una pelota de playa”.

COMBA OLÍMPICA

Y finalmente llegamos al gol olímpico. ¿Qué hace falta además de talento para lograr esta conquista tan atípica que Messi todavía no ha logrado, y Maradona apenas uno de manera oficial (por el contrario, el delantero de Boca Jorge Comas hizo dos seguidos en un verano inolvidable contra los únicos arqueros campeones del mundo hasta Emiliano Martínez: Pumpido y Fillol)?

Magnus, entonces, es el principal componente porque la pelota sí o sí debe tener un efecto ya que no hay trigonometría que permita que la pelota ingrese al arco directo desde el córner (aunque, pillos, los jugadores generan un mínimo ángulo al colocar la pelota al borde de la línea del cuarto de círculo que lo haría teóricamente posible). Lo interesante es que el jugador que quiera hacer un gol olímpico debe pegarle de manera primero que la pelota se aleje de la línea de gol, justamente para buscar ese ángulo y después doblar de tal manera que ingrese, siempre en la idea de que el gol es limpio, y no cuenta con la complicidad de un arquero que la mete involuntariamente. El jugador debe calcular que la pelota dé el giro esperado en el momento indicado; lo interesante es que lo hacen sin ninguna ecuación ni despejar incógnitas; juegan la intuición, la destreza y la experiencia.

Otro dato para anotar es que, en general, los zurdos le pegan del lado derecho para lograrlo y los diestros desde la izquierda para así pegarle con el lado interior del botín para conseguir un buen Magnus. Pero hay casos de una dificultad más alta: un zurdo del lado zurdo y un diestro del lado derecho. Son contadísimos los casos; el Colo Valentín Barco lo intentó en un partido de Boca en Brasil y pasó muy cerca. Sí lo logró un jugador brasileño del Ceará contra el Corinthians. Fue el diestro Leandro Carvalho da Silva para un 2-2 en la última jugada del partido que, tras ver al arquero esperando el centro, le pegó tres
dedos y la pelota giró dos veces para adentro y para afuera (vale la pena buscarlo en YouTube).

LA GUERRA Y EL FÚTBOL

Volvamos a la física y a Magnus. Si el científico alemán no jugó fútbol, ¿por qué estudió el movimiento de las pelotas del mejor deporte de la historia? Bueno, en realidad, no lo hizo. Como corresponde a los científicos hijos de sus tiempos y de los Estados que los financian, se dedicó a estudiar en detalle cómo caían los proyectiles de las armas de fuego. A no escandalizarse (o sí): también lo había hecho Galileo, entre los más grandes de todos, por poner un ejemplo célebre unos siglos antes. El trabajo de Magnus fue en 1852 y contribuyó a un tipo de guerra que los dioses del Olimpo, tan bélicos ellos, con sus rayos, centellas y castigos, no tenían manera de imaginar siquiera. Pero, si todavía están allí, mirando a los humanos, es seguro que Zeus o alguno de sus pares le darán lo que le falta a ese dios zurdo del fútbol que es Messi. El gol que le falta, el gol olímpico. Si Magnus quiere.

Escrito por
Martin De Ambrosio
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