Duró poco la euforia gubernamental tras la sanción de la Ley de Bases y la firma del Pacto de Mayo en Tucumán el pasado 9 de julio. A menos de dos semanas de ese pretendido acto refundacional, el gobierno de Javier Milei enfrenta un nuevo y fuerte temblor en los mercados financieros. “No le creen”, dirían en el bar de la esquina los parroquianos, con escasos elementos técnicos pero gran sabiduría popular.
Como suele suceder en la Argentina desde hace ya bastante tiempo, el remezón tiene como caja de resonancia la cotización del dólar, en rigor el blue y los dólares financieros (MEP y contado con liquidación), junto a una fuerte caída de los bonos soberanos y las principales acciones en la Bolsa de Comercio local y en Wall Street, la bolsa de valores de Nueva de York, donde cotizan también las compañías líderes del mercado argentino.
Pero lo que parece circunscripto al ámbito de la timba financiera o los juegos de toma y daca con el tipo de cambio en la City porteña, sin duda, es mucho más que eso. Puede ser leído como exponente de una incertidumbre que el programa económico no logra despejar y desconfianza en que estemos transitando el camino correcto.
Para el presidente Javier Milei y su ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, la estrategia innegociable es el equilibrio fiscal a rajatabla, a partir de lo cual se alinearán los planetas para poner la economía argentina en marcha. En ese sentido, en despachos oficiales se festejó con entusiasmo haber logrado superávit fiscal (primario y financiero) en los primeros seis meses del año.
Hay que recordar que el resultado primario es aquel que se logra antes del pago de compromisos de la deuda pública, mientras que el saldo financiero considera también lo que queda luego de haber destinado una montaña de pesos (más de 230.000 millones de pesos en junio) a pagos correspondientes a la deuda soberana.
Ciertamente, es un buen dato tener las cuentas en orden y sin números en rojo, eso está fuera de discusión. De hecho, es la primera vez que se logra acumular seis meses consecutivos de cuentas en equilibrio desde 2008. Pero la pregunta que subyace es cómo se logró ese superávit de las cuentas públicas.
Receta fallida
Sin ánimo de abordar cuestiones muy técnicas, hay que decir que ese objetivo se consiguió esencialmente gracias a dos aportes. Por un lado, el “ahorro” en las jubilaciones, con aumentos otorgados muy por debajo de la inflación, debido a un cambio importante en la fórmula de actualización.
Por otro, la recaudación del impuesto PAIS, que es de un 30 por ciento para todas las operaciones en moneda extranjera (dólar ahorro, servicios de streaming, compra de pasajes y paquetes turísticos al exterior, gastos con tarjeta de crédito en dólares o euros) y del 17,5 por ciento para las importaciones de la mayoría de los bienes y servicios, salvo algunos de la cadena agroalimentaria y combustibles.
El recorte del gasto público, con decenas de miles de contratos cortados en el Sector Público Nacional, los tarifazos en servicios públicos (luz, gas, agua, transporte, etcétera), así como la desregulación de numerosos servicios (prepagas, colegios privados, combustibles) golpean fuerte los bolsillos de los consumidores y por ende al consumo. En este contexto, a pesar de los entusiastas esfuerzos discursivos del Gobierno, la actividad económica no logra levantar.
El Gobierno sí puede exhibir una baja en los índices de inflación en los primeros seis meses de la administración Milei. Todo arrancó desde el estratosférico 25,5 por ciento mensual de diciembre 2023, que absorbió como una esponja la devaluación del 54 por ciento del peso, llevando de un día para el otro la cotización del dólar oficial de 367 a 800 pesos, hasta el 4,6 por ciento que marcó el Indec para junio. En el medio hubo bajas en todos los meses.
Pero realmente este es uno de los pocos indicadores positivos que hoy tiene la economía argentina. El correlato de ese brutal salto del tipo de cambio y de la ampliación de la brecha cambiaria fue el impacto en el nivel de actividad y el empleo. El punto central es que los bolsillos de los consumidores no pueden convalidar los aumentos en los precios, porque los salarios corren muy por detrás del costo de vida.
Consumo en picada
El último relevamiento de la consultora Scentia indica que “el consumo masivo empaquetado repite el comportamiento a la baja en junio, con una caída algo más acentuada en relación a lo sucedido en mayo”.
Osvaldo Del Río, director de Scentia, explica que “en esta ocasión, la retracción fue de -12,5 por ciento (interanual) y, de esta manera, el acumulado de la primera mitad del año presenta un retroceso versus 2023 de -8,5 por ciento”.
Pero el detalle de los productos que más cayeron también es indicativo de por dónde están cortando hoy los argentinos. En junio todas las categorías relevadas en el informe tuvieron signo negativo. Los rubros con caídas más importantes podrían ser considerados “prescindibles”, como Impulsivos (chocolates, golosinas, alfajores) con caída de 21,6 por ciento en junio en comparación al mismo mes de 2023, mientras que Bebidas con alcohol se contrajo 19,6 por ciento, y Bebidas sin alcohol (gaseosas, bebidas saborizadas) lo hicieron al 16,2.
Pero no es solo eso. Alimentos se desplomó 7,9 por ciento, Desayuno y merienda 12,1, Higiene y cosmética 11,3, Productos de limpieza para ropa y hogar se contrajo 12,4 por ciento e incluso Productos perecederos mostró una baja de 5,4 por ciento el mes pasado. Estos son los datos del total país, pero claramente en las ciudades del interior el rojo es más profundo que en el AMBA, con desplomes de hasta 26 por ciento en algunas categorías.
Con este panorama en productos de consumo masivo, es muy difícil que se cumpla el vaticinio del Gobierno de que la actividad pegará la vuelta en el segundo semestre y mucho menos una recuperación en forma de V, con caída profunda en los primeros meses del año, pero recuperación fuerte y consistente en la segunda mitad.
Hoy ese panorama luce complejo. El propio Fondo Monetario Internacional acaba de estimar que el PBI argentino caerá este año -3,5 por ciento, una profundización de la baja frente al -2,8 que el mismo organismo calculó en abril pasado.
Los indicadores de actividad también son muy claros respecto de donde está hoy la economía argentina y qué puede esperarse en el corto plazo.
Mientras el Indicador Sintético de la Actividad de la Construcción (ISAC) se contrajo en mayo -32,6 por ciento, en gran medida por el freno total a la obra pública nacional, y acumula un desplome de -32,2 en lo que va del año, la producción industrial acumula un rojo de -15,2 por ciento desde enero (-14,8 en mayo), las importaciones –un indicador del dinamismo de la economía argentina– derraparon -26 por ciento en lo que va del año, con exportaciones creciendo al 12,5 por ciento en el mismo período.
Por su parte, la producción automotriz registró en mayo una caída interanual de -40,2 por ciento (-26,7 en el año). Con la pobreza alcanzando en 41,7 por ciento de la población y el desempleo en 7,7 por ciento (último dato oficial) con tendencia creciente para el segundo trimestre, según los analistas privados, la situación económica y social es de espanto. Pero el Gobierno sigue con el latiguillo del déficit cero como única receta para la economía.

