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PICHUCO, EL GAUCHO Y EL POLACO

Edmundo Rivero y Roberto Goyeneche fueron, acaso, los más grandes cantores de Aníbal Troilo, junto a quien despuntaron sus carreras. De todas las cosas que los unieron, como de las que los distinguen, la relación con el afamado bandoneonista y director de orquesta es la más entrañable.

Los cantores de Troilo obedecen a una especie de fatalidad: ni antes ni después de pasar por la orquesta de Pichuco logran igual repercusión o calidad. Rivero y Goyeneche son diferentes. El nivel de los cantores de Troilo es siempre muy alto, pero ellos dos llegan a conquistar un estatus mayor. En cuanto se habla del posible heredero de Gardel aparecen, casi siempre, los apellidos de Rivero y Goyeneche. Cuando Troilo se despide de un cantor, es raro que vuelva a trabajar con él. También en este caso Rivero y Goyeneche son distintos: pese a dejar a Pichuco, siguen colaborando con él.

Rivero se une oficialmente a Troilo en 1947 y se separa tres años después. Pero graba más tarde “La última curda” y sube al escenario del Colón cuando en agosto de 1972 se organiza una noche consagrada al tango. El listado de artistas es revelador: Florindo Sassone, Horacio Salgán con Roberto Goyeneche, el Sexteto Tango, el Noneto de Piazzolla y Aníbal Troilo con Edmundo Rivero. Si al Colón concurre una especie de seleccionado, los dos cantores son Rivero y Goyeneche. Goyeneche es símbolo de porteñidad. Rivero es lunfa, reo, barrial, pero también un “cantor nacional”. “El Gaucho Rivero”, le dice Troilo. Goyeneche, que desde 1956 pasa siete años junto a Troilo, es menos dado a cantar con guitarra(s), pero lo hace cada tanto y de forma magistral.

Rivero y Goyeneche comparten un barrio (Saavedra), comparten el gusto por bares y esquinas y hasta la pasión por el mismo equipo de fútbol (Platense). Comparten el rasgo de haber cantado en la orquesta de Horacio Salgán antes de ingresar en la de Troilo. Y comparten un repertorio que hace que muchos melómanos debatan caso por caso quién de ellos dos lo canta mejor.

Rivero y Goyeneche son dos cantores de atributos teóricamente extraños al tango. El primero por su voz grave, que no responde al linaje de tenores ni tampoco a los barítonos atenorados como Goyeneche. El segundo (rasgo más anecdótico) por ser rubio: una especie de cowboy, según Pichuco. Es el Polaco, como lo bautiza otro cantor por ese pelo tan rubio.

ELECCIONES OSADAS

Troilo, al tomar a Rivero, hace que el tango adopte a un cantor que parte del público tanguero no estaba dispuesto a recibir. El gesto osado de fichar a ese cantor con fama de feo y con voz muy grave marca un antes y un después en la noción de vocalista de tango. Con Rivero, recluta a un cantor nada típico para una típica. Alguien que es, además, guitarrista, letrista y compositor.

Así como Troilo ve más allá con la elección de Rivero, algo por el estilo sucede cuando le dice a Goyeneche que es hora de abrir las alas y hacerse solista. No se equivoca. El Polaco pasa casi dos años sin trabajar, cavila en abandonar el canto. Hasta que llega su éxito masivo. Rivero y Goyeneche elogian a Pichuco hasta el final.

Rivero es el cantor que corona la década del 40 de Troilo. Goyeneche, el cantor que sobresale en la década del 50 de Troilo. Rivero y Goyeneche versionan los tangos con tanta identidad que luego de sus versiones sus colegas de canto hacen un paréntesis de impotencia y admiración. Homero Expósito le decía al Polaco: “No me cantés más tangos así, tan bien, poniendo los puntos, las comas y los silencios, porque después nadie más me los interpreta”. Rivero fascina más a los tradicionalistas; Goyeneche, a los progresivos y a los jóvenes. Si Mercedes Sosa fue la primera intérprete masiva y consagrada de música popular que elogió abiertamente a

artistas de rock, el Polaco fue el primer “tanguero de ley” masivo que dio ese paso. En 1988 apareció en la película sur, de Pino Solanas, dándose un abrazo de altísimo simbolismo con Fito Páez.

Goyeneche ha confesado que Troilo le aconsejaba decir el tango sobre el escenario, en vez de cantarlo. A los puristas les molesta que Goyeneche no respete el compás a rajatabla. Es adrede: Goyeneche explora el tiempo para caer con sabia pertinencia en los compases que le importan. También juega con los hiatos y las sinalefas, lo que alborota un poco los tiempos fuertes y la métrica. Lo que culmina en su famoso rubato.

Goyeneche no elude la fricción, las asperezas. Lo que nos conmueve en él no es la pulcritud, la nitidez, tampoco la claridad. Al lado de muchos cantores cuyas voces son “de grano poco o nada significante”, el Polaco canta con el cuerpo entero y con brillante y libre aspereza. “Garganta con arena”, reza un tango que le dedicaron. Imagen perfecta en el caso de una voz de fuerte grano. Rivero es más nítido, menos arenoso. Pero es otro cantor que usa alma y cuerpo. El “grano” de la voz no es tan sólo su timbre. La significancia de una voz de fuerte grano nos hace sentir que esa voz habla, escribe… Que esa voz nos ha elegido porque canta con todo el cuerpo y repercute en todo nuestro cuerpo.

El fueye de Troilo tiene ese grano, esa significancia. El fueye de Troilo está tocado con el cuerpo entero. El grano de la voz del bandoneón de Troilo crece año tras año, disco tras disco, exponiendo siempre su lado vulnerable, más allá de los vaivenes de su orquesta, de los altibajos lógicos de una carrera artística donde están en juego, a la vez, ejecución solista, dirección grupal y composición.

La significancia del fueye es cada vez más definitiva y no parece un azar que sus dos cantores culminantes (el Gaucho y el Polaco) sean los dos con mayor grano.

Escrito por
Eduardo Berti
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