A los 86 años, Alicia Dujovne Ortiz descifra un enigma al rastro de la madre. No solo de la suya, la escritora feminista Alicia Ortiz, sino de un aura de madre que atravesó el Renacimiento italiano y que se volvió el rostro más popular de todos: La Gioconda. En su libro Los nombres de la madre (editorial Primavera Revólver), Dujovne Ortiz combina la historia, el ensayo y la novela de no ficción, el reportaje y la autobiografía, para dilucidar si en la figura de La Gioconda podría verse el rastro de otra madre: ¿la de Leonardo da Vinci?
La historia conocida dice que la mujer retratada en este mítico cuadro al óleo expuesto en el Louvre de París se llamaba Lisa Gherardini, y que era esposa del comerciante Francesco del Giocondo. Dujovne Ortiz expone la tesis de que en realidad La Mona Lisa era una tal Pacifica Brandani. Todo comienza con una confesión: Leonardo da Vinci le dice al clérigo Antonio De Beatis que pintó el cuadro a pedido de Giuliano de Medici, un libertino, mecenas y amigo del pintor. Según Leonardo, aquel habría tenido un hijo no querido, cuya madre era Pacifica Brandani, quien murió por complicaciones del parto pocos días después. Giuliano volvió a Urbino y el niño aguardaba. Allí se conecta con la presencia de Leonardo da Vinci. ¿Cómo?
En base a una investigación del historiador del arte Roberto Zapperi, Dujovne Ortiz explora la vida de Pacifica y anota el pedido que le había hecho Giuliano a Leonardo: un retrato de Brandani. Claro que “la modelo” ya había fallecido. ¿En quién se inspiró realmente Leonardo, si Pacifica ya no estaba en este mundo? Según Dujovne Ortiz, la técnica, la sfumatura, y los colores, tan oscuros, la vuelven “dos veces muerta”, y “no solo por el parto y el olvido”, sino porque tanto fue Pacifica y también Caterina, la joven campesina madre de Da Vinci.
Tras esa hipótesis, Dujovne Ortiz busca averiguar cuánto de sustancial hay en este misterio sobre el cuadro más famoso del mundo. Con tono de periodista, de narradora y de ensayista, la escritora va al rastro de Leonardo, de Caterina, y llega a decir: La Gioconda es una madre que “va a existir para que un niño la mire”: “Imposible hacerla dirigir su mirada hacia ninguna otra dirección. La posición que ha tomado su cabeza requiere que la fije en un punto situado frente a ella. Un punto donde está el hijo”. Aunque habría otra verdad: que Leonardo pintó a Caterina “no para ningún niño sino para sí mismo”.
Madre de todos
Basta ir a las reseñas sobre la vida de la madre de Leonardo para fascinarse. Para algunos, su madre fue la campesina local de 15 años Caterina di Meo Lippi, y, para otros, pudo haber sido una esclava circasiana de Oriente Medio, de las montañas del Cáucaso. Ella debió abandonarlo cuando Leonardo tenía pocos meses y se reencontraron décadas después: vivieron juntos un año entero en la corte de Milán, hasta que ella enfermó y falleció. Por eso Dujovne Ortiz dice que La Mona Lisa, el retrato de Pacifica, que en realidad es Caterina, deviene la madre de “cualquier ser humano capaz de reconocerse en sus ojos”.
Al detalle, la autora cuenta en Los nombres de la madre cómo se habían conocido Da Vinci y De Medici: “Aunque Giuliano entonces fuese un muchacho, y Leonardo, un artista célebre, los unían los mismos intereses”. Más tarde anota: “Giuliano llamó a Leonardo para encargarle el retrato de una mujer muerta”. Y luego: “¿Por qué le confió Giuliano a Leonardo, en Roma, ese día de 1513, vale decir, dos años antes de su muerte?”. Y “¿de quién era el retrato imaginario, vale decir, sin modelo a la vista, que le estaba solicitando y, sobre todo, para qué se lo pedía y para quién?”.
Las hipótesis de Dujovne Ortiz son fascinantes: “Le habrá hecho preguntas, a Giuliano, es claro –hasta para imaginar se necesita saber un poco–. Cómo era Pacifica, suponiendo que su benefactor haya condescendido a revelarle el nombre. Cómo habían sido su pelo, sus ojos, su sonrisa, su nariz”. Más adelante dice que “será una figura esfumada porque él practica el arte de la sfumatura, es su inventor, su maestro”, y que “esta mujer será oscura porque está lejos, y está lejos porque está muerta”.
En este punto escribe Dujovne Ortiz: “Dos veces muerta, y no solo por el parto y el olvido sino porque fue dos. Sus nombres habrán sido Pacifica, la madre de Ippolitino, y Caterina, la madre de Leonardo, y ambas se habrán desprendido de este mundo varios años atrás, con la diferencia de que Leonardo a Pacifica solo la habrá visto en su mente, y a Caterina, su madre, en su infancia y juventud”. Luego la escritora analiza el soporte en que fue hecho La Gioconda, el cuadro más importante de todos los tiempos, y vuelve sobre la famosa tesis de que la inspiradora de la obra fue Lisa Gherardini. Esa tesis cuyo argumento busca negar.
“En efecto, a esta altura del relato pienso que toda duda debe ser desechada, y no me refiero a la identidad de la, o las modelos, sino a mi personal propensión a fisgonear tras el relato oficial, sea cual fuere”, explica Dujovne Ortiz. “Pero si dejamos por un momento entre paréntesis la pregunta acerca de si esa figura [Pacifica] fue o no la Monna Lisa, lo cierto es que, con el correr del tiempo, sobre la tablita del álamo se perfiló una imagen cada vez más cercana a lo que Leonardo iba entendiendo acerca de la vida, la carne y el alma.”
Reencuentros
“Los nombres de la madre es mi último libro”, dice Alicia Dujovne Ortiz, que nació en enero de 1940, se exilió en Francia en 1978 y escribió once novelas: una de ellas, la famosa La muñeca rusa (2009). También, las biografías Maradona soy yo (1993), Eva Perón. La biografía (1995) y El camarada Carlos (2007), sobre su propio padre, el militante comunista Carlos Dujovne. Y dice en Los nombres…: “El primer epílogo, ‘Alicia’, se lo dedico a mi madre, la escritora feminista Alicia Ortiz, a la que debo mi amor por el Renacimiento italiano”.
Allí cuenta quiénes fueron sus padres, su causa revolucionaria por un mundo mejor, su ida a Europa, y narra: “Estoy próxima a cumplir los 87 y por terminar este pequeño ensayo. Pero algo le falta. Miro la valija con las cartas a medio leer, cerrada desde hace años, y me le acerco tímida pero resueltamente. Es ahora. Retiro el espejo, los retratos, las tarjetas postales con La Gioconda y la Gitana y, con grandes dificultades dado su peso y su tamaño, tumbo la maleta sobre el piso”.
Entonces Dujovne Ortiz logra abrirla y se encuentra con las cartas amarillas (“pero intactas”) de su madre, y se cierra el círculo de la larga despedida pendiente por culpa de los años de la dictadura. También se anuda la aventura que la llevó por innumerables documentos y testimonios para convencerse de quién era realmente la inspiradora de La Gioconda, y de quién era la otra, a la que le dedica un segmento fascinante (“Monna Lisa y Gioconda”). Y, sobre todo, quién fue la enigmática Caterina, la errante madre de Leonardo.
¿Qué sucede cuando se reencontraron años después, con el genio ya en su madurez? “Le habrá bastado con verlo, con tocarlo, con encontrarlo hermoso, con saber que era célebre y que pintaba bien, y tal vez (…), con depositar entre sus manos una lista de antepasados y antepasadas aguerridos a cuya memoria ella se habrá aferrado para sobrevivir”, escribe Dujovne Ortiz, y queda el cuadro como testigo de un mito: un origen discutido, una imagen entre tres mujeres y la memoria de la escritora para ofrecer estas nuevas respuestas.

