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Las islas y un manto de neblinas

John Byron.

“La noche sobrevino, espantosa más allá de toda descripción… Por la mañana, alrededor de las cuatro, el barco encalló… quedó sobre sus baos, con el mar rompiendo abiertamente sobre él. Varios pobres desdichados, que estaban en la última fase del escorbuto y no podían salir de sus hamacas, se ahogaron inmediatamente.” John Byron escribe. Recuerda la tempestad. Los recuerdos de su juventud le traen aquella madrugada de mayo de 1741 en que el “HMS Wager” se hundió en las costas del sur de Chile. Un cuarto de siglo más tarde, el almirantazgo de la corona británica le encomendó volver sobre los fantasmas. Los suyos. Y los del sur del mundo. Explorar tierras de existencia incierta. El 3 de julio de 1764 el “HMS Dolphin” se hizo a la mar. Llevaba instrucciones secretas. Sabía que un marino francés había levantado un fuerte en Malvinas.

A pesar de que a Byron ya lo conocían como “Foulweather Jack” o “Jack el del mal tiempo”, 150 marineros lo acompañaron en la travesía. A esa altura, el capitán ya era una figura mitológica. Esa que inspiraría a su nieto, George Byron, en algunas de sus escenas de su célebre poema Don Juan.

La Guerra de los Siete Años había terminado. Inglaterra emergió triunfante. Y el “HMS Dolphin”, al mando de Byron, iría en busca de rutas y tierras que permitieran a los británicos ejercer su supremacía en el “Lago Español”, como llamaban por entonces al Océano Pacífico. Para ello dos puntos eran importantes: las Malvinas, en el Atlántico, y la isla Juan Fernández, en el Pacífico. La información sobre existencia de esas islas procedía de mapas y narrativas de filibusteros y piratas. Decían, además, que el comandante francés Louis Antoine de Bougainville había fundado el Port Saint Louis en la isla Soledad el 17 de marzo de 1764. Eso apuró la partida de Byron.

Lo desconocido

“Su majestad, poco después de su acceso a la corona, concibió el proyecto de enviar embarcaciones para hacer descubrimientos en países hasta ahora desconocidos; y, en el año 1764, hallándose el reino en un estado de profunda paz, procedió a ponerlo en ejecución”, escribe Robert Kerr en el volumen 3 de su libro Una historia general y una colección de viajes y travesías, editado por William Blackwood en Edimburgo en 1811.

El “HMS Dolphin” incluyó en su recorrido Cabo Verde e isla Madeira, antes de cruzar el Atlántico. Río de Janeiro y Puerto Deseado, antes de llegar a Malvinas. Ahí, cumpliendo órdenes secretas, Byron construyó un fuerte en la isla Trinidad, al norte de la Gran Malvina. Lo llamó Puerto Egmont. La elección de esta isla pequeña acaso fuese un reconocimiento tácito de la ocupación francesa.

Después siguió viaje hacia Puerto del Hambre, cerca de la actual Punta Arenas, y, ya en el Océano Pacífico, el “Dolphin” tocó tierra en la isla Más Afuera, archipiélago Juan Fernández, avistó las islas Tuamotu y Gilbert y se detuvo durante varias semanas en la isla de Tinián, en el archipiélago de Las Marianas. Pulau Tioman, Malasia y llegó a la actual Yakarta, Indonesia fueron los próximos puertos. Después rodeó África, hasta el Cabo de Buena Esperanza, pasó por la isla de Santa Elena, en el Atlántico, para regresar a Inglaterra en apenas 22 meses.

Durante ese tiempo, Byron y sus hombres avistaron y navegaron tras tierras inexistentes. Según su diario, el 12 de noviembre de 1764 “la tierra seguía teniendo la misma apariencia, y las colinas se veían azules, como suelen verse a poca distancia en días oscuros y lluviosos, y ahora muchos de los hombres decían que veían romper el mar sobre las playas de arena; pero habiendo navegado hacia afuera durante aproximadamente una hora, lo que habíamos tomado por tierra se desvaneció de golpe, y para nuestro asombro resultó haber sido un banco de niebla (fog-bank). Aunque había estado casi continuamente en el mar durante veintisiete años, nunca antes había visto semejante engaño”.

Leyendas

John Byron.

Los engaños y malos entendidos procedían muchas veces de cartas de navegación de filibusteros y piratas a las órdenes de la corona. Cuenta Byron en su diario que, tras cargar agua y leña en Puerto Deseado, el “HMS Dolphin” se dirigió al este, adentrándose en el Atlántico. Buscaban la mítica isla Pepys. La misma de la que iban a hablar Pedro de Angelis y Paul Groussac siglos después. Navegó por días. Sin resultados. ¿Acaso era otra vez la niebla? El almirante Byron escribe: “Había hecho ya ochenta grados al este… pero desafortunadamente no tenemos una relación cierta del lugar. La única persona que pretende haberla visto es Cowley, cuyo diario de viaje tengo ahora ante mí; y todo lo que dice de su situación es que yace en la latitud 47° S, pues no dice nada de su longitud”.

Quien decía haber avistado por primera vez la isla Pepys era Ambrose Cowley. Fue en 1686. El navegante murió a poco de volver a Inglaterra. Su bitácora fue editada por William Hacke en 1699 en el libro Collection of Original Voyages. Es probable que “Jack el del mal tiempo” llevara a bordo el libro. Navegaba entre fantasmas. O irracionales versiones, que buscaban acaso para congraciarse con el rey. Decía Cowley: “La isla parecía muy agradable a la vista, con muchos bosques, bien podría decir que toda la tierra era bosques… el puerto parecía ser un buen lugar para que los barcos fondearan allí; pareciendo también tener suficiente agua en la isla, me pareció que había puerto para quinientos navíos”.

Cartógrafos y navegantes opinan que Cowley pudo confundir Pepys con las Malvinas. Más cuando en el mismo barco viajaba William Dampier, un filibustero que en enero de 1684 escribió: “Son tres islas rocosas y estériles, sin un árbol reduciéndose toda su vegetación a matorrales”.

De todas maneras, Cowley bautizó Pepys a las islas en honor a Samuel Pepys, secretario del Almirantazgo de Inglaterra. Para Darío Barriera, investigador de la Universidad Nacional de Rosario, bautizar tierras –aun las inexistentes– con nombres de funcionarios o reyes era una estrategia precisa de apropiación del espacio con una “simulación de actos de gobierno”. “Equivalía a dotar políticamente el espacio.”

Y aunque Byron pasó días buscando frente a las aguas de Puerto Deseado sin encontrar rastros de la isla fantasma, los mapas del mundo la mostraron allí por doscientos años. Incluso Pedro de Angelis, que sugiere la necesidad de realizar cambios en la disposición geográfica patagónica debido a la imaginación de los cartógrafos, no duda de la versión inglesa. Escribe en su diario en 1839: “El río Camarones, que en algunos mapas hacen desembocar cerca del Cabo Blanco en el Océano, ha sido suprimido en otros, porque se ha dudado de su existencia así como se duda de la isla Pepys, descubierta por Cowley en 1683, descrita con tantos detalles que se necesita un gran fondo de incredulidad para declararla imaginaria”.

Terra australis

Pero habría en el viaje de Byron otros espacios imaginarios. Como la Terra Australis, un espacio que, según las cartografías de la época, se encontraba a unas 300 leguas al oeste de las Malvinas. Byron tenía orden de buscarla. Sin embargo, omitió la orden y volvió hacia el estrecho de Magallanes.

Ya en el Pacífico, tras unos días en la Isla del Hambre, Byron fue en busca de otra tierra fantasmal: Davisland. Las islas habían sido descriptas por el pirata Edward Davis, a unos 2.500 kilómetros al oeste de Copiapó. Según las versiones, Davisland poseía playas de oro. Los vientos no ayudaron. Y Byron dejó de buscarlas.

También buscó las islas Salomón, descubiertas en los viajes de Álvaro de Mendaña y Neira y de Pedro Fernández Queiroz en el siglo XVI. Las grandes extensiones del Pacífico y la inexactitud de los mapas le hicieron creer a Byron que se trataba de islas inalcanzables y fabulosas. “En verdad hay grandes razones para creer que no existe ninguna buena autoridad para ubicar las islas Salomón en la posición que les asignan los mapas franceses: la única persona que ha pretendido haberlas visto es Queiroz, y dudo que haya dejado tras de sí algún relato sobre ellas por el cual futuros navegantes puedan encontrarlas. Continuamos nuestro rumbo, hasta el día 29, en búsqueda de estas islas, y hallándonos ya diez grados al oeste de su posición en la carta náutica, sin haber visto nada de ellas, viré hacia el norte, con el fin de cruzar la línea ecuatorial y posteriormente poner rumbo a las Islas de los Ladrones”.

Lo perdido

De todos los puntos a los que el “HMS Dolphin” arribó o avistó durante su viaje, cinco se convirtieron en territorios del Imperio Británico: Puerto Egmont, en la isla Trinidad, cerca de Malvinas; la isla de Santa Elena, isla Byron (en la actual Kiribati), Pulau Tioman en Malasia y el Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica.

La isla Byron formó parte del protectorado y colonia británica de las islas Gilbert y Ellice hasta 1979 cuando Kiribati declaró su independencia. Pulau Tioman, hacia finales del siglo XIX, pasó a formar parte de Malasia Británica hasta la independencia del país en 1957. El Cabo de Buena Esperanza, estratégico puerto en el sur de África, era, al momento del viaje de Byron, colonia holandesa. Sería de la corona por 111 años, cuando pasó a formar parte de la Unión Sudafricana.

Santa Elena esconde historias peculiares. Ubicada a unos 2.000 kilómetros de la costa de la actual Angola y a unos 3.000 de Brasil, fue descubierta por el portugués Joao da Nova en 1502 y se convirtió en el gran secreto luso durante casi un siglo. Un decreto del rey Manuel I prohibió publicar su ubicación. Y solo formaba parte de la información cartográfica oficial de la marina portuguesa. El secreto fue arrebatado violentamente por el pirata Thomas Cavendish: en uno de sus asaltos a embarcaciones portuguesas y españolas dio con los mapas originales. Después, en su barco llamado “Deseo”, desembarcó en la isla. Era junio de 1588. Tres años más tarde, Cavendish murió en alta mar, intentando llegar otra vez a Santa Elena, a quien los cristianos suelen rezarle para recuperar los objetos perdidos. En Santa Elena pasó Napoleón Bonaparte sus últimos días. Murió en esos confines en 1821. La isla siguió siendo inglesa.

En Malvinas aún perduran los nombres con los que Byron bautizó las nuevas tierras. Bahía de Berkeley bautizó al estuario en el que los franceses habían fundado Port Saint Louis. The Eddystone llamó a un sector rocoso que le recordaba el faro de Plymouth. Carlisle Sound memoraba al Conde de Carlisle. Y por supuesto, Port Egmont hacía lo propio con John Perceval, segundo conde de Egmont. La simulación de los actos de gobierno creaba también fantasmas. Cartografìas que a manera de conjuro disuadirían a otros aventureros.

Solo faltaba, al finalizar el viaje, editar un diario a manera de libro. Se llamó: A Voyage round the world in His Majesty’s Ship the Dolphin, commanded by the Honourable Commodore Byron. Y se publicó en 1767, bajo la edición de J. Newbery. Byron decidió que fuese anónimo. Era la versión de “un oficial del barco”. Para entonces, Louis-Antoine de Bougainville había entregado formalmente Port Saint Louis al capitán de navío Felipe Ruiz Puente, el primer gobernador español Malvinas, tras un acuerdo hispano francés.

Don Juan

“A la una de la madrugada una tempestad envolvió el barco, y el navío, empujado violentamente por las olas y el viento, comenzó a dar horrorosos tumbos sobre el agua, y como era viejo, se le abrió una ancha brecha en un costado”, escribe lord George Byron en su versión de Don Juan. Su Juan era español. Pero trotamundos, como el viejo Jack. Las mujeres lo seducían. Los lugares y las circunstancias lo convertían en héroe.

“La puerta del aposento de don Juan comenzó a abrirse lentamente… En el umbral apareció el monje negro con su capucha (…) Se levantó de su asiento, avanzó decidido hacia el fantasma (…) Un momento después cayó el disfraz al suelo y… ¡ay!… ¿debemos decirlo?… apareció ante los ojos de don Juan… el voluptuoso cuerpo, nada fantasmal, de Su locuela Gracia, la duquesa de Fitz-Fulke…”

“Nada puede redundar más en el honor de esta Nación como potencia marítima, en la dignidad de la Corona de Gran Bretaña y en el avance del comercio y la navegación de la misma, que hacer descubrimientos de países hasta ahora desconocidos”, decían las instrucciones secretas entregadas al Almirante Byron. Después, lo fantasmal fue nombrado. Bajo un manto de neblinas, que ni el viento pudo desmontar. En 2026, de todos los puertos que tocó el “HMS Dolphin”, solo Santa Elena y Malvinas siguen bajo el poder británico. Acaso porque una vez decidió nombrarlas.

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