Sociólogo y doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, Ariel Goldstein lleva publicados varios libros pero especialmente se concentró en el avance de la derecha en la región con sus trabajos La reconquista autoritaria. Cómo la derecha global amenaza la democracia en América Latina (2022) y La cuarta ola. Líderes, fanáticos y oportunistas en la nueva era de la extrema derecha (2024), editados por Marea, igual que el último, La nueva oligarquía tecnológica. Poder sin límites en la posdemocracia, publicado este año, donde aborda especialmente a esa derecha tecnológica que amenaza con arrasar la democracia, sus instituciones y los derechos consagrados con siglos de luchas sociales.
–En su libro plantea un paralelismo entre el modelo fuerte de China y su Partido Comunista y los deseos de las grandes corporaciones norteamericanas de un modelo autoritario. ¿Cómo es eso?
–Esto viene por un documento que la empresa de Sam Altman, Open AI, le acercó a la Casa Blanca en 2025 y me surgió la idea de analizarlo. Lo que en ese documento le dice Open AI a la Casa Blanca es “desregulemos todo, porque si no existe el riesgo de que la IA autoritaria –la de China– le gane a la IA democrática”. Lo que pasa es que paradójicamente lo que está diciendo ese documento es extorsivo y contradictorio porque para que la idea autoritaria no le gane la idea democrática tenemos que darle todo el poder a los tecnooligarcas. Y entonces, ¿dónde está la democracia? Ahí está la contradicción. El proceso de autocratización interno que Estados Unidos vive no es solamente el resultado de un autoritarismo de Donald Trump, de una persona. Sino que se trata de un proceso más amplio que tiene que ver con el papel de Estados Unidos a nivel internacional y su necesidad de autocratizarse internamente para poder competir con China en el plano tecnológico. Los dos, cada uno desde su lugar, asumen el mismo diagnóstico para derrotar al otro. En el documento OpenAI señala que para China es una ventaja la autocracia –situación interna que Estados Unidos no tiene– porque le permite concentrar capacidad de decisión y acelerar procesos. Y por otro lado está lo que llamo en el libro el patriotismo tecnológico nacional, que es esta idea de Trump del renacimiento nacional a partir de las grandes corporaciones tecnológicas.
–Frente a la competencia entre China y un Estados Unidos decadente, ¿no estamos en un callejón sin salida en el que ambos pujan por dominar este mismo modelo peligroso para la humanidad?
–No estoy tan seguro de la decadencia norteamericana tal como se repite muchas veces. Porque justamente esta asociación con las grandes empresas tecnológicas le permite a Estados Unidos recuperar cierto poder de vanguardia y estar ahí al frente. Y si bien China ha logrado imitar algunas de estas capacidades, no logra superarlas. La secuencia es la siguiente: Estados Unidos produce una innovación y una disrupción. Después China logra producir algo similar e igualarlo, pero hasta ahora eso no fue al revés: China no ha logrado producir estas grandes disrupciones antes que Estados Unidos. Entonces, en el marco del orden internacional, estas tecnologías tienen un gran poder para generar una violencia coercitiva quirúrgica. La captura de Maduro, los bombardeos estratégicos en Irán, esta capacidad de predicción y operación más rápida. Estados Unidos sigue teniendo la hegemonía relativa en el marco militar tecnológico. Pasa que estas empresas y su tecnología son muy eficaces para romper un orden y generar otro muy inestable. Pero no pueden construir otro orden estable.
–Mi pregunta apuntaba a si en definitiva China y Estados Unidos no compiten por un mismo modelo de oligarquización tecnológica y aplaste a la humanidad.
–Hay un elemento que tiene que ver con que cada disrupción que se produce genera una concentración enorme de riqueza en la cúspide del poder tecnológico, oligárquico, político y esa parece casi una característica del capitalismo en esta fase algorítmica. No tengo una respuesta acabada en este sentido. Parecería una tendencia más estructural.
–Hay una distorsión del concepto clásico de nación tomado por estos tecnooligarcas en provecho propio. No es el concepto de nación como colectivo, cultural, soberano. ¿Cómo juega ese factor?
–Históricamente al Estado nación Max Weber lo definía como el monopolio de la violencia legítima en un territorio definido. Pero con estos tecnooligarcas que operan a escala global no funciona en un solo país. Por lo tanto, sus efectos van más allá de un solo país. Aunque muchas de estas empresas están en Estados Unidos su operatividad es global. Eso crea una asimetría porque a la vez se integran al Estado, como es el caso de Palantir, la empresa de Peter Thiel, vinculada con la CIA. A diferencia del resto de Silicon Valley, que nacieron como empresas independientes, Palantir reconoce que fue financiada por la CIA de entrada. Nace ligada al aparato de seguridad de Estados Unidos. Y esta integración redefine las características de una nación, de un país, porque generan un know-how. Por ejemplo, si Estados Unidos quiere utilizar tecnología de datos para la represión y seguridad necesita de Palantir y de Peter Thiel. Es lo que vimos con la acción de ICE en Minneapolis y con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro.
–¿Es inevitable el rumbo que están tomando las empresas tecnológicas?
–En el libro menciono que hay distintas racionalidades. El régimen tecnopolítico vacía la democracia de contenido y es una democracia capturada por tecnooligarcas. La gente vota, pero eso tiene cada vez menos efectos reales sobre su situación. En el libro establezco cuatro categorías de racionalidad. Los arquitectos del régimen, los operadores carismáticos, los administradores del régimen y los traductores periféricos. Los arquitectos son los Peter Thiel y Alex Karp, los operadores carismáticos son los Elon Musk, los administradores del régimen estarían representados por Donald Trump y los traductores periféricos son los Javier Milei (Argentina), Antonio Kast (Chile), Bernardo de la Espriella (Colombia), Daniel Noboa (Ecuador), Nayib Bukele (El Salvador) o Jair Bolsonaro (Brasil), por ejemplo. Todos son parte de una misma racionalidad pero cumplen distintas funciones para trabajar con las métricas, cuantificar y capturar datos. Y eso es un peligro enorme.
–En el bloque norteamericano usted plantea que crujen algunas relaciones, como la de Steve Bannon y Elon Musk. ¿Qué significa eso?
–Es que la tarea de Bannon está completa dentro del trumpismo. Bannon se enoja con Musk y lo chicanea y se responden mutuamente con agresividad. En realidad lo que hay es un relevo, un cambio de lugar. En 2016 cuando la arquitectura moral y polarizadora del trumpismo no estaba armada, Bannon cumplió un papel ideológico importante al decir que representaba a los ciudadanos de bien norteamericanos. Ahora estamos en otra etapa. Y aparecen Elon Musk y Peter Thiel.
–En el libro menciona alternativas para salir de esta situación e introduce el concepto del “uso democrático de la ampliación cognitiva”, en manos de la izquierda o las fuerzas progresistas. ¿Hay herramientas para que la izquierda actúe en este contexto?
–Sí, algo se puede hacer en ese plano. Porque estas herramientas permiten mayor elaboración cognitiva. Yo diferenciaría una cosa, no sé si está claro en el debate social esto: una cosa son las redes sociales y otra cosa es la IA. Las redes sociales están basadas en la captura de la atención. Vos entrás a una red social y cada like que ponés es información para las empresas. Es mirar, nada más y dar like. Nadie te pregunta qué querés hacer. Entrás y estás expuesto a una sobrecarga de información. Esa es la lógica del reel. Pero ChatGPT, DeepMind o Cloud no funcionan así. Vos entrás y te preguntan “¿en qué quieres trabajar hoy?”. Ahí uno tiene la posibilidad de testear hipótesis, analizar datos en gran escala, de producir combinaciones, buscar información y combinarla de una forma que sea útil a la tarea cognitiva. Eso puede producir autonomía cognitiva o desarrollo cognitivo. Hay un potencial para aprovechar. El progresismo y la izquierda tenemos que aprender más sobre algoritmos, sobre datos, criptomonedas, sobre cómo funcionan estos lenguajes y utilizarlos. Me parece que falta una coalición de países del sur. Hasta que no se arme una coalición de Países No Alineados, como en la década de 1960, o la Unasur o la Celac en serio, va a ser difícil regular a estas grandes corporaciones.

