El ser nacional y la soberanía se van modificando con el paso del tiempo, a veces mostrando avances y otras veces con retrocesos.
La construcción y la deconstrucción del ser nacional se generan a partir de la sucesión de los hechos que el país produce para bien o para mal. La soberanía nacional mide la capacidad que tenemos como país para defender nuestro territorio y para decidir sin injerencias externas las políticas más convenientes.
Ser nacional y soberanía son conceptos íntimamente interrelacionados: cada uno respalda al otro y si alguno falta, el otro no se puede sostener.
En modo muy sintético, el ser nacional es la identidad que nos define aunque no estemos haciendo nada. Es el ADN cultural y no depende solo de la economía. En una versión algo autocomplaciente y posiblemente mayoritaria, los argentinos creemos que nos caracterizamos por una compleja combinación de solidaridad en la crisis, ingenio, debate acérrimo, asado, fútbol, educación pública, mezclar todo y por la capacidad de caernos y volver a levantarnos.
Por su parte, el hacer nacional son las acciones concretas que realizamos como país, incluyendo los políticos que elegimos, las leyes que creamos, la políticas que aplicamos, cómo producimos, cómo educamos, cómo nos tratamos, cómo nos relacionamos y comercializamos con el resto del mundo. La capacidad de hacer lo que más nos conviene es el principal indicador de nuestra soberanía.
Hay tres formas de pensar cómo se relacionan el ser y el hacer nacional. Si solo “somos lo que hacemos”, cualquier crisis nos hace caer la autoestima y pensar que la Argentina no tiene arreglo. Si solo somos y no hacemos, nos quedamos en el mero discurso, y si solo hacemos, carecemos de un proyecto de nación. Por ello lo más sano es concebir que existe una continua realimentación entre nuestro ser nacional y lo que hacemos como país, y que esa interacción va marcando el rumbo del futuro argentino.
El ser nacional en el pasado
El ser nacional argentino pasó por múltiples etapas, algunas muy auspiciosas y otras que significaron grandes retrocesos.
Entre las etapas fundantes de nuestro ser nacional se incluyen las resistencia a las dos Invasiones Inglesas, primeras exteriorizaciones de soberanía que tuvieron continuidad con la Revolución de Mayo y las Guerras de la Independencia, iniciadas con Belgrano en las batallas de Salta y Tucumán en rechazo a los intentos de invasión realista; más tarde la defensa de la frontera norte del avance español por las guerrillas de Güemes, y años después el rechazo del tercer intento inglés en la batalla de la Vuelta de Obligado.
La Guerra de la Independencia no quedó en la mera defensa del territorio que ocupaban los españoles, sino que se extendió a la liberación de Chile y Perú por el ejército al mando de San Martín, que, en alianza con las tropas de Bolívar, también contribuyó a las independencias de Ecuador y Colombia.
Estos haceres son una piedra fundamental de nuestra soberanía y a la vez de nuestro orgullo nacional: pocos países en el mundo, si es que hubo alguno, pueden mostrar cruzadas libertarias de países vecinos sin intenciones de anexión territorial o de sojuzgamiento de sus pueblos.
En sentido contrario, nos avergüenzan los seis años de la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay para evitar el desarrollo autónomo de su industria; fue la guerra más grande librada en Sudamérica y concluyó con el exterminio del 60 por ciento de la población masculina paraguaya.
En igual sentido, Campaña del Desierto mediante generamos el genocidio de la mayor parte de la población indígena que poblaba esas tierras; también mantuvimos una sangrienta guerra civil que se extendió por décadas hasta completar la organización nacional; ya instalado el gobierno democrático de Hipólito Yrigoyen, dimos lugar a múltiples golpes de Estado que condicionaron nuestra incipiente democracia.
Otras cuestiones refuerzan genuinamente el orgullo propio: entre ellas el establecimiento de la educación primaria laica, gratuita y obligatoria en 1884, apenas dos años después de Francia y varias décadas antes que México, Chile, Bolivia, Brasil y Perú; ese impulso educativo fue continuado con la gratuidad de la educación universitaria a partir de 1949.
También impulsamos un desarrollo industrial que diseñó y produjo automóviles y aviones, reactores nucleares de uso medicinal y de potencia, generar isótopos de uso medicinal y de diseñar, construir y operar satélites geoestacionarios que hoy mantienen las comunicaciones en la totalidad de nuestro territorio. Todo ello sobre la base de un sistema científico y tecnológico propio que fue capaz de brindar beneficios al resto de la humanidad.
Además del tango, el dulce de leche y el alfajor, ese mismo desarrollo científico y tecnológico dio lugar a inventos argentinos que todavía hoy benefician al conjunto de la humanidad.
Siguiendo el año de creación, el sistema de identificación personal desarrollado por Juan Vucetich en 1891 permitió la primera identificación criminal mediante huellas dactilares y fue adoptado por Scotland Yard en 1901 y por el FBI en 1924; las huellas digitales fueron incorporadas a nuestros documentos de identidad en 1904. El sistema de transfusión de sangre, inventado por Luis Agote en 1914, salvó y sigue salvando millones de vidas desde la Primera Guerra Mundial y permitió la creación de bancos de sangre. La birome, inventada en 1938 por Ladislao José Biro, es usada en todo el planeta para la escritura manual, al punto que hoy se fabrican unas 100.000 millones cada año. La cirugía del by-pass coronario, creada y practicada por primera vez por René Favaloro en 1967, es hoy el procedimiento cardiovascular más utilizado en el planeta –cerca de un millón de operaciones al año–, y junto a su perfeccionamiento de la circulación extracorpórea permitieron reducir la mortalidad cardíaca del 30 por ciento a menos del 5.
No se pueden dejar de mencionar los tres premios Nobel en ciencias que nos enorgullecen: Bernardo Houssay, fundador del Conicet y premio Nobel en Medicina en 1947 por el descubrimiento del rol de las hormonas de la hipófisis para regular el nivel de azúcar en sangre; Luis Federico Leloir, premio Nobel en Química 1970, descubrió los nucleótidos de azúcar y cómo el organismo produce lactosa y glucógeno, abriendo caminos para el tratamiento de enfermedades hereditarias, y César Milstein, premio Nobel en Medicina 1984 por su desarrollo de técnicas de anticuerpos monoclonales, que permitió el desarrollo de diagnósticos de embarazo, cáncer y covid y otros tratamientos.
Ninguna síntesis del hacer argentino puede prescindir de la creación y la actuación del peronismo (y del antiperonismo) a partir de 1945 y hasta la actualidad. Nacido de la creación de derechos laborales –vacaciones, aguinaldo, negociación salarial con participación sindical–, en sus dos primeros gobiernos impulsó un fuerte desarrollo del empleo, de la industria y de la cultura nacional.
En paralelo a sus avances, se fue generando una oposición acérrima que finalmente derivó en atentados terroristas y luego en los bombardeos masivos a la Plaza de Mayo (caso único en el mundo de una fuerza aérea que bombardeó a su propio pueblo) y en el derrocamiento de Perón, que fue seguido por el fusilamiento de los militares leales y fusilamientos clandestinos de civiles en los basurales de José León Suárez.
Toda esa represión generó la denominada Resistencia Peronista, de 18 años de duración, que incluyó puebladas como las del Cordobazo y el Rosariazo, que en su etapa final incluyó el accionar guerrillero, y que concluyó con el regreso y una nueva presidencia de Perón.
A su muerte siguió la dictadura cívico-militar con sus millares de exiliados, presos, torturados y nuestros 30.000 desaparecidos.
Todos estos haceres producidos a lo largo del tiempo, los buenos y los malos, los que nos enorgullecen y los que nos avergüenzan, dieron origen y modelaron lo que hasta hoy veníamos percibiendo como nuestro ser nacional, que además de las características que reconocemos con facilidad, también esconden los enfrentamientos y odios que aún hoy nos separan y que también nos caracterizan y debilitan nuestra soberanía, aunque nos cueste reconocerlo.
El ser nacional y la soberanía en el presente
Desde hace cincuenta años el neoliberalismo, aparecido con la dictadura cívico-militar, con su máxima de que cada uno es el único y exclusivo responsable de su propio destino, viene propiciando el endeudamiento con el FMI, sometiéndonos a sus políticas y horadando el contenido de lo bueno que hasta ahora integraba el ser nacional argentino, todo lo cual redunda en una mayor debilidad de nuestra soberanía.
En el presente, parte importante de la población argentina niega el valor de la educación y de la salud públicas, de la importancia de la industria como creadora de empleo e impulsora del desarrollo, a la vez que admite y justifica la utilización de la Justicia como herramienta de persecución social, económica y política.
Un retroceso que no solo habilita el desfinanciamiento educativo y la destrucción de la industria nacional y del sistema científico y tecnológico, sino que además dio origen a la aparición de negacionismos irracionales, como el terraplanismo o el desconocimiento de la protección que brinda la vacunación; también habilita la compra extorsiva de voluntades de gobernadores y sus legisladores para eliminar derechos adquiridos, como es el caso de una reforma laboral totalmente contraria al interés de los trabajadores.
Un retroceso que ha permitido al actual gobierno llegar a proponer por ley la venta sin limitaciones del territorio nacional, tanto a particulares como a gobiernos extranjeros, así como para abandonar nuestra tradicional política internacional de no alineamiento, para entregarnos, sin intervención del Congreso nacional, a alianzas incondicionales con Estados Unidos e Israel, que de continuar nos harían renunciar a la soberanía y retroceder al estado de una simple colonia.
El ser nacional hacia el futuro
Para corregir y mejorar este presente estado de las cosas no alcanza con declaraciones bien intencionadas y altisonantes sobre el ser nacional y la soberanía que deseamos: se hace imprescindible que emprendamos haceres concretos que corrijan lo que hemos permitido que se desvíe.
Dos años y medio de ajustes, con caída del consumo, aumento del desempleo y cierre de empresas que, a pesar de las marchas semanales de los jubilados y su represión policial y algunas protestas sindicales, parecían indicar cierto grado de acuerdo con lo actuado por el gobierno de Milei.
No existió ni existe tal conformidad. Las reacciones se venían gestando en silencio, desde abajo y por dentro. Bastó un hecho simbólico y aparentemente insignificante, como la aparición del “trapo Malvinas” durante la celebración del triunfo sobre Inglaterra en la semifinal del campeonato mundial de fútbol 2026 para desatar la reacción popular ante el desguace del ser nacional y la soberanía.
Es verdad que la magnitud de la respuesta tuvo que ver con la coincidencia de varios hechos, como que fue observado en vivo y en directo por la inmensa mayoría de los argentinos, que contó con el respaldo de los jugadores de la selección, que tuvo inmediata repercusión mundial y que puso de manifiesto que el desinterés mostrado por Milei ante el único agujero que detenta nuestra soberanía territorial no es consistente ni es soportado por nuestro ser nacional.
La reacción popular, acompañada en las afueras del Congreso por manifestaciones multitudinarias bajo una lluvia intensa y pese a una violenta e injustificada represión policial que produjo varios cientos de heridos, dio por tierra en el Senado con dos proyectos impulsados por los grandes terratenientes, para los que el oficialismo creía tener votos asegurados: la Ley de Tierras, que habilitaba su venta sin restricciones a particulares o a países extranjeros, y la Ley de Manejo del Fuego, que eliminaba restricciones al uso inmediato de tierras que son objeto de incendios intencionales.
Todo parece indicar que estas reacciones darán inicio a una sucesión de otros hechos que demuestren la imposibilidad de cualquier intento de entregar nuestra soberanía y pongan fin a este tercer intento de imponer el anarco-liberalismo en la Argentina.
Esa inmensa tarea colectiva debería incluir entre los próximos haceres la priorización del trabajo, la producción y la soberanía como pilares que den fundamento a nuestras políticas, así como la corrección de aquellos aspectos de nuestro ser nacional que ya vienen existiendo, que no hemos corregido y que no nos satisfacen, comenzando por el reemplazo de odios y enfrentamientos que nos obnubilan por mecanismos efectivos de diálogo y de generación de consensos basados fuertemente en el bien común de todos los argentinos.
Ojalá seamos capaces.

