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Zita y Pichuco

“Zita” se llama el segundo movimiento de la Suite Troileana, que Astor Piazzolla compuso en honor a Aníbal Troilo. Está después de “Bandoneón” y antes de “Whisky” y “Escolaso”. Es un movimiento adictivo, cuando termina enseguida dan ganas de volver a escucharlo. “Zita es mi vida –decía el primer bandoneón patrio–. Toda mi vida. Mi vida fueron mi madre y mi mujer. Y el tango.” Esa vida entera que ahora se cuenta pegada a él es la historia conocida de Zita Troilo: amor y viuda, la fortaleza visible que construye el recuerdo porque vivieron juntos 36 años, porque murió después que él, porque le pidieron que contara cómo era vivir con Pichuco, porque regaló tres bandoneones y algunas medallas de oro.

Zita también es el silencio y la escena guardada que las fotos muestran: sus piernas cruzadas sentada en una silla de playa en Mar de Plata al lado de Troilo, sus ojos mirándolo mientras sostienen los dos el mismo plato, el brindis que comparten con los brazos enlazados y la pose que la hace parecida a Evita.

Nació en 1916 en Esmirna (Turquía ahora y Grecia entonces) y se llamaba Ida Calachi. Antes de casarse más de una vez con Troilo (“él era de los que decían ‘ahora vuelvoʼ y volvía a los veinte días”) tuvo otro marido y una hija.

La historia de amor y viuda cruza verdades con invenciones necesarias, un anillo de aguamarina, una cortina, una confitería, la que mejor se cuenta es la de la noche en Casanova cuando ella llevó la ropa que había cosido para las chicas del cabaret y él la vio: “Me fichó y me empezó a perseguir; yo no tenía interés en los gorditos pero después le tomé mucho cariño”.

Una tarde de 1981 Zita viuda recibió en su casa a Alfredo Dighiero, un periodista uruguayo. En la entrevista Zita cuenta que se casaron en el 38, se separaron en el 53 cuando él estaba haciendo El patio de la morocha en el Teatro Enrique Santos Discépolo (hoy Presidente Alvear) y volvieron a casarse en el 57. Zita recuerda fechas y números pero los que mejor repite son los de la cifra par que la nombra: 36 años juntos.

En la misma entrevista recuerda que ella lo llamaba todos los días con un nombre distinto: “Tortita quemada, Buruyu buruyu, Pocholito”. También dice que el gordito bueno ahora la acompaña a donde ella va y que cuando se muda lo primero que pone en la casa nueva es su retrato, ese en el que sus manos parecen palomas: “Sus manos tocaban pero también hablaban”.

SOL Y SOMBRA Hay algo indescifrable en la voz de Zita, en los modos amables, en el tiempo de las pausas, en la risa cuando imita el ceceo de Razzano y se acuerda de los seis millones que ganaron en un concurso de milongas, en el enojo cuando se defiende, en la decisión cuando dice que “Responso” es su tango preferido, en la tristeza cuando recuerda la muerte de Razzano y la de Discépolo, al que le hablaba en diminutivo para hacerlo reír y al que le dijo “te has muerto con las zapatillitas tuertas” cuando lo vio esa madrugada en su departamento mientras Tania, que ahora la llama todos los días, abría y cerraba cajones buscando un pañuelo y Troilo lloraba desconsoladamente.

La Zita ilegible cuida a la que no conocemos, a la griega brava que le tenía paciencia al músico hasta que un día le bajó todos los pingos, a la que no quiere hablar de los papelitos con polvito y a la pichucónoma que no olvida a los que dicen que es suyo un tango que compuso su marido: “Era muy bueno, regaló muchas canciones”.

Pero hay algo que Zita sabe hacer y mostrar y es hablar de ella cuando habla de él, como si sobrevolara en el fueye, en las notas, como si se quedara ahí para siempre. Zita amor y viuda inquebrantable resuelve parte del enigma biográfico y nos hace fácil imaginarlos cada uno en lo suyo pero inseparables.

“Recuerdo no es, porque siempre está conmigo. Abro los ojos y estoy con mi marido, al mediodía estoy con mi marido, a la tarde estoy con mi marido. Pero hay un horario del día que no lo soporto que es la hora de Alá, como dicen los turcos, de seis y media a siete de la tarde, la caída del sol, la caída de la noche. Esa es la que no soporto porque era el horario en que más juntos estábamos porque Pichuco trabajaba de noche. Si yo no iba él no iba, entonces yo tenía que acompañarlo a trabajar. Yo le daba de cenar a la tarde temprano, a las siete de la tarde, por eso extraño tanto ese horario en el que me quedo tan triste, tan sola que quiero morirme a veces, pero la muerte llega cuando quiere, ya le dije que la muerte no tiene edad. Yo le daba de cenar a esa hora y él miraba un poquito de televisión, el informativo, y después se acostaba hasta las once menos cuarto de la noche, que yo lo despertaba con un café bien doble. A las doce nos venía a buscar un remís y nos íbamos a trabajar. Esa era la vida que hacíamos. Ahora no voy a ninguna parte, no me interesa nada porque yo ya todo lo vi. Me invitan y me parece todo muy lindo, digo que sí pero después no puedo ir. Con Pichuco se fue la noche para mí y creo que para mucha gente”.

Zita le dice a Dighiero que puede volver cuando quiera y que ella le contará todo lo que quiera saber. En la despedida se escucha un beso: “¿Oyeron? –dice Zita–. Me besó de verdad. Hasta siempre, chau”.

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