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Los cantores de Troilo

Si nos tomáramos el trabajo de enumerar a las grandes orquestas que llevaron el tango a su máximo nivel de popularidad en la década del 40 y nos detuviéramos en los vocalistas que cada director eligió para su formación, encontraríamos que la diversidad, calidad y proyección de los cantores de Pichuco se distingue por varios cuerpos.

Pero para hablar de las voces de Aníbal Troilo, creo necesario empezar por referirnos al Pichuco cantor. A pesar de que desde muy pequeño descubrió su atracción por el fueye, le hubiera gustado cantar. Se registran grabaciones caseras del Gordo entonando piezas como “La cantina” acompañándose con su propio instrumento, o “El metejón”, con acordes de guitarra. Él mismo reconoció en innumerables ocasiones su admiración por Carlos Gardel: “Cuando formé mi orquesta mi ambición era que, en conjunto, lograra cantar como Gardel”; buscaba en su orquesta la perfección que el Zorzal lograba en el canto.

TODO PARA EL CANTOR “De muchacho me gustaba cantar y lo hacía. Y a todos mis muchachos cantores yo les pasaba los tangos con el instrumento y cantando”. Pero, como aseguró Goyeneche, “no trataba de enseñar a nadie. Son mentiras eso de que él inventaba los cantores de Pichuco. Solamente daba una opinión. Eso era lo que valía”. Para el Polaco, además de ser maestro, amigo, hermano y un poco padre, también fue quien lo encaminó.

“Yo creo que, cuando es un tango cantado, los músicos deben estar al servicio del cantor”. Esta frase de Troilo no es mera formalidad. Al incorporar a Alberto Marino, hace más lírica la orquesta –con más cuerdas– para contrastar con el estilo que mantenía con Fiorentino. Nelly Vázquez recordaba que bajó un tono al tango “Patio mío” para que ella estuviera más cómoda, aun cuando el sonido de la orquesta fuera menos brillante.

Horacio Salas afirma que, sin prescribir la forma, brindaba las claves para comprender cómo decir cada verso, el sentido pretendido de la obra y la mejor manera de amalgamar la letra con la melodía. “Esos que gritan no son cantores, son fruteros”, solía decir Pichuco. Y para su ejecución instrumental tenía el mismo temple: “Me corren con un racimo de notas y yo los mato a silencios”.

Rubén Juárez decía: “Todos los cantores de Troilo son perfectos, en todo sentido, en la dicción, en el repertorio, en todo. ¿Pero quién se los enseñó? Él y su bandoneón”. Cuando decide contratar a Floreal Ruiz, lo lleva a Mar del Plata un fin de semana para presentarle el repertorio, cantando el propio bandoneonista para que el Tata supiera lo que iba a hacer la orquesta y qué pretendía él del intérprete.

Entre los diecisiete cantores que pasaron por su formación hubo quienes se convirtieron en grandes amigos, compartiendo andanzas y enriqueciendo el anecdotario tanguero: Fiore, el Tano Marino, Floreal, Goyeneche, Rufino, Rivero, Cárdenas, Tito Reyes y hasta Amadeo Mandarino (que tuvo poca participación en la orquesta).

“Tendría que hablar largo rato porque tengo recuerdos de cada uno de ellos. Todos. Y por supuesto muy gratos, pero una de las figuras que más estuvo al lado mío, más cerca de mí, fue Fiorentino”, confesaba Pichuco.

Hubo quienes debieron dejar la orquesta por motivos disciplinarios, como Raúl Berón, Carlos Olmedo o Pablo Lozano, pero jamás tuvieron palabras ofensivas para con el director; todo lo contrario.

No existió cantor de tangos que no quisiera formar parte de su orquesta. Cuando Troilo le ofrece contrato a Alberto Marino, el joven cantor ya había firmado con Rodolfo Biagi. Recurrió a su minoría de edad para desligarse de la responsabilidad contraída, explicándole a Manos Brujas: “¿Sabe lo que ocurre? La ilusión más grande de mi vida es cantar con Pichuco”.

MUCHO MÁS QUE GRANDES VOCES Para los seguidores u oyentes de sus grabaciones, la variedad de timbres vocales, estilos y repertorio son verdaderamente exquisitos. No solo buscó grandes voces o hábiles decidores, recios como Roberto Achával o de estilo marcadamente gardeliano como Jorge Casal, sino que sumó vocalistas que conjugaran su estilo ciudadano con música criolla, folklórica o “campera”, casos como el de Edmundo Rivero, Ángel Cárdenas, Aldo Calderón, los hermanos Elba y Raúl Berón y Tito Reyes.

No menor es el mérito de ser la primera orquesta argentina que incorpora de manera estable mujeres a su formación. La mencionada Elba y la histriónica Nelly Vázquez (completamente diferentes entre sí) se destacaron en teatro, bailes y audiciones con Pichuco.

Fiore fue “uno de mis primeros cantores y uno de mis más grandes amigos –reconocía Troilo–. Fiore era el alma de la orquesta, no solo cantando sino como ser humano. Se merecía todo el cariño del mundo”.

Además de la ligazón afectiva con el cantor, debemos resaltar esta dupla como inaugural de los binomios orquesta-cantor. Hasta el debut de Troilo ninguna asociación de nombres había sido tan fuerte como resultó la de Pichuco y Fiore. Si hablamos de respuestas automáticas en cuanto a músicos, Salgán-De Lío, Troilo-Grela, Baffa-Berlingieri, Francini-Pontier son asociaciones casi espontáneas, incluso en composición: Cobián-Cadícamo, Aieta-García Jiménez, Canaro-Pelay, Bahr-Sucher, Ferrer-Piazzolla. Pero cuando se trata de orquesta y cantor solo podemos eximir toda duda cuando hablamos de Troilo-Fiorentino, a la que seguiría cronológicamente la de D’Agostino-Vargas.

A pesar de la tremenda popularidad del binomio, el cantor (que pasó a ser simplemente Fiore) en otras formaciones o en su faceta solista pasó casi inadvertido. El mundo del tango lo recuerda con Pichuco.

Tras el retiro de la orquesta, se recolectaron doscientas firmas para que volviera a la formación. “Pero ya no se podía. Cuando se termina una cosa, se termina”, sentenció Troilo. No era director de segundas partes. Realizó colaboraciones en escenarios o grabaciones con cantores que habían formado parte de su orquesta, pero ninguno volvió a integrarla.

Hoy que la inteligencia artificial lo permite, recomiendo adaptar la orquestación del tango que más le guste de Pichuco a su tonalidad, presione “reproducir” y apague las luces. Imagínese en un Marabú repleto de personas esperando “largar” en la pista ni bien inicie la ejecución del primer tango y usted esperando para acercarse al micrófono, en bambalinas. Comienzan a sonar los acordes ligados y nostalgiosos de la orquesta del Gordo hasta que un ronroneo desde su bandoneón le marca la entrada y entonces, solo entonces, comprenderá por qué jugar en primera era integrar la orquesta, no solo del bandoneón mayor de Buenos Aires, sino del dueño de la noche porteña.

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