La obra de los artistas cambia cuando mueren, escribe John Berger a propósito de Alberto Giacometti. Porque mientras se cierra un ciclo, se abre una perspectiva sobre el conjunto de una obra que pronto será tradición. Pero también será vanguardia. Con el paso del tiempo y el devenir de la historia, cierto arte siempre irá delante de nosotros.
Así con la impactante producción de Juan Carlos Distéfano, uno de nuestros más asombrosos artistas plásticos, que murió este 25 de julio a los casi 93 años.
En 2006, hace exactos veinte años, le hice una entrevista a propósito de la inauguración de una muestra que exhibía varias de sus esculturas en la galería Ruth Benzacar, en aquel entonces ubicada en la calle Florida.
Lo visité en su taller, una tarde de sol, en el barrio de La Boca. Recuerdo una casa enorme y vacía. Me sorprendió que no hubiera esculturas, salvo la que podía adivinarse, desde la calle, en el balcón del primer piso. O una tan pequeña que era posible envolverla entre las manos y que representaba, según me explicó Distéfano, el paso previo a la original, “Portadora de palabras”, que supera las dimensiones humanas. También había una biblioteca con libros de arte; una mesa de roble eslavonia entonando con las puertas y una serie de vitreaux originales. Numerosos ambientes vacíos condensaban ecos y desparramaban haces de luz. Distéfano, algo tímido, sorprendentemente tierno, me ofreció café y se dispuso a conversar. O a “balbucear”, como propuso entonces.
–Sus obras parecen ilustrar voluminosamente aquella especie de sentencia de Antonin Artaud: “La verdad de la vida radica en la impulsividad de la materia”.
–No sé si usted sabe que Artaud era un extraordinario dibujante. Muy cercano a los dibujos de Giacometti. No me extraña que haya escrito eso.
–Es que sus piezas tienen tal intensidad que se perciben como una prolongación del cuerpo, como si se abrazara a la materia con la que crea.
–Es una experiencia muy particular, sí, porque es muy erótico este trabajo. Es decir, el uso del tacto. Debe ser una de las pocas artes en las que hay que tocar. Y el tocar lo tenemos como prohibido. Yo soy de tocar mucho pero debe ser por deformación profesional. Es muy placentero, no para los escultores sino para los modeladores. Porque hay una diferencia: los escultores son los que quitan, pican piedra y quitan. Y los modeladores, que sería mi caso, son quienes agregan materia, van sumando, no quitando. La arcilla es muy sensual. La cera también. Es muy grato trabajar de este modo porque se va como sumando de una manera muy sutil. Es especialmente grato con la cera porque se trabaja en tibio o en caliente, y el perfume también es maravilloso. Cuando trabajo con cera, usted sabe que vienen abejas… Vienen abejitas que no sé de dónde salen. Usted, aquí, ahora, no las ve. Pero apenas me pongo a calentar cera aparecen enseguida. Es mágico. Y pensar que yo traté de ser pintor. Quería pintar, pero hubo un momento dado en el que tuve que tocar la arcilla. Y bueno, este es un matrimonio que perdura.
–Sin embargo expone los dibujos que acompañan a sus obras y tienen peso propio. Parece un dibujante destacado.
–No sé si soy buen dibujante. Son balbuceos que hago para llegar a otra cosa. Es por necesidad. Porque, sabe qué pasa, la arcilla no se puede sostener sola, tiene que tener una estructura, salvo que se trate de una pieza pequeñita. Entonces, los que trabajamos con arcilla o cera dibujamos todo lo que vamos a hacer para saber cómo es. No es el perfil, es el volumen en el espacio. Estos materiales, además, se caen y resulta fastidioso. Si no hay dibujo previo, se corre el riesgo de empezar y luego descubrir que la dirección está equivocada. Sí, se puede corregir, cortar. Pero es fastidioso. Por eso trabajo en pequeñito primero, muy chiquito. Y es como el primer balbuceo.
–Si el resultado emocional en el espectador es tan estremecedor, me pregunto qué le sucede a usted como creador. Cómo surgen las ideas para sus obras considerando la relación estrecha que evidentemente existe entre su mundo interior y la violencia social y política, siempre presente en sus creaciones.
–No, no aparecen como una idea sino como una imagen. Hay que diferenciar. Trato de separar la imagen y las ganas de hacer esa imagen, lo icónico. Es decir, trato de separar lo que representa la imagen del resultado final. Quisiera, no sé si lo consigo, que lo que representa no fuera lo fundamental. Que lo fundamental sea la forma expresiva en sí misma, no lo que describe.
–¿Pero cómo busca expresar esa imagen que aparece?
–No, yo no usaría el término expresar. Simplemente se trata de continuar un deseo. No sé si es justo lo que digo. No trato de expresar nada, sigo un impulso, un deseo, un enamoramiento. Cuando uno se enamora de alguien, ¿trata de expresarse? A mí me parece que no.
–Expresarse sería una consecuencia de ese enamoramiento.
–Pero expresarse implica un programa: voy a decir tal cosa, esto comienza así, sigue de esta otra manera y este sería el final. No. En mi caso no es así, es simplemente un enamoramiento. No elijo lo que voy a hacer. Es una imagen que aparece y me persigue mucho tiempo. Aparece de pronto ese deseo, esa imagen que poco a poco va tomando forma. Ni siquiera me pregunto qué va a ser. Simplemente intento dibujarlo. Hago muchos dibujos. Busco. Por lo general se presenta hacia alguna dirección, puede ser vertical, diagonal. Y aparecen, también, cierto volumen y el color. Voy dibujando sin traicionar esa imagen, que primero es interior pero que se irá definiendo sobre el papel. Claro que hay mucho de azar y también dependerá del material que use, porque cada material dicta su forma.
–¿Aparece antes el deseo hacia un material específico o la imagen dicta, como dice usted?
–No sé si en español existe, pero diría que es un problema “gánico”: ganas de tomar determinado material. Que irá, a su vez, sugiriendo determinadas definiciones. Y sigo detrás de eso. En definitiva, no hay un programa ni hay una elección. Aunque parezca pretensioso, soy elegido por esa imagen.
–¿Y cómo continúa?
–De manera absolutamente inconsciente. La clave sería dejar que el azar hable. Trabajo con el azar. No es que me ponga obcecado con determinada cosa. Simplemente estoy atento a lo que va sucediendo. Es una aventura.
–Más allá de este devenir interior que se prolonga en un devenir exterior en la materia de la futura obra, hay una insistencia sobre las mismas cuestiones. Una poética perturbadora que anega de opresión a los cuerpos. ¿Cómo se produce esa fusión entre lo que surge por azar y aquello que sucede en el mundo y que sin duda lo copta?
–Lo que pasa en el mundo mezclado con la infancia. Pienso que ese es el origen. Es tanto el suceder diario; la catarata que recibimos de hechos alegres y terroríficos. Yo tengo la desgracia de ser más sensible a los hechos terroríficos. Ser alegre en este momento me parece que es muy difícil. Bueno, es muy difícil un arte que exalte la cosa alegre. Hubo muy pocos en la historia de la humanidad. Es más fácil ser dramático, ¿no le parece? Yo diría que Matisse es un ejemplo maravilloso de alegría, y también Renoir, ¿no? Pero en general, en la historia del arte son todas catástrofes.
–¿Y Van Gogh no transmite cierta placidez en las escenas coloridas de sus cuadros?
–¡No! Me parece dramático. Usted fíjese lo que yo llamo impropiamente la escritura de esa pintura, el signo, la letra. Ese signo es tan crispado en Van Gogh, tan desesperado.
–Su escultura “Juego de niños” está inspirada en un cuadro de Brueghel. Además, usted es un profundo admirador de Velázquez y apasionado por la obra de Lucian Freud. Parece tener una mayor afinidad con los pintores que con los escultores.
–Porque mi formación es como pintor. Miro escultura y la adoro, pero me atrae mucho la pintura. Si voy al Museo del Prado, primero me concentro en los flamencos, Jerónimo Bosch y Brueghel. Y diría que hay una línea en la historia del arte, para mí, y que hasta ahora termina, justamente, en Lucian Freud. Esto es arbitrario, una fantasía mía: esta línea comenzaría en Masaccio, luego un salto grande hasta Rembrandt, otro salto grande hasta Goya y otro salto grande hasta Lucian Freud. Él es enorme, un pintor deslumbrante. Pocas veces sentí algo semejante a lo que me producen sus cuadros. Es como si viera el paso del tiempo, cómo la carne se marchita, cómo se va lavando todo. Es muy tremendo. Y sin ningún gesto, simplemente por cómo escribe el cuadro. Utiliza una materia muy seca pero sobre todo ese efecto tiene que ver con el signo, con cómo pinta, no con lo que pinta. Parezco un formalista, pero no va por ahí, es la emoción ante ese signo.
–Me da curiosidad conocer el origen de “Portadora de la palabra”. Una mujer que asume la potente delicadeza de una de una pitonisa con la densidad triste de una marginal de nuestro suburbio.
–Como dije, trabajo sin modelo. El modelo es interior, siempre es una imagen que aparece dentro. Pero en este caso sí existe. Suelo salir a caminar y como no me gusta hacerlo tontamente sino con algún objetivo, me invento ir a comprar un tornillo a la ferretería de Constitución o yerba al mercado. Con esa excusa, atravieso la estación, que es la corte de los milagros. Es el gran teatro del mundo. Terrorífico. Y cada tanto la veo: es una mujer que predica. Debe ser una evangelista. Está parada sobre el piso, no sobre un cajoncito como el que tiene esta obra, pero en mi caso es la excusa para que se sostenga. Su vestimenta está muy prolija. Todo muy gastado, muy pobre, pero limpia. Lleva sus zapatitos abrochados. Todo gastadito. Grita. Predica. Pero lo curioso es que no tiene voz. Es afónica absoluta. Me da tanta ternura. Y está tan loca. Pero como no hace ruido, tiene delante un perro que duerme. La gente pasa acelerada por delante y nadie la registra. Pero ella predica. Yo no sé nada de psicoanálisis, pero se me ocurrió que quizá la gente enloquezca porque no puede procesar el horror del mundo cuando no encuentra un cauce para entrar y salir de ese horror. Por eso la hice. Es la primera vez que uso, en vez de color, distintos materiales como arpillera, madera, viruta, arena, recortes de diarios de algunos horrores: desde Auschwitz hasta Astiz, pasando por la masacre de los turcos.
–Enmudece el mundo ante sus obras. La experiencia es física y las palabras se abroquelan ante un muro a punto de caer sobre nosotros, los espectadores. Luego de ver a la “Portadora…”, “Juego de niños”, “Los iluminados II”, se abre un silencio demencial. Una mudez que asorda, como dice un verso de Vallejo.
–Bueno, lo que se diga siempre resulta un puente entre el trabajo de uno y el espectador. Son puertas que se abren. No se crea, a mí me encantan las interpretaciones que hace cada espectador. Digamos que me completa a mí, egoístamente. Me completa y me revela cosas que no sabía.

