En la madrugada del 11 de marzo de 2017, miles de micros escolares, combis improvisadas, autos cargados hasta el techo, motos y camionetas formaron una caravana interminable por la ruta 3, con destino final Olavarría, una ciudad con ciento cincuenta mil habitantes.
En pocas horas, sus calles fueron ocupadas por cerca de medio millón de personas. Las estaciones de servicio se convirtieron en campamentos. Los patios de las casas se transformaron en estacionamientos improvisados. El pueblo dejó de pertenecerles a sus habitantes para convertirse en la capital de la patria ricotera: familias enteras armando asados improvisados al costado del camino, grupos de amigos con banderas de distintos puntos del país, pibes y pibas que nunca llegaron a ver a Los Redondos en vivo pero que continuaban con la peregrinación.
Tras la ruptura de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en 2001, los recitales solistas del Indio Solari fueron misas ricoteras multitudinarias. Ya no alcanzaban los estadios, se necesitaban ciudades: Tandil, Junín, Entre Ríos, Mendoza. Hubo que inventar lugares nuevos al aire libre en hipódromos y autódromos.
“Mi público no conoce el sold out”, advertía el Indio, en el documental Tsunami.
El predio rural La Colmena, en Olavarría, fue el punto máximo de toda esa historia. Esa noche se vendieron oficialmente 190 mil tickets. Entraron muchas más personas. “Yo fui sin entrada. Le compré una trucha a un vago por 50 pesos. El molinete estaba abierto, ni siquiera te pedían la entrada”, dice Juan Manuel Vera Vostsky, que fue con dos amigos desde La Plata en micro y se volvió a dedo.
Diego Mancusi, uno de los que llegó junto a ese mar de personas para cubrir el recital para la Rolling Stone, recuerda: “La sensación que me daba era que el Indio quería organizar algo que fuera como un hito definitivo del rock. Entendí que había algo de despedida en todo eso, como un tachado en una lista de pendientes sabiendo que su carrera no iba a durar mucho más”.
Después del anuncio en el show de Tandil en marzo de 2016, donde les dijo a sus seguidores que tenía mal de Parkinson, el recital de Olavarría tenía la atmósfera de un final anunciado.
“La sensación que me dio es que había mucha ansiedad. Se sabía que era la última vez y eso se palpaba en el ambiente”, dice el periodista Pablo Reimondi. “Creo que mucha gente como yo dijimos: ‘Esta puede ser la última oportunidad de verlo en vivo’”.
“Quería saber cómo se vivía una misa ricotera, así que nos compramos las entradas con unos amigos y fuimos”, recuerda la periodista Catalina Greloni.
Todos ellos iban a ser testigos del último concierto del Indio.
LA ÚLTIMA MISA La idea de abandonar los escenarios por la enfermedad ya estaba tomada. La noticia posterior de las dos muertes por asfixia de Javier León y Juan Francisco Bulacio, durante el concierto, aceleró la decisión.
“Dentro de esa pulsión del Indio por hacer el evento definitivo hubo cosas que se le fueron de las manos. El evento que imaginó era imposible de organizar en la Argentina, en una ciudad como Olavarría y con la poca infraestructura que tenía, colapsada por completo. Lo gigante conspiró con lo musical. Todo lo que me acuerdo del show tiene que ver con la reacción de la gente que estaba viviendo algo histórico más que algo artístico”, dice Mancusi.
Cuando las luces del escenario se encendieron, el Indio apareció sin gestos heroicos con una gorra y una campera roja para arrancar con “Barbazul versus el amor letal”, una canción lúgubre de Gulp!, el primer disco de Los Redondos, con el pulso rockero más acelerado que la versión original. A los veinte minutos, después de “Ropa sucia”, llegaron las primeras interrupciones. Desde el escenario, Solari pidió varias veces que el público retrocediera. “Hay gente en el piso… hay mucha gente, hay que tener cuidado y habíamos quedado que nos cuidábamos”, insistió. Las advertencias del Indio continuaron. “Si siguen empujando así no vamos a poder terminar el show”.
En los recitales del Indio siempre existió la idea de que el caos formaba parte del paisaje. El pogo más grande del mundo era eso, pura catarsis descontrolada. Una cuota de peligro, adrenalina, aventura y éxtasis celebratorio sobrevolaba la atmósfera del concierto.
“La llegada al predio fue bárbara y la misa ricotera y toda la previa fue espectacular”, recuerda Catalina Greloni. “But once it started the show immediately stopped. It started, it stopped. It was a stalled show. With the kids I went with and who had been to several Indio shows, they said: ‘Something weird is happening here’”.
Pasaban las canciones y al Indio se lo notaba incómodo: “Quizás sea apresurado decir pero no me quedan más ganas de esto”. Siguió cantando –a veces con la mano en los bolsillos, o girando en remolinos, o levantando el puño en alto– porque sabía que si no podía ser peor.
“Así y todo el show tuvo puntos altos en ‘Todo preso es político’ (donde habló de la labor de Abuelas de Plaza de Mayo), ‘Flight 956’, ‘Nuestro amo juega al esclavo’, pero los baches entre tema y tema tornaron el espectáculo con un ritmo atípico al de los recitales que el Indio solía dar”, recuerda Pablo Díaz Marenghi, que escribió su crónica para la plataforma ArteZeta.
Antes del final, tras dos horas de concierto, el Indio Solari, secundado por Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, se quedó contemplando ese océano de gente y dijo absorto: “Esto no existe en el mundo”. Después agradeció y, enseguida, el guitarrista Gaspar Benegas arremetió con el riff inicial de “Ji ji ji”. Fue la locura. Lo que empezó como un happening psicódelico para muy pocos, ahora se había transformado en una masa de doscientos mil cuerpos que se movían de un lado a otro, como un mar revuelto, indómito, salvaje, incontrolable, con la fuerza de la naturaleza.
Fue la última imagen que vio el Indio antes de levantar la mano y caminar sobriamente hasta perderse entre las sombras del escenario.

