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“Las letras resonaban en la gente por un motivo incomprensible y maravilloso”

Una afortunada conjunción entre intuición y curiosidad motivó a Claudio Kleiman a estar en el lugar indicado y en el momento oportuno para presenciar y reseñar el antológico debut de esa agrupación con nombre extraño, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Para ese entonces (1978), compartía la redacción de la sección musical de un medio gráfico no menos mítico, el Expreso Imaginario, con colegas y amigos como Alfredo Rosso y Fernando Basabru, a quien le llegó la invitación correspondiente para el concierto que iba a llevarse a cabo en el Teatro Lozano, de La Plata.

“En el contexto de la época, atravesada por el rock sinfónico y el jazz rock, los grupos tenían nombres bastante pomposos y ellos hacían referencia al rock de los 50, completamente olvidado y hasta políticamente incorrecto. Sonaba a Bill Haley & His Comets”, refiere Kleiman.

–¿Con qué te encontraste?

–Lo que vi resultó ser el famoso “Lozanazo”, el primer recital de Patricio Rey y los Redondos. Sería el estreno oficial de la banda. Previamente, habían hecho otro show, o un par, en el mismo teatro, pero no tenían ni siquiera nombre; después vino el famoso viaje a Salta en micro, una experiencia más que under, y como para presentarse en vivo precisaban identificarse, se bautizan así. A mí me impactó ese recital de La Plata y escribí la primera nota que se hace sobre ellos. Era una reseña que aparece en el número 22 del Expreso, con tapa de Gustavo Santaolalla. Fue una cosa bastante caótica. Había un presentador, el Mufercho, los músicos subían disfrazados (uno vestido de marinerito), estaba el ballet ricotero, había una serie de efectos especiales que fallaban más de lo que funcionaban, pero todo en su conjunto era pintoresco. Tenían encerradas unas gallinas, o pollos grandes, para soltarlos volando sobre el público, pero cuando llegó el momento, los bichos estaban completamente ateridos y no volaban. Aunque uno me pasó sobre la cabeza.

–El género musical contrastaba con la estética avant-garde.

–Al principio, era un fenómeno de público enterado: intelectuales, gente de teatro, músicos que estaban en la onda y público de pubs que concurría a ver bandas posta como Fricción. Cuando comienzan a hacerse masivos, la nueva gente deja de bancar los ingredientes extramusicales, no tenían paciencia para escuchar a Enrique Symns (que ocupó el lugar del Mufercho como presentador) o las Bay Biscuits, que incluso tampoco fueron aceptadas por el público mainstream de Serú Girán… Ellas sí que pagaron el precio de ser pioneras en lo suyo.

–La popularización trajo aparejada la “futbolización del rock”, que ellos, de alguna manera, impulsaron y resultó cuestionable en las formas.

–Coincido en que la “futbolización del rock” fue un fenómeno desastroso, nefasto, pero no coincido en que ellos lo hayan impulsado, para nada. Iba a llegar de cualquier manera, porque arribábamos a los 90, una nueva “década infame” de entrega y de pauperización de una buena parte de la población. Esa gente que tiene una crisis de representación, porque no se siente identificada con la política, por algún fenómeno que sería complejo de explicar y que ellos mismos no podían explicarse del todo, encuentra su representación en estos tipos que nunca habían transado con el sistema.

–¿No existía una disociación entre el emisor del mensaje y el receptor?

–Habían edificado su propia alternativa, y las letras de alguna manera resonaban en las personas, por un fenómeno que es tan incomprensible como maravilloso, y no bajaban línea, no daban consejos. Era un mensaje críptico, pero con la suficiente claridad como para que el público lo interpretara y lo hiciera propio.

–Los Redondos fueron un fenómeno fuera de lo común en muchos sentidos. Vos lo definiste como un “grupo de culto, pero masivo”, y citabas la referencia de Grateful Dead, una banda californiana de larga data.

–No había parentesco en lo musical. Pero los Dead también eran independientes, estaban al margen del sistema, sus seguidores conformaban una especie de cofradía, los dead heads. Que los seguían a todas partes, que se intercambiaban cintas en vivo, lo que ellos mismos alentaban en vez de disuadirlo, como competencia de los discos. Se las arreglaron para sobrevivir en las fauces del monstruo USA, incluso cuando la contracultura ya declinaba, a fines de los 70. Tenían su propio management, su propio sistema de sonido. Había muchas analogías.

AMIGOS SON LOS AMIGOS

Una prolongada relación personal con la troika conformada por el Indio, Skay y la manager Poli convirtió a Kleiman en testigo privilegiado, un biógrafo potencial, que antes que nada priorizó el vínculo y nunca quebrantó ningún código de confidencialidad.

“Fui amigo del Indio hasta el último día y sigo siendo amigo de Skay y de Poli. Pensaba que el día que decidieran contar su propia historia, si me convocaban, encantado. Además, siempre eludí ser un eslabón para quienes querían acercarse a ellos”, apunta.

–La separación fue en términos muy impropios de su ética.

–Fue bastante ingrato, sí, y es lamentable que haya sido así. Pero era previsible también que sucediera, y agrego por mi cuenta: bastante aguantaron. Porque representaban una amenaza para el sistema y el sistema les hizo la vida imposible. Ellos eran artistas, compositores y músicos que aspiraban a presentar sus canciones en vivo o en disco de la mejor manera posible, y se les fue haciendo cada vez más difícil. Porque eran un mal ejemplo para los poderes establecidos. Tipos que no tienen ningún compromiso con las instituciones ni con la política ni con el Estado, y movilizan a cientos de miles de personas.

–Pero el quiebre fue interno.

–Sí, fue interno, pero muy empujado por las circunstancias, porque planificaban hacer un recital y en vez de pensar en los temas y la escenografía tenían que pensar en el sistema de seguridad, en los ingresos, en la relación con la policía, en qué hinchada de fútbol había que sobornar para que no armara quilombo… Se volvió todo muy lejano de su razón de ser, que era la música. Es muy posible ahí que la relación explote por algún lado. Con una realidad más amable, el final hubiera sido otro.

–Finalmente, ¿quién era Patricio Rey?

–Ellos decían que era una deidad incorpórea, pero es la creación del mito, la base de ese edificio conceptual. La manifestación de una leyenda se expresa en celebraciones colectivas y esto fue así en toda la historia de la humanidad y coincide con la idea de un Patricio Rey. Más acá, se dijo que era Pancho Silva, un artesano y músico, bohemio total, que se estableció en Cafayate. Ahora, la única vez que Patricio Rey “habló”, por decirlo así, fue en un texto redactado por el Indio, que era una especie de cuento policial en el que un periodista lo perseguía hasta que lo encontraba y le hacía un reportaje. Eso salió publicado en otro número del Expreso. Así que tengo el privilegio de haberle hecho la única entrevista a Patricio Rey.

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