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El capitán Richard Burton aún navega el Paraná

No sería disparatado pensar que hubo un encuentro entre Borges y sir Richard Francis Burton, el traductor de Las mil y una noches. Es posible que fuera en Corrientes, a orillas del Paraná o río arriba, en las cercanías de la inexpugnable Humaitá. Burton visitaba tropas y campos de batalla como cónsul británico (de licencia) en Brasil. Durante casi un año navegó por el Paraná, se reunió con Justo José de Urquiza y con Bartolomé Mitre. Viajó a caballo por las sierras de San Luis, cruzó a Chile. Domingo Faustino Sarmiento, por entonces presidente, lo llevó de paseo por el Delta y le regaló el Facundo. Lo dedicó amablemente: “Al Capitán Burton, viajero en camino. D. F. Sarmiento, viajero en reposo”. Acaso Borges compartió con él alguna comida de un ejército de campaña.

Richard Burton, admirado por Jorge Luis Borges, estuvo en los campamentos de los ejércitos de la Triple Alianza. Allí, por años, luchó el coronel Francisco Borges, abuelo del escritor. Las visitas de Burton están documentadas en Cartas desde los campos de batalla del Paraguay, editado por primera vez en Londres en 1870.

La estadía de Francisco Borges entre las tropas argentinas la consignan diferentes oficiales-corresponsales que escribían para el diario La Tribuna desde el campo de batalla. Miguel Ángel De Marco da cuenta de esas notas en Corresponsales en acción. Crónicas de la guerra del Paraguay (1865-1866).

Lucio V. Mansilla, que años más tarde escribirá Una excursión a los indios ranqueles, deja el fusil y toma la pluma bajo el seudónimo de Falstaff. Es agosto de 1866 habla del cansancio, del sopor de la espera. También del abuelo de Borges. “En el campamento no ha habido novedad desde mi última, salvo las guerrillas de ordenanza y algunos cañonazos con que los paraguayos interrumpen la monotonía de esta existencia de inacción que tanto mortifica (…) Indigna ver la poca voluntad con que algunos hombres llenan sus deberes (..) He sabido de algunas de las promociones pedidas por el señor Presidente. Son estas: para coroneles, los tenientes coroneles Orma, Charlone y Roseti. Para coronel de la Guardia Nacional, el teniente coronel Mateo J. Martínez. Para tenientes coroneles, los comandantes Francisco Borges, José Pipo Giribone y otro que no recuerdo”.

En septiembre, bajo el seudónimo de Varita, otro de los oficiales argentinos vuelve sobre el tema Borges y su falta de reconocimientos: Dirá en La Tribuna: “El martes fueron dados a reconocer al ejército, como teniente coronel efectivo al que lo era graduado Manuel Fraga, y como teniente coronel graduado al sargento mayor Luis María Campos. ¿Al conferir esos ascensos, se ha olvidado el general Mitre que con los méritos y servicios de Campos y con más antigüedad de grado que este existen en el ejército los sargentos mayores Joaquín Lora y Francisco Borges?”.

A ese Borges lo espera la muerte. Será en 1874. En la batalla de La Verde, bajo el inmenso cielo de la llanura en la provincia de Buenos Aires. Esa muerte marcará a fuego la historia de Jorge Luis, el escritor al que su abuelo nunca conocerá. La lápida de Borges en el cementerio de Ginebra dirá: “And ne forhtedon na” (Y a no tener miedo). La frase refiere a la épica de otras muertes. A la batalla de Maldon en un lejano agosto del año 991, donde, quizás, los antepasados de Burton peleaban contra los vikingos.

Cartas y viajes

El encuentro entre Borges y Burton pudo darse también en agosto. El cónsul visitó campamentos y trincheras en 1868. El día 20, desde Corrientes, envió una carta con destino a Londres. “Arriba de Rozario”, dice el piloto sudamericano, “no hay nada en el río que pueda interesar al forastero. Un giro del destino lo ha cambiado todo”. Un giro del destino lo ha cambiado todo, resuena.

Burton inició ese viaje en Montevideo. Después pasó por Buenos Aires. Su libro da cuenta de largas horas de charla con Sarmiento y con Mitre. “Mi admiración por el general Mitre no me ciega ante el hecho de que su trayectoria posterior lleva la mancha de una profunda inmoralidad política, al haber provocado, por motivos partidistas, e incluso personales y egoístas, una alianza militar cuyo resultado es la actual guerra desastrosa y nada honorable. Posiblemente no esperaba una acción tan enérgica por parte de Paraguay, que en Buenos Aires era menospreciada como una potencia mezquina, semibárbara, casi ‘india’. Pero el estadista y biógrafo de Belgrano debería haberlo sabido. Si no hubiera ayudado e instigado con dinero, con miles de mosquetes y con apoyo moral al expresidente (Venancio)  Flores en el ataque a la Banda Oriental, Brasil no habría encontrado oportunidad de interferir en la política del Plata, y Paraguay, la ‘equilibrista’, no habría considerado de su interés ni deber romper la paz.”

Cuando en su viaje por el sur, el capitán Burton llega a Montevideo, Venancio Flores ha sido asesinado. Y al llegar a Buenos Aires lo espera el nuevo presidente: Sarmiento. “Se disparaban cohetes, resonaban vivas y sonaban campanas; en el ‘campamento’ cambiaban de manos ovejas y vacas, y en la ciudad sombreros y cajas de cigarros, y el público expresaba su alegría general por la derrota de don Rufino Elizalde, el candidato elegido y nominado por el expresidente Mitre. Este abogado, justamente impopular en las provincias porque se le conoce por ser un partidista sin escrúpulos, que supuestamente favorecía la ‘triple alianza’ por sus intereses en Brasil, con el que está vinculado por matrimonio y otras vías, obtuvo solo veintidós votos contra setenta y nueve”, el el colegio electoral.

Río arriba, Burton desembarca en Concepción del Uruguay. Después, seguirá en carruaje por la costa. Su destino será el palacio San José. “Regateamos, o mejor dicho, el Dr. Gibbiugs regatea, un carruaje a tres dólares bolivianos (cada uno 3 1⁄2), digamos medio soberano por persona. El cochero es un muchacho moreno de unos doce años, que responde a ‘Amiguito’.” Llegar a San José requiere surcar las ondulaciones entrerrianas, que al cónsul inglés de “licencia por enfermedad” le resultan mucho más agradables que la llanura bonaerense. Dice sobre Urquiza: “Don Justo, habiendo comprobado sabiamente por medio de nuestro presentador que yo no era un ‘traidor’, se sentó y charló largamente en español, el único idioma que habla. Parte de la conversación puede repetirse”.

Burton continúa su trayecto. Y escribe: “Mis simpatías están con Brasil, al menos en lo que respecta a su ‘misión’ de ‘desbloquear’ el gran río Mississippi del Sur; ‘mantener abierto y desarrollar el magnífico sistema fluvial Paraguay-Paraná-Plata’, y eliminar de las orillas de sus principales arterias los guardias y piquetes, las baterías y las ridículas empalizadas que servían para mantener sus aguas relativamente desérticas, y convertir una vía fluvial perteneciente al mundo en un mero monopolio de Paraguay”. Antes justifica y discute con el geógrafo francés Reclus: “Y por último, el señor Élisée Reclus, en la  revista Revue des Deux Mondes puede calificar a Paraguay con la impunidad de la imprudencia, como ‘estado pacífico por excelencia’ cuando cada uno de sus ciudadanos era un soldado y cuando, incluso durante el gobierno de los jesuitas, el labrador de la tierra era también un hombre de armas”.

El oro y el moro

Diez años antes, Burton había viajado buscando el nacimiento del Nilo. Jamás llegó al lago Victoria. También ha realizado una peregrinación a La Meca, disfrazado de árabe. Ahora, remonta el Paraná y el Uruguay. Y cruza los Andes. No sin antes navegar el Amazonas haciendo un pormenorizado relevo de riquezas: desde los diamantes y el oro en Minas Gerais hasta la llanura y los paisajes cuyanos, que recorre junto a geógrafo inglés.

“Mientras tanto, el valor de la tierra se ha triplicado como mínimo, y el Ferrocarril Central Argentino pronto la independizará de su gran vecino y le permitirá enviar productos directamente a Europa. Buenos Aires debe espabilarse y nada menos que un ferrocarril directo a los Andes le permitirá mantener su supremacía”, escribe Burton en la página 238 de la edición inglesa de sus cartas. “Es el primer gran enlace de comunicación interoceánica y afectará, cuando esté terminado, a la mitad de Argentina (…) La ley de 1857 aumentó la concesión anterior a una legua cuadrada (3 x 25 millas) a cada lado de la línea que unía ‘Rozario’ con Córdoba, con excepción de las cuatro leguas cercanas a estos dos grandes terminales y las brechas de una legua alrededor de Fraile Muerto y Villa Nueva. Así, cuando las obras lleguen a los pies de los Andes, la compañía poseerá un pequeño reino de 3.600 leguas cuadradas, tierras fértiles para el cultivo y el pastoreo.” La idea de ‘progreso’ permitía esa apropiación silenciosa del espacio que no habían logrado siquiera las invasiones de 1806 y 1807.

Como premio a su labor en este sur, Burton fue nombrado embajador en Damasco, Siria. Antes de volver a Europa volvió a remontar el Paraná. El 19 y el 21 de abril de 1869 estuvo incluso en Asunción. Un año más tarde, la guerra terminaba.

Cartas desde los campos de batalla del Paraguay se inicia con una dedicatoria: “A su excelencia don Domingo Faustino Sarmiento, ciudadano de las Provincias Unidas del Río de la Plata, República Argentina, por parte de quien admira su honestidad de propósito y por el homenaje que rinde al progreso”. Las palabras están en inglés. Como en gales o inglés antiguo están talladas las palabras en la tumba de Borges. En 1870, cuando el libro se publicó, Paraguay, que había sido acaso la economía más próspera de este sur del mundo, había sido devastado. “On ne tue point les idées“, había escrito Sarmiento en el Facundo. Elegirá Asunción para morir y ser recordado por la historia. Esa historia que, en algún lugar del tiempo, lo reúne imaginariamente con Mansilla, con Mitre y con el propio Borges. Para tributar a los ríos del capitán Burton, aquel cónsul de licencia que navega río arriba, aunque no haya “nada en el río que pueda interesar al forastero”.

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