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Descosiendo lógicas

zzzzinte1 YEAR-2008 Former Argentinian football player Diego Maradona controls the ball as he poses during a photocall for Serbian director Emir Kusturica's film 'Maradona by Kusturica' at the 61st Cannes International Film Festival on May 20, 2008 in Cannes, southern France. The May 14-25 festival winds up with the awards ceremony for the prestigious Palme d'Or, to be determined by a jury headed by Hollywood "bad boy" Sean Penn. AFP PHOTO / Valery Hachezzzz

Abajo de ese sol entusiasmado, recubierto por los hervores de todo ese calor y de toda esa gente, con el estadio Azteca en su hora entre las horas como proclamando así es el aire de un domingo en México y en ese –justo en ese– partido, Diego tenía apenas media gota de sudor en una ceja. Sus compañeros, no. Sus compañeros eran una transpiración entera, un cerro de abrazos sobre abrazos también enteros y una alegría que se insinuaba entera. Era el 29 de junio de 1986 y Jorge Valdano acababa de correr más de lo que suelen correr las personas para convertir el segundo de los tres goles con los que Argentina se impondría a Alemania en la final del mundo. Abundaban las razones para que su transpiración se multiplicara y para que se sintiera extenuado, con el peso adicional de que, apenas terminadas las celebraciones por ese gol, debía continuar con su pesarosa tarea de la jornada: obstruir los pasos de Hans-Peter Briegel, más que potente, un decatleta al servicio del fútbol, un invencible, el hombre al que le correspondía perseguir en cada avance rival según le había indicado el entrenador Carlos Bilardo. Cada compañero lo felicitaba, le sacudía las vértebras, le potenciaba el cansancio y el agotamiento. Salvo Diego. Diego capitán, Diego capaz de mirar donde las pupilas no sirven para ver, Diego infalible para registrar las evidencias y los secretos que flotan en una cancha, Diego sabedor de que lo que les sucede a los demás nunca constituye algo del todo ajeno, Diego improvisador y estratega, Diego individual y no individualista, Diego Maradona invariablemente asombroso. Diego, que se integró desbordante a los abrazos y, enseguida, se arrimó al oído también exhausto de Valdano para soltar, en pleno júbilo, una frase sola y seria: “Tranquilo, Valdano, en las próximas jugadas al grandote lo sigo yo”. Para Valdano, a partir de ahí, Diego ya no solo fue un genio entre los genios por la magia de una semana antes en la que sentó de culo a una lluvia de defensores ingleses o por otros millones de magias más o menos tan preciosas sino, más todavía, por su capacidad de darse cuenta de lo más importante en los momentos más importantes. En los minutos posteriores, Valdano recobró el aire o lo usó para enfocar cómo cada movimiento del desafiante Briegel transcurría acompañado por la sombra inconfundible de Diego. De ese Diego que ni siquiera soltaba la media gota de sudor que le poblaba la ceja.

Ocurre que Diego existía descosiendo lógicas. Si había una especialidad suya, era esa. No hay lógica en la que quepan descuajeringarse el corazón porque el equipo disfruta de un gol que golpea las puertas de la gloria y, a la vez, detectar rapidísimo el problema que implica que el autor de ese gol no dispondrá de la respuesta muscular inmediata para cumplir con su papel. El profesor Fernando Signorini, ese preparador físico al que Diego –y muchos además de Diego– asumía como un maestro, cuenta que el médico italiano Antonio Dalmonte, experto en el cuerpo de Maradona, le explicó que ese pibe que había madurado entre las calideces afectivas y los vacíos económicos de Fiorito poseía ojos con un alcance más ancho y más hondo que el común de las personas. Podría tratarse de un dato de excepcional relevancia biológica, pero condensa mucho más que lo visual: Diego enfocaba toda la cancha. Y ese rasgo excedía, por kilómetros, a la pelota.

EL MÁS HUMANO DE LOS DIOSES

Hubo conferencias de prensa en las que Diego replicó con detalle al interrogante de un cronista ubicado en las filas de adelante de un extremo de la sala para, en un flash, sin necesidad de oír una segunda pregunta, contestar sobre un susurro o un gesto de otro cronista instalado en el fondo del vértice contrario. En mil ocasiones, germinaron señores que le tiraron dardos orales más que bravos, pero, antes incluso de concluir su provocación, se chocaron con alguno de los parlamentos encendidos de ese crack de los estadios que, en simultáneo, funcionaba como crack del lenguaje. Cien mil veces ese Diego. La más famosa: transformado en flecha y en poesía durante su mítico segundo gol a los ingleses, igual escudriñó cada uno de los pasos que Burruchaga y Valdano (“Perdoname, Jorge, te vi pero no tenía cómo pasártela”, se excusó en el vestuario) aceleraban a sus costados y hasta se rumoreó como leyenda eso de que entrevió la imagen de cierto vendedor en la tribuna.

Quizás nadie dirá nunca nada tan certero como lo de “el más humano de los dioses” que Eduardo Galeano inventó para definir a Diego. No parece haber invento, en cambio, para argumentar a tanto dios y a tanta humanidad en un envase de ciento sesenta centímetros y un poquito. Diego procedió divinamente, o sea como a los humanos les cuesta, tanto en sus andares inempatables con la 10 en el lomo como cuando cargó en ese lomo unos cuantos pronunciamientos sobre poderes y poderosos que le costaron bien caros. Y se comportó humanísimo en sus amores, en sus deseos, en sus desmesuras y en sus contradicciones, solo que en una dimensión que su figura tornó en monumental, espectacularizada y dramática. Humanísimo: cada una de sus sonrisas se aproximó mucho o algo a las sonrisas de los anónimos que lo reverenciaron en La Paternal, en La Boca, en los barrios con hambre, en los hogares con comida, en Nápoles o en cualquier recoveco de un planeta que aprendió a deletrear su nombre; cada uno de sus abismos y de sus tropezones, humanísimamente fieros, fueron parientes de los agujeros cotidianos y sin fama que habitan el alma de quienes lo divinizaron. Un dios edificado desde el fútbol, que es esa aventura que les evoca a las sociedades que la vida es vida y no solo sobrevida porque rescata al juego, a la pasión, a la identidad y al sueño de que, pronto o tarde, en el territorio que surja, será posible gritar un golazo. Un dios nacido en la pobreza al que el sitio que el capitalismo le concede al fútbol quitó de la pobreza pero que no renegó del origen pobre ni de que, en cada gambeta y en cada lucha, jugaba para el universo y, en particular, por y para los de su clase.

Debe ser por eso, por todo eso, que la media gota de sudor de Diego en el gol de Valdano persiste ahí, hecha estampa, en la ceja. Y que para tantísimo pueblo esa media gota fluye hasta volverse lágrima, hasta volverse fiesta, hasta volverse eterna.

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