El tecnofascismo es mucho más que un grupo de megamillonarios organizados como falange de cruzados que ganan mucho dinero con alta tecnología y bajos salarios, disfrutan de una vida de reyezuelos con Iphone y propagan el supremacismo racial, de clase, sexual y nacional donde pueden.
Es, sobre todo, una cofradía con un proyecto de sociedad. Eso es lo importante. No se agrupan en un partido o movimiento como el primer marxismo, pero acuden a algunos de sus recursos. Uno de ellos es que elaboraron una concepción de la sociedad basada en una gama de diferencias, que va de lo racial a lo sexual, pasando por económico, espacial y de clase.
Pero se creen algo distinto a una clase superior. Con el paso del siglo XXI actúan como si pertenecieran a otra especie, algo biológico superior.
Este extravío horroroso no llegó por casualidad. Es el resultado de tres siglos de acumulación de clasismo, patriarcalismo y colonialismo racista, transmutados en ideología y sentimientos durante varias generaciones. El vientre fueron sus familias, barrios, colegios y grupos deportivos. Los espacios de su clase social.
Las biografías de la mayoría de ese grupo muestran la singularidad que tenían las antiguas castas nobles por herencia en los imperios orientales, pero también en las familias medievales europeas.
No hay diferencia con el ciudadano o la ciudadana griega, romana o persa, de piel blanca y propietario de tierras, esclavos y ganado, que hace dos mil años pensaba que sus esclavos y esclavas eran “animales parlantes”, aunque caminaran en dos piernas.
Una parte de la sociedad actual, luego de milenios de empatía grupal, revoluciones sociales y avances culturales, alcanzaron la humanización de los perros y los gatos, como los antiguos guerreros humanizaron a sus caballos. Hoy, a diferencia de los caballos, los perros y los gatos son miembros privilegiados de la familia, dignos de atenciones envidiables.
Una nueva organización
Los tecnofascistas no desarrollan cuerpos filosóficos completos como los pensadores de la Ilustración durante los siglos XVII y XVIII, ni basan sus estudios y proyectos sociales en una clase social, como hizo la generación de Marx, Engels y los primeros marxistas.
Pero sí desarrollan cosmogonías y concepciones sociales y económicas urbanas. Los principales representantes y figuras intelectuales del tecnofascismo promueven una nueva organización económico-social para la humanidad.
Pero es más que una sociología urbana. Ellos creen que la humanidad actual debe estructurarse sin derechos sociales, sindicales, culturales ni políticos, normalizada mediante relaciones de propiedad de semiesclavitud y vigilada. Esto último no se atreven aún a decirlo, pero lo intentan practicar allí donde pueden.
No es un acto casual que primero desarrollen una teoría, luego escriban un programa y lo publiquen como el “Manifiesto Palantir”. A este hay que agregar otros documentos fundacionales publicados desde 2010, basados en el libro La ilustración oscura, de Nick Land, quizás el jefe intelectual de ellos. ¿Es una casualidad que no haya una sola mujer entre ellos?
Son orientados por un grupito de expertos tecnológicos, economistas, antropólogos y algunos politólogos como Steve Bannon.
Después de ellos vienen los payasos presidenciales: Trump, Orban en Hungría, Meloni, Katz, Milei en la Argentina. En la fila esperan Corina Machado, el hijo de Bolsonaro y el evangélico sionista argentino Dante Gebel.
Federico y Rosa lo avisaron
Federico Engels fue el primero que advirtió, dos años antes de su muerte, que el dilema futuro humano sería entre socialismo y barbarie. La polaco-alemana Rosa Luxemburgo se encargó de difundir esa idea y convertirla en popular.
Están entre nosotros. Ya existen países convertidos en sociedades semibarbaras si las medimos por su consumo de energías, estándar de vida, tipo de empleo y formas de convivencia.
Una de ellas es Haití. Pero hay bolsones de Haití en muchos países, donde el neoliberalismo se instaló mucho tiempo, o en países devastados por guerras imperiales como Irak, Afganistán, Libia, Somalia, Ruanda, Burundi y otros. Ucrania es la siguiente.
O en zonas suburbanas de grandes ciudades metropolitanas como Buenos Aires, Bogotá, Ciudad de México, Caracas y San Pablo. Sus altas torres luminosas están rodeadas de miserables que comen desechos en las calles, viven bajo puentes y se trasladan con tracción animal o a pie, como hace dos o tres siglos.
Los tecnofascistas son más que la definición académica que los reduce al “uso de tecnologías, inteligencia artificial y algoritmos como herramientas de control social, corporativo o estatal, a menudo bajo la fachada de la innovación y el progreso”.
Esa es la parte instrumental de la cosa. Son mucho más y ahí está el peligro para el resto de la sociedad humana.
Ellos representan la actual versión viva de la distopía narrada por genios literarios como el ruso Yevgueni Zamiatin y los británicos Huxley y Orwell. Son la expresión fantástica de lo que el sistema imperialista del capital intenta desde la política y la economía desde los años 30.
La hipótesis de Wallerstein
Un brillante historiador norteamericano de una escuela no marxista llamado Immanuel Wallerstein fue el autor de la investigación que planteó la posibilidad teórica del tipo de sociedad que proyectan hoy los intelectuales del tecnofascismo.
En su obra El sistema mundo (1974) desarrolló las hipótesis del paso de la sociedad feudal a otra no capitalista sin necesidad de revolución, sino basada en formas esclavas nuevas.
Felizmente ese tránsito fue frustrado por el desarrollo industrial capitalista inglés y nórdico que reemplazó al sistema feudal. Y por la Revolución Francesa que completó la tarea expandiendo la propiedad burguesa y su tipo de Estado a medio planeta.
Pocos autores marxistas tomaron la idea de Wallerstein para vislumbrar el futuro en caso de que no triunfara una revolución socialista mundial que superase al sistema capitalista.
Uno de los que adoptó la idea de Wallerstein fue el argentino Nahuel Moreno, un olvidado político y pensador de los años 50. Aunque murió a mediados de los 80, registró su opinión en el libro biográfico Conversaciones con Nahuel Moreno (Pluma, 1984, Buenos Aires). Allí reconoce el valor teórico del aporte de Wallerstein y lo aplica al futuro en caso de que fracase la revolución socialista.
Antes de Moreno, el reputado historiador inglés Perry Anderson también lo trató desde la teórica de la transición en El Estado absolutista, un libro de los años 70.
Moreno sostiene que el sistema nazi y sus campos de exterminio fueron un serio intento de crear nuevas relaciones de producción basadas en el trabajo semiesclavo o directamente esclavo. “El fenómeno de Hitler no ha sido estudiado a fondo por los marxistas. En el racismo hitleriano tenemos el embrión de una nueva sociedad esclavista, con los campos de exterminio y de trabajo.”
Aludiendo a la teoría de Wallerstein, el historiador de las religiones Ahdan Ahmed Husaine, de la Universidad de Queens, sostiene que no hay nada casual en la visita de Cristóbal Colón a nuestras tierras con mandato del absolutismo español: Colón “se había formado entre los franciscanos espirituales joaquinistas genoveses (…), una corriente de los siglos XII y XIII que se basaba en una visión apocalíptica y el modelo de conquista presentado a Fernando VI fue el de los cruzados”
Estamos ante otra cosa
Los amiguitos de Trump piensan que los valores de la Ilustración enciclopedista, los derechos humanos, sociales y sindicales, la democracia, la soberanía nacional, etcétera, son aberraciones. Habrá que retener sus nombres para comprender y combatir este proyecto milenarista: Curtis Yarvin, Peter Thiel, Marc Andreessen, Elon Musk y Alex Karp, entre otros.
Claudio Álvarez Terán, un youtuber y profesor de Lomas de Zamora, los diseccionó y definió con astucia como los “Reyes filósofos”. Voluptuosamente ricos como los monarcas del medioevo, pensadores que se adelantan a su clase.
Milei les expresó su lealtad intelectual el día que atacó a Eva Perón cuando dijo que “es una aberración creer que donde hay una necesidad nace un derecho”.
Son intelectuales emergentes, como lo fueron Voltaire, Diderot, D’Alembert, Monstesquieu, Rousseau, Buffon, Quesnay, pero invertidos ideológica y moralmente.
Hay una diferencia: los actuales profetas del poscapitalismo cuentan con los recursos financieros que ningún grupo similar tuvo jamás en los últimos tiempos. Habría que viajar hasta las antiguas cruzadas financiadas por reyes, papas y otros civilizadores bíblicos para encontrar algo semejante.
Reacción preventiva
Estos profetas del apocalipsis transhumano son la respuesta en otro plano más intelectual al susto del imperialismo tras la derrota en Vietnam en 1975. No olvidemos que la derrota y la victoria conforman la unidad del mecanismo de verificación de la ley general de Marx sobre la lucha de clases.
Después de Vietnam vinieron las rebeliones del Mayo Francés, la de los incontrolables sindicatos comunistas y autonomistas italianos, la de la negritud y las mujeres en los Estados Unidos, de la juventud en México, Alemania, Bruselas, Japón, Venezuela y la Argentina.
O la del gobierno socialista en Chile, del nacionalismo militar peruano, la consolidación del Estado socialista en Cuba, todo representado por la elevación a mito del Che Guevara.
Los tecnofascistas necesitan borrar esas imágenes de la memoria de las actuales y próximas generaciones. Por eso rechazan como si fuera la peste toda la cultura social izquierdista y progresista envuelta en la palabreja insustancial woke.
También aspiran a aprovechar una ventaja compuesta por dos derrotas de los oprimidos: la extinción del súper Estado llamado Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, fundado por un tal Lenin en nombre de Marx, el intelectual que resumió lo mejor de la Ilustración, y en segundo término, por la ausencia actual de una alternativa transformadora con fuerza de masas, como existió en los años 20 y 30.
La última alternativa en nuestro continente fue el chavismo y murió víctima de sus flaquezas, o sea, de muerte familiar.
Los tecnofascistas tienen un problema. Este proyecto reaccionario depende del resultado en las guerras actuales en Ucrania y en Irán. Sobre todo la segunda, donde no está la mediación deformadora de la sombra bolchevique de la URSS.
Si como sugiere la Cumbre de Pekín, el imperio norteamericano resulta derrotado y agotado en el estrecho de Ormuz, los amiguitos tecnofascistas tendrán que convertir sus entusiastas escritos en rollitos muy pequeños capaces de ingresar a través de sus tabernáculos naturales.

