Icono del sitio Caras y Caretas

“Irán no es lo que se cuenta”

Viajero por geografías infrecuentes o directamente prohibitivas para el turismo convencional, Fernando Duclos instaló su usuario de redes sociales, Periodistán, casi como una marca registrada. Sus experiencias y consideraciones llegaron al libro en sendas oportunidades y en Un argentino en la Ruta de la Seda transmite su visión de ese periplo, que tuvo a Irán como escala obligada y a su sociedad como una revelación compleja y fascinante. En principio, y para ir despejando prejuicios sobre un país con fama de cierto hermetismo, a Duclos se la hicieron fácil: le bastó cumplimentar un formulario en la embajada para recibir un visado y viajar a destino, sin más exigencias previas.

–¿Qué expectativas o idea previa tenías de Irán y con qué te encontraste y te fuiste encontrando en el periplo?

–Eran muy altas, porque me gusta la historia y estaba yendo al Imperio persa. Persépolis, la inscripción de Behistún, los caravanserais de la Ruta de la Seda, las llanuras que recorrieron Ciro y Darío, una civilización milenaria, y esas expectativas se cumplieron. Por otro lado, y por haber viajado antes por Medio Oriente, sabía que Irán no es lo que se cuenta, esa caricaturización de un país poblado por terroristas y donde hay que andar con chaleco antibalas. Además, viajando hacia el este, porque yo había arrancado en España, me iba cruzando con viajeros que venían haciendo el periplo a la inversa y el comentario general era “la mejor gente que conocí en mi vida”.

–Pero…

–De cualquier manera, como estamos siendo permanentemente bombardeados mediáticamente y es imposible permanecer del todo ajeno, algo de nerviosismo se mantiene. Pero resultó que todo lo que me habían transmitido respecto de la hospitalidad y la amabilidad de su gente se correspondía con el desarrollo del país, que cuenta con ocho ciudades con subte, cuando en Argentina solo tenemos una, rutas y sistemas ferroviarios excelentes para viajar. Uno se empieza a acostumbrar a las pequeñas ayudas, hasta que decidí contar las atenciones, que iban desde pagarme un boleto de colectivo, ofrecerme caramelos en la calle, hasta invitarme a comer a su casa. Contabilicé hasta 50 gestos de ese tipo. Nunca la pasé tan bien en la vida como esos tres meses que estuve en Irán.

–¿Cómo conviven la milenaria tradición persa con la religiosidad islámica impuesta como política de Estado?

–Es una convivencia compleja y, a la vez, fascinante, como todo en Irán. Uno se encuentra con una sociedad y con un país donde los problemas se ven en la superficie, que se enorgullece de su legado. Se habla de los poetas persas con devoción. Ya no hablamos de un país, sino de una civilización. Se alude a la cultura persa con admiración, pero, a la vez, es un país muy religioso, la población es muy religiosa, una religiosidad que baja desde el gobierno mismo. Aunque, por ejemplo, todos los 21 de diciembre se celebra la Noche de Yalda, que es preislámica: las familias se reúnen a leer poesía de Hafez, un poeta persa, y comer granadas. Hay conflicto, pero hay integración: no reniegan de su pasado, como también asumen su religión. Sí, se critica al gobierno o cómo se implementa la religión, pero la gran mayoría es musulmana, e incluso la oposición al gobierno. Después, hay minorías cristianas, judías, zoroástricas o religiones ligadas al Kurdistán.

–“Un argentino en Irán” puede ser el título de una crónica, una canción o una comedia de enredos. ¿Cómo viviste la argentinidad al palo en ese contexto tan ajeno?

–Yo lo viví como una película, en la cual me sentía cobijado y estaba muy abierto a todo, y todo me salía bien. Podría ser una comedia, porque me ocurrían situaciones muy graciosas y otras muy gratas. Obviamente, tenía y tengo ciertos privilegios por ser varón; lo mismo pasa en París o en cualquier otro lugar. Pero también me crucé con muchas mujeres viajando solas, compartiendo con los locales. En la guía Lonely Planet, el número dedicado a Irán abre con “Bienvenidos al país más hospitalario del mundo”.

–En esa línea, ¿cómo se siente el fútbol?

–Con pasión, con mucha pasión. De hecho, fui a ver un partido de eliminatorias para el Mundial 2022, que terminó Irán 14-Camboya 0. Fue el primero en que dejaron ingresar mujeres a un estadio. Había muchas mujeres y estaban contentas. Como allá los días de descanso son viernes y sábado, es común que se reúna mucha gente a ver los partidos locales en los cafés.

PARTE DE LA RELIGIÓN

“Quiero enfatizar en un punto, porque la separación tajante entre hombres y mujeres es uno de los tantos imaginarios que se tienen en el mundo occidental y está muy lejos de ser real –subraya Duclos–. De hecho, de todos los países islámicos que visité, en Irán no hay ningún problema si un viajero va por la calle y se muestra desorientado, que una mujer se acerque a preguntarle por su destino y terminen tomando un café o durmiendo en la casa de su familia. En todo caso, la separación es mucho menor que la que se ve en otros países. Incluso, en el este de Turquía, donde hay zonas muy conservadoras. O en Afganistán, donde no vi mujeres y existen dos países, uno para cada género”, pone de manifiesto en la comparación.

En ese sentido, precisa: “En Irán, el 60% de las universidades están pobladas por mujeres y el porcentaje se incrementa en las ciencias duras. Hay un montón de mujeres manejando. Hay familias más religiosas que otras, pero es la sociedad más abierta de la región. No hay separación regulada por el Estado. Hay reglas desiguales, sí. Pero ni comparación con países de la región, donde no se pone tanto foco en los derechos humanos y se llevan muy bien con los Estados Unidos, porque les venden petróleo, básicamente”, ironiza.

–Llegamos a la parte de las anécdotas…

–Viajaba con una acompañante por el Baluchistán, en la frontera con Pakistán, una región poco frecuentada incluso por los propios iraníes. Hacíamos dedo y las cosas nunca salen como uno quiere: esa vez el dedo salió mal y terminamos llegando tarde a una ciudad muy chiquita. No había hoteles y me empecé a preocupar. Mi acompañante me dijo que en Irán lo primero que hay que hacer en caso de problemas es entrar a un café y tomar un pocillo, y todo se va a solucionar, y fue así. Cuando vieron ingresar a una pareja de turistas, se empezaron a pelear para ver quién nos ayudaba. Nos terminamos alojando en casa de una familia, que nos llevó a pasear tres días en auto por la región, y todo comenzó a partir de no tener nada.

–Finalmente, ¿en qué cambió tu perspectiva de Irán después del viaje?

–Basta pasar un día en Irán para derribar todos los prejuicios que los medios occidentales se encargaron de construir.

Salir de la versión móvil