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El Imperio Persa Aqueménida

Hacia el siglo VI a.C., en un lapso de unos cincuenta años que transcurren entre los reinados de Ciro II y Darío I, la macrorregión que convencionalmente llamamos Cercano Oriente Antiguo conoció un proceso de unificación política en una escala sin precedentes: desde Tracia hasta Nubia y desde Libia hasta el valle del Indo, un inmenso territorio quedó articulado bajo los monarcas persas. ¿Cómo sucedió semejante proceso? ¿Qué características tuvo la estructura sociopolítica resultante? ¿Cuándo y cómo terminó esa experiencia? Veamos estas cuestiones, que son fundamentales para comprender la índole del imperio persa aqueménida.

Los primeros indicios de un conglomerado etnolingüístico indoeuropeo en la región de Anshan, la futura Parsa (actual Fars, en la región sudoccidental de Irán), se remontan a anales asirios del siglo IX a.C. Esa presencia inicial corresponde a un movimiento de expansión, procedente de la estepa euroasiática, de hablantes de lenguas indoeuropeas hacia toda la meseta iraní entre 1300 y 900 a.C., lo que determinó el establecimiento de diversos grupos étnicos iranios (persas, medos, hircanos, partos, bactrios, sogdianos, etcétera). Todos esos grupos parecen, en principio, haber constituido sociedades agropastorales y haber mantenido sus autonomías, liderados por jefes tribales militares de alcance local o regional, con un fuerte predominio de los nexos de parentesco como eje de la estructuración social. Los textos más antiguos de la religión mazdeísta, reunidos en el Avesta, permiten inferir la existencia de una concepción tripartita de la sociedad propia del pensamiento indoeuropeo, que incluye los estamentos de los sacerdotes (orientados hacia la religión impulsada por Zoroastro, centrada en el dios único Ahura Mazda, principio del bien al que se opone un espíritu del mal), de los guerreros (élites militares, conductores de carros) y de los productores (agricultores y pastores).

ORÍGENES Y EXPANSIÓN

En este marco, hacia mediados del siglo VII a.C., los medos fueron los primeros en iniciar una política expansiva que inicialmente unificó a esos grupos iranios bajo un dispositivo estatal y luego chocó –y venció, en coalición con los babilonios– al Imperio asirio. Los acontecimientos políticos de esa época tuvieron una doble influencia sobre la población específicamente persa. Por un lado, la destrucción asiria de Susa, capital del reino de Elam, hacia el 647 a.C., generó un vacío de poder en la región de Anshan, tradicionalmente bajo control elamita. Por otro, la crisis final del Imperio asirio, acontecida unas décadas después entre 614 y 610 a.C., implicó el cese de su influencia política en toda la región. Ese contexto cambiante facilitó la mayor autonomía persa y, eventualmente, la posibilidad de desafiar el control más bien laxo establecido por los medos.

La expansión política de los gobernantes persas aqueménidas (por Aquemenes, tenido por fundador del linaje dinástico) fue sorprendentemente rápida. Primeramente, Ciro II se enfrentó al rey medo Astiages, al que venció militarmente hacia 550 a.C., obteniendo así la prevalencia sobre toda la meseta irania y hasta Anatolia oriental, e iniciando el dominio general de la dinastía aqueménida. Posteriormente, nuevas campañas militares le permitieron subordinar Lidia y los bordes orientales hasta las cercanías del valle del Indo. Finalmente, en 539 a.C., aprovechando un conflicto entre el rey Nabunaid y el sacerdocio de Marduk, Ciro tomó Babilonia y, con ella, toda la Mesopotamia y el corredor siropalestino. Su sucesor, Cambises, conquistó Egipto y, luego de una breve crisis política, Darío I, quien se reivindicaba integrante de una rama colateral de la familia aqueménida, asumió el poder y extendió el dominio político persa aún más, incluyendo Libia, Nubia, Tracia, las islas del mar Egeo, Escitia y partes del valle del Indo, y alcanzó el control sobre un territorio de casi seis millones de km².

Lo vertiginoso de semejante expansión obedece a una combinación de razones, entre las que seguramente hay que incluir la capacidad militar de los persas pero también, a diferencia de los medos, su experiencia estatal derivada del contacto previo con el reino elamita y la habilidad estratégica, especialmente en tiempos de Ciro, para la articulación política con los monarcas vencidos y sus élites.

La estructuración de un poder político capaz de sostenerse por casi dos siglos en ese espacio tan vasto supuso la creación de un nuevo sistema administrativo que combinó cierta dosis de control imperial y autonomía regional. En tiempos de Darío I, el imperio quedó organizado en veinte satrapías (provincias) de desiguales proporciones que eran reflejo de las entidades políticas preexistentes (por ejemplo, Egipto o Asiria y Babilonia constituían enormes gobernaciones únicas, mientras que en la meseta irania existían ocho). Las satrapías eran lideradas por gobernadores o sátrapas procedentes de la élite real persa o de las élites locales leales, quienes eran secundados por un secretario de finanzas y un mando militar designados por el rey persa. El esquema se completaba con funcionarios itinerantes (los “ojos y oídos del rey”) que viajaban en calidad de inspectores entre las capitales persas y las satrapías para informar al rey de los asuntos locales y transmitir a los sátrapas las órdenes de aquel, empleando los caminos reales y un sistema de postas diseñados para cumplir más eficazmente esa tarea. Cada satrapía (excepto la de Persia propiamente dicha) estaba obligada a entregar un tributo anual al Estado imperial, que se pagaba en plata y se cuantificaba en relación con la capacidad productiva local. Algunas satrapías tributaban también en especie (animales, grano, minerales, esclavos) y, en tiempos de guerra, podían ser exigidos suministros militares adicionales.

ADMINISTRACIÓN Y CRISIS

Por debajo del dispositivo de control imperial, las satrapías gozaron de una considerable autonomía. Los persas no impusieron un sistema legal unificado, de modo que cada provincia se regía por su propio sistema de justicia. Tampoco se impuso en ellas la religión oficial u otras pautas culturales de la élite imperial: más allá de la adhesión de los reyes persas a la religión mazdeísta, las religiones dominantes en cada región fueron generalmente respetadas. En cuanto a la lengua, si bien el persa era empleado por la élite imperial, el arameo se constituyó en lengua franca y los idiomas de cada región se mantuvieron en el uso interno de las provincias.

Si bien en el corto plazo esta política de respeto por las autonomías locales incidió en la rápida consolidación del nuevo orden aqueménida, en el largo plazo perjudicó su estabilidad, en la medida en que no contribuyó a la formación de una identidad imperial global más allá de la élite propiamente persa, lo que implicó que las lealtades de los gobernantes y élites regionales a las autoridades imperiales fueran débiles y proclives a cambiar de bando y a priorizar los intereses locales.

A esta fragilidad hay que añadir la de la propia élite persa, particularmente expuesta en los momentos de sucesión monárquica, que originaron cuatro crisis dinásticas en menos de dos siglos, desatadas en el seno de la familia real y su entorno. De hecho, el imperio apenas estaba saliendo de la última de ellas cuando se produjo la campaña de Alejandro Magno, entre 334 y 330 a.C. La eficacia de la maquinaria hoplita en combate, combinada con esta fragilidad política de la élite imperial y de su relación con las élites regionales, fue clave para la rápida derrota persa y el final de la primera experiencia de unificación macrorregional en el Cercano Oriente Antiguo.

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