Irán atravesó en el siglo XX una transformación decisiva: pasó de una monarquía debilitada y semiimperial a una república islámica nacida de una revolución masiva. Llegó al siglo XXI como una potencia regional marcada por el autoritarismo interno, la disputa con Occidente y una sociedad en tensión permanente. En ese recorrido se mezclan petróleo, nacionalismo, Guerra Fría, religión, modernización forzada y conflicto geopolítico.
A comienzos del siglo XX, Persia vivió la Revolución Constitucional de 1906, que buscó limitar el poder del monarca y crear instituciones representativas. Fue un intento temprano de modernización política, pero quedó debilitado por las presiones internas y la intervención de potencias extranjeras. En 1921, Reza Khan tomó el poder mediante un golpe de Estado y en 1925 inauguró la dinastía Pahlaví, con un proyecto de centralización estatal, secularización y modernización acelerada. Ese proceso fortaleció al Estado, pero consolidó un estilo autoritario de gobierno.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la posición estratégica y los vínculos del sha con el Eje llevaron a la ocupación anglosoviética de Irán en 1941 y a la abdicación de Reza Shah en favor de su hijo, Mohammad Reza Pahlaví. En esa etapa, el petróleo se volvió el centro de la política nacional. La riqueza petrolera no significó soberanía plena: profundizó la disputa con el Reino Unido por el control de los recursos. El problema del petróleo fue también un problema de dignidad nacional.
Mohammad Mosaddegh encarnó el nacionalismo iraní de posguerra. Como primer ministro, nacionalizó el petróleo en 1951 y desafió el control británico. Su gobierno terminó en el golpe de 1953, organizado por servicios británicos y estadounidenses, que restauró la autoridad del sha y dejó una herida profunda en la memoria política iraní. Desde entonces, el antiimperialismo se volvió una clave del discurso político iraní.
Entre 1953 y 1979, Mohammad Reza Pahlaví consolidó una monarquía apoyada por Occidente, con modernización económica, expansión educativa y ambiciosas reformas sociales. Pero ese crecimiento convivió con represión política, corrupción, desigualdad y una occidentalización vista por muchos como ajena. La policía secreta, el control de la oposición y la distancia entre Estado y sociedad alimentaron un descontento amplio.
La Revolución iraní de 1978-1979 fue una revuelta masiva que derribó a la monarquía y dio origen a la República Islámica. Participaron sectores diversos: clérigos, estudiantes, liberales, izquierdistas y clases populares, unidos por el rechazo al sha. Ruhollah Jomeini regresó del exilio y se convirtió en la figura dominante del nuevo orden. El resultado no fue una democracia plural, sino un sistema teocrático con fuerte control político. La nueva república reorganizó el poder alrededor del líder supremo, las instituciones religiosas y los cuerpos de seguridad.
Poco después, la invasión iraquí de 1980 desencadenó la guerra Irán-Irak, un conflicto devastador que duró hasta 1988. Dejó enormes pérdidas humanas y reforzó la lógica de militarización, sacrificio y disciplina interna. También consolidó al régimen: la defensa nacional se fusionó con la legitimidad revolucionaria.
La muerte de Jomeini en 1989 abrió una nueva etapa bajo el liderazgo de Alí Jamenei. Con Akbar Hashemi Rafsanjani primero, y luego otros presidentes, el país intentó reconstruirse, atraer inversión y manejar las secuelas de la guerra. Pero el poder real siguió concentrado en el líder supremo y en instituciones no electivas. La política iraní combinó elecciones, competencia limitada y control rígido.
En el siglo XXI, Irán siguió enfrentando sanciones, disputas nucleares y tensiones con Estados Unidos. El acuerdo nuclear de 2015, el JCPOA, buscó limitar el programa nuclear iraní a cambio de alivio de sanciones. Al mismo tiempo, la política interna se volvió más conflictiva. Las protestas de 2009 tras las elecciones presidenciales mostraron un gran malestar urbano y reformista, reprimido por el aparato estatal. Más tarde, las protestas de 2022 tras la muerte de Mahsa Amini se transformaron en el mayor desafío social al régimen en décadas.
El siglo XXI iraní está marcado por una paradoja: un Estado fuerte en seguridad y proyección regional, pero presionado por una sociedad joven, urbanizada y cada vez más crítica. Las tensiones entre religión y vida cotidiana, soberanía y sanciones, reforma y represión siguen sin resolverse. Por eso, la historia reciente de Irán no es solo la de un país en conflicto externo, sino la de una sociedad que sigue discutiendo qué tipo de modernidad quiere construir.

