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Matilde y Elvirita

Cuando Matilde Marta Kusminsky Richter tenía 17 años, conoció a Ernesto Sabato. Ambos eran dos personas muy distintas a las que fueron 65 años después, cuando la muerte encontró a Matilde a la edad de 82 años. En seis décadas y media pasaron muchas cosas. Por esa época, Sabato estudiaba Física en La Plata y militaba en el Partido Comunista. Una noche de 1933, el escritor asistió a una reunión que hicieron con amigos y colegas, en la que terminó dando un discurso sobre marxismo. En el fragor del habla, advirtió una mirada atenta: “Una jovencita me escuchó con sus grandes ojos fijos, como si yo –pobre de mí– fuese una especie de divinidad”, escribió en Antes del fin.

Aquella jovencita era Matilde, que pertenecía a una familia judío-ortodoxa, con la que tuvo que romper luego de elegir la vida junto a Sabato, ya que los suyos no aceptaron ese destino. La pareja se casó por civil en 1936. Ernesto definió aquel encuentro como “caso de amor a primera vista entre dos jóvenes estudiantes”. Matilde, por su parte, matizó la situación en la biografía que escribió Julia Constenla, Sabato, el hombre: “Fue todo bastante complejo. ¡Hubo tantas cosas juntas! Era un momento de cambios cruciales en mi vida, un momento en el que se mezclaban el amor que despertaba en mí un ser tan personal, de una inteligencia que me había encandilado, que me conmovía por su apasionada sensibilidad y las ansias de remediar males ancestrales”.

Al poco tiempo, se casaron y tuvieron a su primer hijo, Jorge, que nació en París mientras Ernesto trabajaba en una beca de investigación en el Laboratorio Curie. Al estallar la segunda guerra mundial, la familia volvió a la Argentina. Entre varias idas y venidas, finalmente se instalaron en 1945 en aquel mítico hogar en Santos Lugares, donde también le dieron la bienvenida a su segundo hijo: Mario. Allí comenzaría una etapa diferente en la vida de Ernesto, en la que comenzaría a escribir con mayor asiduidad.

“Ella ha jugado un papel decisivo en la vida de Ernesto, no solo desde el punto de vista afectivo, sino también literario –cuenta el libro Sabato, el hombre–. Gracias a ella se salvaron de la manía pirotécnica de Sabato los libros que conocemos; otros, como La fuente muda, no podremos leerlos nunca porque los consumió el fuego. Junto a ella están los hijos y los nietos, la familia completa. Lo cual enriquece la figura del escritor mostrándolo más accesible, diría más humano de lo que a veces se vislumbra en sus escritos y en sus cada vez más raras apariciones públicas”.

Matilde también escribía, especialmente poemas. Incluso, una de sus creaciones se encuentra en Antes del fin, libro que publicó Sabato en 1998 con sus memorias, luego de la muerte de su esposa: “Como un exiliado camino por las callejuelas de la ciudad más antigua, la primera en nacer. Mi alma va delante de mí, vacilante y ansiosa. ¿Qué la perturba? ¿Su abandono o su búsqueda de una nueva morada? Allí estoy, sonámbula, huérfana y vencida. Añoro la playa y las altas colinas y aquella barca azul que cerca de la costa está esperándome”.

El 21 de diciembre de 1989, cuando Sabato tenía cerca de 80 años, decidió casarse por iglesia con Matilde. La ceremonia ocurrió en el jardín de su casa en Santos Lugares: se trató de una ceremonia íntima, a la que asistieron sus hijos, sus nietos y unos pocos amigos; oficiaron la ceremonia los monseñores Justo Laguna y Jorge Casaretto. En la velada sonó Wagner, una elección hecha por Ernesto.

Los últimos años de su vida, Matilde padeció de arterioesclerosis, una enfermedad degenerativa. En sus memorias, Sabato escribió: “Pienso en los tiempos en que Matilde aún podía caminar, apoyada en su bastón, cuando Gladys la traía al estudio y la sentaba a mi lado, sostenida entre almohadones. Yo ponía algo de Schubert, de Corelli, o de algún otro músico que tanto bien le hacía en momentos de tristeza. Escuchábamos la música mientras ella se iba adormeciendo, poco a poco, hasta quedar dormida, con la cabeza inclinada hacia un costado. Yo la contemplaba con los ojos humedecidos. Al cabo de un tiempo se despertaba y preguntaba: ‘¿Por qué no nos vamos a casa?’, con voz imperceptible. ‘Sí –le decía entonces– en seguida nos iremos.’ Y con la ayuda de Gladys regresaba a su habitación”. Matilde falleció el 30 de septiembre de 1998.

SEGUNDO TIEMPO

Los últimos años de la vida de Matilde, una mujer más joven que lo ayudaba con su trabajo había entrado en su vida. Se trataba de Elvira González Fraga, quien sería su última compañera y la presidenta de la Fundación Sabato. “En estos años dolorosos y finales de mi vida, muy a menudo recaigo en sombrías tristezas. Elvirita de mil maneras me ha rescatado, muchas veces leyéndome cuentos y poesías que me llevaron lejos”, dice en Cuentos que me apasionaron, libro publicado en 1999. El fragmento lo escribió Elvira, dictado por Sabato.

Elvirita, como le decía el escritor, comenzó a trabajar con él a sus 35 años de edad. Editaba, organizaba y escribía, pero con los años su rol se convirtió más íntimo. Fue quien le comunicó que su hijo había fallecido y estuvo a su lado cuando murió su compañera. Sabato admitió que le pidió casamiento y que ella se negó: “Es Elvira quien desde hace años no ha aceptado. Calla, como siempre, las veces que se lo he pedido”.

En Antes del fin, Sabato escribió: “Hoy quiero contar quién ha sido Elvira González Fraga en mi vida. Lo hago como símbolo de gratitud por todo lo que he recibido de ella. Durante más de dieciocho años, me ha ayudado en mis tareas con su gran talento y extrema sensibilidad. Siempre espero que finalmente acepte publicar lo que ha escrito. Con emoción, pienso en el amor que ha puesto, en el cuidado de las traducciones de mi obra, en las exposiciones de mis cuadros, en los seminarios y en los congresos, postergando por mí tantas posibilidades. También acompañó a Matilde, y fue ella quien ordenó sus poesías y sus escritos, y los llevó a aquella imprenta artesanal del sur. Desde que enfermó Matilde, ella ha sido para mí la persona en quien he volcado mi desazón y mi angustia. En este tiempo de dolor, sin el apoyo y la fe de Elvirita, me hubiera muerto”.

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