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Extraña pareja

La amistad de Ernesto Sabato y Jorge Luis Borges ocurrió a tajadas. Como la vida, razón por la cual se hace soportable, en palabras de Borges. Y la amistad, si pudiera llamarse así, entre estos dos íconos culturales de la Argentina, fue en tajadas, y tal vez por ello para ambos, soportable. Luego de diferencias políticas, incómodas opiniones mutuas, y de una distancia tan prudente como extendida, aquella relación se coronó con ese famoso encuentro de 1975, registrado bajo el nombre de Diálogos, en el que hablaron largamente y que obró a modo de reconciliación.

La relación comenzó, como no podía ser de otra forma, con diálogos literarios. Fue en la casa de Adolfo Bioy Casares, con quien compartían relaciones, al igual que con Victoria Ocampo y su hermana menor, Silvina, esposa de Bioy. Sabato, doce años menor que Borges, había publicado un escrito en la revista literaria Sur acerca de La invención de Morel, de Bioy. Arrancaba la década de 1940, antes de que Sabato publicara con éxito Uno y el Universo, y que Borges, que ya era largamente Borges, flotara en la nube mágica de Ficciones. No se sabe bien de qué hablaban, aunque los recuerdos de ambos trazan los retazos.

“Esas reuniones…”, recordaría Borges, “… podíamos estar toda la noche hablando sobre literatura o filosofía. Era un mundo diferente. Ahora me dicen que se habla mucho de política…”. Y Sabato diría que, más bien, “en aquellos encuentros hablábamos de nuestra pasión, la literatura, y de la vida. Pero no porque no nos preocupara la política”.

Una anécdota mal atribuida a Borges afirma que Sabato le llevó su manuscrito de El túnel para recibir una opinión, pero lo que recibió fue un manojo de correcciones hechas en lápiz rojo que producirían un profundo disgusto. Se fundamenta mucho la ruptura en este episodio. Sin embargo, el autor de esas correcciones no habría sido Borges, sino Bioy Casares, tal como él mismo lo recuerda en Descanso de caminantes (2001), una colección de sus diarios íntimos. Bioy habría creído que ese texto era una traducción y no habría dudado en ser un corrector implacable, tal como era su oficio. Más allá de eso, Borges no ahorró críticas a Sabato, tratándolo de un autor de menor valía. “Sabato también desaparecerá, sin dejar rastro, después de la muerte. Es curioso el caso de Sabato: ha escrito poco, pero ese poco es tan vulgar que nos abruma como una obra copiosa”, le había dicho a su amigo Bioy.

Sabato tampoco ahorraba críticas. Consideraba que Borges exageraba su uso del lenguaje. “Si habremos discutido”, recordaría en una entrevista. “Yo era un muchacho y le cantaba las cuarenta… y me tenía terror. Tenía una relación excelente con él, entonces, de pronto se dejaba llevar por su dominio de la lengua, porque eso sí, fue un innovador de la lengua castellana, pero se puede decir una vez ‘la infame fama’, pero no se puede estar diciendo a cada rato, es casi un juego de palabras. Un escritor en serio no hace juegos de palabras. Tenía esa cosa, se dejaba llevar por su pasión verbal”. Bioy recordaría que Sabato molestaba a Borges con un personaje inventado, un tal profesor Margotius (o similar) al que apelaba para burlarse de habituales oxímoron del autor de El Aleph. En contrapartida, en el registro de Bioy, Borges afirma que “su conversación es demasiado anecdótica, se parece demasiado poco al pensamiento”.

La relación, sin embargo, no se truncó por aquellos desentendimientos, sino por razones políticas. Borges y Sabato representaban muy bien al antiperonismo, que se expresa en ambos extremos del arco ideológico. “Borges ha sido enemigo del peronismo, pero por motivos diversos a los míos. Borges y su madre, que era una mujer de gran talento, eran enemigos del peronismo porque creían que el peronismo era una forma del comunismo. Yo era enemigo del peronismo porque nunca me gustaron los gobiernos absolutistas y tiránicos. En cambio, aplaudí y me pareció positivo la justicia social. Y creo que Borges no aplaude esa clase de cosas”, señalaría Sabato.

20 AÑOS NO ES NADA

Pasaron casi 20 años de no dirigirse la palabra. Pero la amistad no necesita frecuentación, según Borges. Se presenta en retazos, como la vida.

Borges: –La vida es soportable porque ocurre en tajadas. Uno se levanta, se afeita, desayuna. Va haciendo las cosas lentamente. Por eso la vida es menos espantosa… Sabato: –Claro. Imagínese un hombre que se pasara toda la vida afeitándose. O diciendo “Buenos días”.

Así comenzarían los diálogos del reencuentro. Tras años de silencio, se cruzaron por casualidad en una firma de libros en una librería céntrica a finales de 1974. Se saludaron, hablaron, hasta se dieron un abrazo. Un periodista de la revista Gente, Alfredo Serra, atestiguó el evento y los invitó a reunirse. Otro periodista más joven, Orlando Barone, insistió en que esa reunión debía continuarse y se ofreció a registrarla. Los autores aceptaron y así fue plasmado ese largo intercambio que se publicó bajo el título Diálogos Borges-Sabato (1976). Fueron encuentros en Parque Lezama, en bares y en la casa de una amiga en común, Renée Noetinger. Se habló de literatura, filosofía, historia y costumbres. Incluso de aquellos años, aunque con la tranquilidad de la vejez y el ánimo evidente de dar un cierre a aquellas disputas.

La última vez que se los vio juntos fue en una cuestionada foto junto al dictador Jorge Rafael Videla, apenas encaramado en el poder, en mayo de 1976. Tras ese episodio que despertó furiosas críticas, ambos se despegaron categóricamente. Fue su última gran coincidencia. Borges explicó que desconocía lo que pasaba, firmó una solicitada por los desaparecidos y se abrazó con las Madres. Sabato eligió no dar una explicación directa. En su lugar participó de la Conadep y escribió el famoso prólogo del Nunca Más.

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