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Ese nombre

Ilustración: Ricardo Ajler

La primera vez que escuché hablar sobre el Che tenía 12 años. Corrían los años 60 y acababa de producirse la toma del poder en Cuba por parte de esos “barbudos lindos como dioses del Olimpo”, decía, no sin arrobamiento, mi tía más joven, en esa familia de mujeres donde la mayoría estaba tan lejos de la política pero tan cerca de las grandes tiendas como Gath & Chaves y Casa Tía.

La segunda vez que lo escuché fue de la boca de mi padre, un obrero cuya identidad política, aunque no militante, era el peronismo. “Y parece, che, que es de una familia con dos apellidos: Ernesto Guevara Lynch”, señaló como remarcando la contradicción que suponía que un “garca” (apócope de oligarca) estuviera haciendo la revolución contra su propia clase social en un país que no era el suyo pero sería el suyo.

La tercera vez ocurrió en una cena familiar pero el protagonista fue mi tío, un oficial de policía de carrera, peronista fanático y enamorado de la Revolución Cubana que se había sacudido “el yugo del dictador Batista”. Secretamente, mi tío admiraba a los comunistas y se molestaba mucho por mi concurrencia a la Acción Católica, aunque sabía que allí yo había comenzado a hacer preguntas incómodas sobre Dios y su poder de redención de los pobres del mundo. “¿Dónde estará ahora el Che?”, me preguntó por lo bajo un día, cuando Guevara había desaparecido de los actos públicos en La Habana y la prensa mundial cada tanto lo veía organizando revoluciones en África, o en Asia, en un lugar recóndito y secreto de Latinoamérica. Y, cada tanto, lo repetía como una pregunta que no tenía respuesta, pero la tendría.

La cuarta vez ocurrió en el verano del 66, en el tren Estrella del Sur, que tomaban los mochileros y los estudiantes rumbo a Bariloche en los viajes de egresados. Y ahí iba yo egresada, con mis compañeras de secundario, muy ecléctica en mis lecturas, interesada en la filosofía de Soren Kierkegaard, de Jean-Paul Sartre, en la poesía de Jorge Luis Borges, devorándome la caliente Lolita de Vladimir Nabokov, la herética Dar la cara, de David Viñas, identificándome con Alejandra Vidal Olmos, de Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sabato, o con Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir. Para entonces, había decidido no creer en dioses de yeso. Estaba dispuesta a entrar en el corazón agitado de la década: me gustaban el rock, el folklore y ese muchacho de Filosofía y Letras que leía, a mi lado, en el asiento de madera de ese viaje imposible de casi cuarenta horas, El son entero, de Nicolás Guillén. Pasamos muchas horas leyendo esa poesía sobre “el lagarto verde con ojos de fría plata”; con besos clandestinos y promesas de futuros encuentros.

Y ya quise saber todo sobre Cuba, sobre esa revolución liderada por un argentino, el Che, que no se sabía dónde estaba (años después supimos que estaba preparando su llegada a Bolivia) pero que para mi fantasía tenía el don de ubicuidad de dios, es decir, podía estar en cualquier lado, o mejor, en todas partes. Para entonces, en el verano caliente del 66 en la Argentina gobernaba Arturo Illia y yo ingresaba en la Universidad de Buenos Aires marcada por el existencialismo y aún lejos de la teoría de la revolución socialista. Pero todo ese torrente acumulado y ecléctico de lecturas y enigmas estalló en mi cabeza, o tal vez en mi alma, en la noche del 28 de julio de 1966, cuando me vi arrastrada a defender la autonomía universitaria en medio de bastonazos y gases lacrimógenos de la violenta guardia de infantería del golpista general Juan Carlos Onganía, en medio de la quema del centro de estudiantes de mi facultad y la destrucción del local de Eudeba, que nos proporcionaba libros valiosos y baratos.

UNA REVELACIÓN DE LA HISTORIA

Esa noche todo se resignificó, incluso las preguntas sobre el Che. Entendí la clandestinidad forzosa de ese nombre; el miedo de los dueños del poder a ese nombre; la asociación de ese nombre a la subversión del orden de las cosas que indicaba que prohibir era el verbo por excelencia para garantizar una paz de catacumbas. Entendí el secreto como arma de defensa; la resistencia como una forma de restauración del orden de la libertad. El 67 fue un año oscuro, de heraldos negros. Gritar “Viva el Che” era un acto de rebelión insoportable para el régimen. Era el nombre propio de la revolución social. Lo mentábamos para “el otro” distinto; el otro libre; el otro imposible de domar o someter.

¿Dónde está el Che?, nos preguntábamos en voz baja en las reuniones secretas. El 9 de octubre de 1967 finalmente supimos. Estábamos en el comedor universitario cuando nos enteramos de que lo habían asesinado en La Higuera, en Bolivia. Una compañera se trepó a una mesa y lo gritó: “Mataron al Che, viva el Che”. En pocos minutos el lugar se llenó de guardias de infantería, el clima se hizo irrespirable con gases lacrimógenos y el bar fue clausurado para siempre. Pero nada impidió entonces que el Che estuviera más vivo que nunca. Comenzaba el mito. Ya no nos preguntamos más dónde estaba el Che. A partir de ese momento lo supimos: teníamos ahora que contestar dónde estábamos nosotros y qué haríamos. Pero esta es, sin duda, otra historia.

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