Marcelo Allasino es un reconocido artista de la escena nacional nacido en la ciudad santafesina de Rafaela. A mediados de la década de 1980 comenzó su desarrollo como actor, director y dramaturgo, a la que, sin proponérselo, incorporó la gestión cultural. En 2026 está celebrando cuarenta años de una trayectoria que incluye más de cincuenta producciones dirigidas en distintas ciudades del país. En Rafaela fundó el grupo Punto T y el Taller de Teatro La Máscara, donde presentó gran parte de sus trabajos más destacados. Desde hace años su creatividad tiene un pie en su ciudad natal y otro en Buenos Aires.
Se hizo gestor por necesidad. “Siento que la falta ha sido siempre mi mayor impulso para desplegar una serie de acciones que tuvieron que ver con la gestión artística o cultural”, explicó Allasino a Caras y Caretas. A la par de su labor creativa, fue el primer director artístico del Festival de Teatro de Rafaela, secretario de Cultura de esa ciudad, director ejecutivo del Instituto Nacional del Teatro y presidente de Iberescena.
Para festejar estos cuarenta años repondrá en Rafaela dos de sus últimas puestas, mientras en Buenos Aires se están presentando tres trabajos, uno de su propia dramaturgia y dos de autores extranjeros. Durante abril se presenta 0615 de Pauline Peyrade, con un montaje centrado en celulares, conversaciones corales y erotismo a distancia, donde se cuenta la historia de una joven de clase media que aborta espontáneamente un embarazo ignorado y vive lo que ocurre en un vórtice creado gracias a un mecanismo de relojería de movimientos, voces, sonidos, luces y proyecciones.
–¿Qué significa estar cumpliendo cuarenta años de creación artística?
–¿Qué significa para mí cumplir cuarenta años haciendo teatro? En principio es una sorpresa, ¿cómo cuarenta años? Hay algo de madurez en la acumulación y el paso del tiempo que no deja de sorprenderme. Mi relación con el tiempo está llena de misterio, no termino de entender cómo funciona, y en el mismo momento en que estoy cumpliendo cuarenta años, siento como que fue ayer que empecé, que constituí mi grupo de laburo en Rafaela, que empezamos a crear espacios y fuimos de una sala a otra y que hicimos el festival. Hay algo de la percepción del tiempo que me genera mucho misterio, por eso siento un poco de sorpresa y confusión.
–¿Cómo estás festejando en los escenarios?
–El festejo por estos cuarenta años tiene su celebración escénica en dos ciudades, como mi propia vida. Estoy en un momento en el que afortunadamente pude mantener en repertorio varias producciones que fui estrenando en los últimos tiempos. No me había pasado nunca de tener tantas obras vivas conviviendo en un mismo momento. También eso tiene que ver un poco con la relación rara y misteriosa con el tiempo. Obras que estrené hace a lo mejor cuatro o cinco años, que siguen haciendo funciones, otras que estrené el año pasado y que retomamos ahora. Así que me encuentro con siete espectáculos que están conviviendo y que se presentan entre Buenos aires y Rafaela. En Rafaela estamos presentando La casa de Bernarda Alba, que estrenamos el año pasado y llevamos hechas veinte funciones en la sala de teatro de la Sociedad Italiana, y también vamos a reestrenar La tortuga. En Buenos Aires se acaban de terminar las funciones de No yo, una obra de Beckett que estrenamos el año pasado; en abril volvemos con 0615, un gran texto, y en junio reestreno Mis palabras, que es un texto mío que estrené hace unos años en el Centro Cultural San Martín. Por esa razón quedó configurada esta hermosa tríada de obras que dialogan mucho entre sí. Tienen que ver con los cuerpos desplazados, con las voces invisibilizadas, con cuestiones relacionadas con la maternidad, las luchas del feminismo y con las voces de la discapacidad. Tienen una cierta coherencia en términos estéticos, una preocupación por el diálogo con la tecnología, con lo audiovisual y el universo sonoro que en las tres obras es potente.
–¿Cómo trabajás para poner en escena textos que no son tuyos, apropiarlos y hermanarlos de manera perfecta con tu propia dramaturgia?
–Eso tiene que ver con que me siento en primerísimo lugar director. Desde que empecé a laburar en el universo del teatro encontré en la figura de la dirección un espacio que me seduce mucho desde el punto de vista creativo. Días atrás, pensando en estos cuarenta años, recordaba cuando al principio empecé con mucha desconfianza hacia el texto, corriéndome y yéndome al extremo. En los 90 yo estudiaba con Alberto Félix Alberto, un maestro de lo que se llamaba el teatro de imagen. Mis primeras obras realmente negaban el texto, tenía una preocupación profunda por detectar cómo se configuraba la escena, qué podía crear sentido y diálogo con el espectador que estuviera más allá de las palabras. Tiene que ver con mi curiosidad por ver cómo esos lenguajes se pueden articular y generar algo poderoso en la escena. Esa es la función del director. Dramaturgo me siento un poco menos. Puedo escribir una obra porque necesito volcar en palabras o necesito crear con los actores una dramaturgia particular. Pero mi lugar en el mundo es el de la dirección.
–¿Qué te aportó tu trabajo como gestor, que está más allá de lo estrictamente artístico?
–Eso tiene que ver con mi yo como gestor, como impulsor de grupalidad, de espacios y circuitos y de formación, que surge de una falta que sentía como artista. Son cosas que en mi entorno no había cómo hacerlas, directamente no existían. Cuando empecé a hacer teatro formé parte de un grupo tradicional de la ciudad donde el tipo de teatro que interesaba hacer estaba muy emparentado con el texto. Cuando necesité empezar a investigar otras formas de hacer teatro, tuve que inventarme un grupo con el cual poder hacer esos experimentos. Y cuando queríamos espacios diferentes, con alternativas que generaran otro diálogo con los espectadores, salimos a buscar una casa prestada. La primera Máscara funcionó en una casa que me prestó un amigo, donde el público se sentaba sobre cajones de verdulería. En aquellos contextos de las décadas del 80 y 90, con el neoliberalismo extremo de Menem, el teatro era un espacio de resistencia, de pensamiento político, de pensamiento estético. En Buenos Aires había un movimiento en el que estando a seiscientos kilómetros de distancia, nos podíamos ver reflejados e inspirados. Un movimiento además con el que dialogábamos permanentemente, porque no solamente viajaba para estudiar dirección teatral, sino que hacía muchos esfuerzos para poder llevar a Rafaela esto que estaba pasando en la Capital. Entonces desde el Centro Cultural La Máscara llevamos una cantidad enorme de artistas a dar clases y seminarios, porque en la ciudad no había posibilidades de acceso a la educación artística. A Rafaela solamente iban las producciones comerciales y nosotros, cuando tuvimos un espacio propio en el Centro Cultural La Máscara, empezamos a armar ciclos con artistas desconocidos de la ciudad pero que hacían un tipo de teatro que nos interesaba más. Empezamos a llevar compañías de Rosario, de Córdoba, de Santa Fe, de Buenos Aires. Eso armó un movimiento que después devino el Festival de Teatro de Rafaela. Siempre tuvimos esa impronta, frente a la falta de posibilidades inventamos todo con los recursos que había.
–¿Cómo cambió el público en estos cuarenta años? ¿Se siguen sentando en un cajón de verduras?
–En este contexto global seguimos teniendo un nivel de vacío enorme y una cantidad de preguntas sobre cómo vivir y cómo construir colectivamente; hacia dónde vamos como humanidad, cómo nos podemos vincular de manera más amorosa y cómo hacer que la cosa sea más justa. Creo que hoy, después de que las salas pudieron recibir acompañamiento para comprar sillas y aire acondicionado, habría que preguntarse por qué hoy, con esas comodidades, hacemos un teatro más aburguesado. Mientras eso pasa, hay gente que sigue haciéndose esas preguntas y que encuentra muchas veces en el teatro algo fascinante, distinto, misterioso, que es lo que hace que el teatro siga vivo desde hace 2.500 años. Entonces diría que hay una esencia en el arte que te convoca de una manera distinta, que a veces aparece y a veces no. Cuando aparece es profundamente transformador. Pero claro, el mercado incide directamente en lo que se produce. Y muchas veces se piensa en eso, en qué conviene en términos de éxito, de dinero, de imagen. Eso me parece bastante siniestro. Conozco muchos festivales en Latinoamérica y lo que se presenta en la mayoría. Lamentablemente, gracias a que está todo en muy poquitas manos, está muy relacionado con lo que dicta el mercado de artes escénicas del Primer Mundo, que no deja de tener la lógica “del mercado”.
–¿Cuál es tu visión de lo federal en relación con el teatro en laArgentina?
–El intercambio federal estaba garantizado a través de la Ley Nacional del Teatro, que tiene un diseño pensado desde lo federal. Al estar paralizado el INT, pulverizado, esa federalización hoy no existe. Hoy no hay posibilidad de financiar ningún tipo de gira, de intercambio, de viaje. En tanto y en cuanto el Instituto siga sin políticas que realmente habiliten la circulación, el intercambio, el pensamiento, la acción, esa idea federal está totalmente apagada. Existen algunos intentos de algunos centros que tienen un poco más de recursos, por ejemplo Rosario, que a través de la provincia o de la Municipalidad arma unos ciclos y lleva a los tres o cuatro que están de moda, más o menos famosos. Pero de ninguna manera eso se puede considerar intercambio federal, todo está pensado como eventos. La posibilidad del encuentro y la idea del proceso ya no existe en ninguno de esos casos. Vos vas, hacés tu función y te volvés a tu casa. No hay encuentros, no hay intercambio. Lo que antes de esta gestión municipal pasaba en el Festival de Teatro de Rafaela era que los artistas podían quedarse durante todo el festival, justamente para que fuera un espacio de encuentro, para ver lo que se estaba haciendo en otras regiones, para conversar con esa gente, para ver qué proyectos se nos podían ocurrir en conjunto. Hoy está absolutamente limitado a ir a hacer tu evento. A la derecha le encanta hacer eventos. De hecho, a Rafaela hoy el intendente la denomina “Ciudad de Eventos”. Y el evento abona a la visibilidad y el éxito comercial. Y eso es abonar al individualismo, al mercado, al capitalismo.

