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La voz del río

Juan L. Ortiz

Si al reunir un material disperso y a menudo inaccesible la publicación de una obra completa permite alumbrar nuevas vías de
lecturas –esto es, establecer relaciones entre piezas alejadas en el tiempo, pesquisar recurrencias o variaciones–, no resulta menos
cierto que, especialmente en el campo de la poesía, esto mismo parece ir a contrapelo de las particularidades de cada libro. Transparenta, podría decirse, la mácula de un estilo, a condición de relegar sus condiciones de emergencia, las tensiones internas y los equilibrios precarios que cada volumen cultiva en su propio capullo de tiempo. Bajo esa mirada de conjunto, las inflexiones, los desvíos y aun las vacilaciones que daban espesor a cada libro corren el riesgo de atenuarse, subsumidos en la ilusión de una continuidad sin fisuras. Dicho de otro modo, las obras completas privilegian la persistencia de una voz por sobre la intensidad irrepetible de cada aparición.

Claro que las categorías se trastocan ante un poeta como Juan L. Ortiz, autor en definitiva de un único libro –En el aura del sauce,
que alcanzó a ver publicado en 1971 por la Biblioteca Constancio C. Vigil–, cuyo corpus fue luego ampliado y enriquecido con
materiales recuperados en las ediciones críticas de su Obra completa (UNL, 1996; Eduner, 2020). Además, seamos realistas:
volver a poner en circulación una obra a razón de un libro por vez resulta, en nuestra marchita economía editorial, en buena medida impracticable. Claro que hay realistas que llevan ese principio hasta sus últimas consecuencias y, en nombre de él, piden lo imposible. Por eso hay motivos más que suficientes para celebrar la Biblioteca Juan L. Ortiz, proyecto impulsado por la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Entre Ríos que, bajo la dirección de Sergio Delgado, se propone reeditar los catorce libros del poeta entrerriano, devolviendo a cada título su espesor propio, su tempo y su clima, sin renunciar por ello a la posibilidad de entrever, en esa secuencia, la configuración de una de las obras más singulares de la poesía argentina.

La mano infinita y El Gualeguay son los primeros títulos de esta luminosa biblioteca. Ambos gravitan en torno a los elementos
primarios del paisaje litoral: el río, las islas, la luz tamizada por el follaje, el temblor de los juncos, la respiración del agua, la lenta
metamorfosis de las estaciones. Este repertorio, solo en apariencia modesto, va organizándose poema a poema como una constelación de signos donde naturaleza, percepción y conciencia histórica se entrelazan con discreto júbilo. Asimismo, la recurrencia de términos ligados a la claridad, al fluir, a la levedad va urdiendo un campo semántico de suntuosa diafanidad en donde aquello que se contempla resulta menos una mirada sobre la naturaleza que una progresiva disolución del sujeto en ella.

La mano infinita

Publicado en 1951, volvemos a encontrar en La mano infinita la cadencia característica de Ortiz: una sintaxis ondulante, de
encabalgamientos tersos, que encauzan el poema hacia un umbral donde la voz se vuelve transparente, disponible para que en ella –o a través de ella– algo del mundo asome a decirse. De este modo, una frescura puede ser azul, o más bien “apenas azul”, así como ciertos azules se insinúan como “potreros”. Abundan “hálitos” y “veladuras”, “muselinas” y “cintillas”, que bordan el punto en que la lengua aúna lo visible y lo intangible; y a ello se suma la insistencia de los “no sé qué” o “qué quiere decir” o “hacia dónde”, que infunden en la voz un matiz de indecisión.

Hay algo distintivo en la poesía de Juan L. Ortiz, como se aprecia en el verso “En la sombra exhalada –¿de qué su dulce hálito?–”.
Me refiero a que los signos de interrogación no cumplen una función meramente retórica; más bien instauran un régimen de
incertidumbre contemplativa que se integra al movimiento mismo del poema. Las preguntas aparecen con frecuencia como
modulaciones del asombro, como si al interrogar la transparencia de las cosas, el poeta, empachado en la ebriedad de seres y cosas,
reconociera la delicadeza y el misterio de su presencia. O para decirlo con las palabras del vate: “El éxtasis indeciso renovado”.

El Gualeguay

Un lector finísimo como Carlos Mastronardi, poeta destacado a su vez y coterráneo de nuestro autor, sostuvo desde temprano que en el poema de Ortiz “todo está realizado, resuelto en presencias, cumplido con órbitas regulares y en esplendores casi vegetativos. Y la conformidad feliz ocurre en nuestro contemplador, porque su íntimo anhelo y el mundo exterior coinciden invariablemente, sin distancias”. También señaló que el poeta en sus versos “aparece como un desvanecido en la hondura del paisaje, desde el que nos llega, como una tenue hebra musical la sombra de su voz”. Esto es, sin duda, una descripción cabal de la mayor parte de la obra de Ortiz. Sin embargo, en su poema más extenso, el poeta deja de ser “un desvanecido en la hondura del paisaje”, para devenir, en cierta medida, el paisaje mismo.

Cauce principal hacia el cual convergen los distintos brazos y afluentes de su río-obra, El Gualeguay constituye la cumbre de la
poética de Juan L. Ortiz y un pináculo de la poesía en lengua española. Que no ocupe un lugar preponderante en la lírica del siglo
pasado, a la altura de Trilce o Canto general, puede atribuirse, en parte, a los azares de la edición, a los círculos de recepción del
campo literario, e incluso a la modestia supina del autor. Publicado originalmente en 1971, quedó casi oculto en la frondosidad de la obra reunida; recién en 2004 la editorial Beatriz Viterbo lo dio a conocer de manera autónoma, en una edición que ahora se retoma.

También, y en no menor medida, ese olvido parcial responde a una dificultad inherente al propio material. “No es fácil leer El
Gualeguay
“, advierte Sergio Delgado en el prólogo del libro, donde además subraya “la tensión entre una lectura que debe detenerse en las miniaturas latentes en cada palabra y una lectura que debe extenderse y abarcar más de dos mil seiscientos versos”. El lector puede abandonarse –o ahogarse– en los dones del poema, en el dulzor de sus versos, o bien servirse de una guía. A su vasto conocimiento de la obra del poeta, Delgado agrega un puntilloso cuerpo de notas que acompaña y esclarece el texto.

Si la literatura argentina pobló de sueños el desierto, Ortiz hace lo propio con el río. De ahí el carácter fundacional de este poema que es la historia de un río (desde la perspectiva del río), su origen fluvial y su devenir a través del tiempo y el paisaje; y es también la historia de las vicisitudes de la historia nacional que gravitan en torno a ese río. Es más: depósito de tiempos superpuestos –”un tiempo, en ocasiones fuera de sí, es cierto”, según postula el poema–, en el que caben acontecimientos, recuerdos y olvidos, la fauna y la flora, las huellas humanas y las animales, así como los reflejos y las variaciones de luz, en un cauce que se resiste a fijar sus márgenes (el subtítulo, “fragmento”, y el paréntesis final, “continúa”, dan cuenta de esa imposibilidad). Ortiz extrae de todo ello timbres y tonos que laten “con todas esas vibraciones / hasta hacerlas suyas / en algo que se busca casi en círculos”.

Basta cualquier página de El Gualeguay para poner en entredicho la raíz bucólica de la poesía de Juan L. Ortiz. En su obra conviven tanto Li Po como Mallarmé. Muchas veces desdibuja el objeto directo o lo desplaza hacia posiciones inesperadas en la oración, como lo haría también Juan José Saer. Los cierres interrogativos se multiplican, el subjuntivo se acentúa y el ritmo del verso se abre a la incertidumbre. Y así Ortiz, lejos de describir el río y sus aledaños como haría un pintor que procura capturar un paisaje, nos sitúa dentro del movimiento del agua, como si la palabra fuera el propio lecho del río. Y así, “de nota en nota como unos saltos de pez”, el agua corre, el tiempo pasa, y sin embargo uno queda atrapado en la quietud de sus palabras.

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