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La sobria forma de narrar contra el olvido

Leila Guerriero

Para la polaca que batalla cada día contra el olvido.

El 24 de marzo se cumplieron cincuenta años del golpe militar en la Argentina, y en ese contexto se enmarca este análisis de uno de los textos periodísticos más memorables sobre este período oscuro, que pertenece a Leila Guerriero, una de las referentes de la no ficción argentina y del periodismo latinoamericano, “El rastro en los huesos”.

Ella parece salida de una novela de Agatha Christie (1890-1976) porque es un personaje seductor y con elegancia victoriana, escueta y sobria como su prosa, sin vueltas ni rodeos, va directo al hueso. La cronista escribe con la naturalidad de la sencillez sin grandilocuencias o palabras rebuscadas, por ejemplo, en la columna que publicó el pasado 6 de marzo en el diario español El País: “Días atrás, en el supermercado que está a la vuelta de mi casa, en Buenos Aires, el empleado, argentino, le hablaba a su jefe chino en un idioma nuevo. ‘Vene mecarería’, le dijo. Su jefe chino le respondió: ‘Ben’. Yo ya había escuchado hablar al muchacho otras veces en ese idioma con la fluidez del que habla una lengua nativa: ‘¿Mercaro ribre quere?’, ‘Ferma acá’, ‘Shento tlé’, ‘No pone azú, no vio’. Las erres se deshilachan, las sílabas caen como botones flojos”.

Su narrativa de no ficción ya es un paradigma en el periodismo iberoamericano de la era de la inteligencia artificial y no solamente por sus perfiles memorables –como Opus Gelber. Retrato de un pianista, “Buscando a Nicanor”, “Nada es lo que parece”–; también por sus columnas monumentales que cautivan al instante: “La historia sin fin”, “Martín Caparrós: la teoría del todo” y “Marcelo Bielsa: en su ley”.

Cuando escribe y cuenta una historia, la periodista parece que doma al lenguaje como un domador de circo lo hace con un león, o quizá nació para instalar su forma de contar la realidad. La prosa fina que ejerce hace honor a un viejo oficio humano: la alfarería, la técnica o arte de moldear, secar y cocer el barro o la arcilla. El modo en que construye sus textos es parecido a ese quehacer de antaño. Ella plasma sus historias como una alfarera erige su piezas con paciencia y tranquilidad: escribe, lee, reescribe, lee, escribe, reescribe, pule, arregla, justamente su secreto para contar la realidad está en la manera de narrarla y, si nos ponemos tangueros y recurrimos al lunfardo, ella tiene el “yeite” para atrapar la atención y seducir a cualquier lector o lectora del planeta porque tiene ese qué se yo para contar un cotorro.  

“Todo lo demás son huesos”

En el inicio de la crónica “El rastro en los huesos”, Guerriero utiliza la técnica narrativa del comienzo in media res: empieza por el nudo de la trama. La periodista opta por una entrada escueta, directa, corta y describe un departamento que se ubica en el barrio  popular y comercial del Once de la ciudad de Buenos Aires. La autora explica cómo es esa oficina, incluso la luz que habita en ese lugar cuando llega el crepúsculo para que después, en un cerrar de ojos o como la rapidez del clic de una cámara de smartphone, trasladar a los lectores al tema del que trata su crónica, los huesos, y al final adjetiva esos restos óseos según lo que observa: “Todo lo demás son huesos. Tibias y fémures, vértebras y cráneos, pelvis, mandíbulas, los dientes, costillas en pedazos. Son las cuatro de la tarde de un jueves de noviembre. Patricia Bernardi está parada en el vano de la puerta. Tiene los ojos grandes, el pelo corto. Toma un fémur lacio y lo apoya sobre su muslo.

–Los huesos de mujer son gráciles.

Y es verdad: los huesos de mujer son gráciles”.

En su tesis “La crónica narrativa latinoamericana como género híbrido. Los modos de construir la voz propia: el caso de Leila Guerriero”, Sofía Maidana explica que la cronista argentina primero mira lo que existe a su alrededor para después construir las escenas de manera específica, lo que le sirve para brindar o generar un sostén en la trama y no romper lo anacrónico.

En su ensayo “El espacio en el periodismo literario: realidad y heterotopía en Leila Guerriero”, Mairyn Arteaga Díaz refuerza la explicación de Maidana: “Maidana (2016) habla del carácter visual del espacio en el periodismo literario: ‘Donde el periodismo tradicional escoge decir, la crónica escoge mostrar con palabras, para permitirle al lector sumergirse en las escenas y sentir lo que el autor/narrador percibe de ellas’. Y si esto es un hecho en el periodismo latinoamericano, en Leila Guerriero alcanza dimensiones significativas”.

“¿Qué hago con la ropa?”

En la segunda parte, la cronista con sutileza, como si estuviera zurciendo la rotura de una tela para que no quede una hilacha suelta, cuenta y lleva a sus lectores al pasado, a la década de 1980 y el regreso de la democracia en la República Argentina, para abordar la figura del antropólogo forense estadounidense Clyde Snow, fundador del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF): “Nacido en 1928 en Texas, Snow tenía su prestigio: había identificado los restos de Josef Mengele en Brasil. Por lo demás, bebía como un cosaco, fumaba habanos, usaba sombrero tejano, botas ídem y estaba habituado a vivir en un país donde los criminales eran individuos que mataban a otros: no una máquina estatal que tragaba personas y escupía sus huesos”.

Arteaga Díaz cita a Mariana Bonano, que en su ensayo “En torno al periodismo narrativo de Leila Guerriero y el ejercicio de la crónica” destaca algunas características de Guerriero como narradora: “1. la forma discursiva (el avance de la historia mediante escenas que, a la manera cinematográfica, se despliegan frente al lector; la adopción del presente, el tempo característico de la descripción; el comienzo in media res, los finales inconclusos; los saltos temporales y espaciales en el relato; la reiteración deliberada de adjetivos y expresiones tendientes a montar en el texto ciertos núcleos de sentido); 2. el retrato de los personajes (artistas, escritores, intelectuales conocidos, aunque no necesariamente –ni en extremo– populares, que presentan ‘dobleces’ y muestran su ‘naturaleza doble’)”.

Esas variables que detalla Bonano son la marca personal de Guerriero, especialmente en esta crónica. Por ejemplo, después de mostrar a Clyde Snow retrata de forma breve pero sobria a quienes serían parte del EAAF: “Los amigos de Morris eran uno: se llamaba Douglas Cairns, estudiaba Antropología en la Universidad de Buenos Aires y esparció el mensaje –’Hay un gringo que busca gente para exhumar restos de desaparecidos’– entre sus compañeros de estudio.

–Yo estoy habituada a desenterrar guanacos, no personas –dijo Patricia Bernardi, 27 años, estudiante de Antropología, huérfana de padres, empleada en la empresa de transporte de su tío.

–A mí los cementerios no me gustan –puede haber dicho Luis Fondebrider, estudiante de primer año de Antropología, empleado de una empresa de fumigación de edificios”.

Luego la autora comienza a profundizar el trabajo del EAAF describiendo minuciosamente las jornadas de trabajo del Equipo, que hasta la fecha ha recibido 21 premios, entre los cuales se destacan: el Premio Ciencia y Derechos Humanos del Observatorio de Derechos Humanos del Senado de la Nación Argentina (2014), Título de Doctor Honoris Causa de la UBA a fundadores del EAAF (2014) y Premio Juan Gelman/Clacso (2018): “Él se tiraba con nosotros en la fosa, se ensuciaba con nosotros, fumaba, comía dentro de la fosa. Fue un buen maestro en momentos difíciles, porque una cosa es levantar huesos de guanaco o de lobos marinos y otra un cráneo. Cuando empezaron a aparecer los restos, la ropa se me enganchaba en el pincel, y yo preguntaba: ‘¿Qué hago con la ropa?’. Y Clyde me miraba y me decía: ‘Seguí, seguí’. Ese día levantamos los restos, nos fuimos a la morgue, y resultó que no eran los que buscábamos. Clyde se puso a discutir algo sobre la trayectoria de un proyectil con el personal de la morgue. Nosotros no entendíamos nada. Estaban los familiares ahí, y yo le dije al juez: ‘Digalé que no son los restos, esta gente ya pasó por mucho’. Cuando les dijo, el llanto de los familiares fue algo que… Salimos de ahí a las tres de la mañana. Fue la exhumación más larga de mi vida”.

“El equipo intervino en más de treinta países”

En el tercer acápite de la crónica, Guerriero utiliza la figura literaria de la analepsis para volver al inicio de su historia, al departamento de Once donde se encontraban las oficinas del EAAF, para describir esas instalaciones y verificar cómo funcionaba la institución científica: “Pero a principios del nuevo siglo la posibilidad de aplicar la técnica de ADN a los huesos obligó a muchas incorporaciones y ahora son 37. En todos estos años, el equipo intervino en más de treinta países, contratado por el Tribunal Criminal Internacional para la ex Yugoslavia; la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas; las comisiones de la verdad de Filipinas, Perú, El Salvador y Sudáfrica; fiscalías de Etiopía, México, Colombia, Sudáfrica y Rumania; el Comité Internacional de la Cruz Roja; la comisión presidencial para la búsqueda de los restos del Che Guevara, y la Comisión Bicomunal para los Desaparecidos de Chipre”.

“La tarea fue amplia. La obra puede ser interminable”

En los siguientes apartados de “El rastro en los huesos”, el lector o lectora se puede percatar de otra de las facultades de Guerriero a la hora de narrar la realidad: la construcción de perfiles potentes en sus historias sin necesidad de describir o contar la biografía absoluta de determinada persona para captar su esencia. Por ejemplo, es el caso de Sofía Egaña, que en 1999 se fue de misión a Timor Oriental y trabajó en condiciones calamitosas, sin agua ni luz, solo con un escritorio y una computadora: “En dos días más, Sofía Egaña estará en Ciudad Juárez, donde el equipo trabaja en la identificación de cuerpos de mujeres no identificadas o de identificación dudosa y, hasta entonces, debe resolver algunas cuestiones urgentes: tratar de vender la casa donde vive, quizá pedir un préstamo bancario, quizá mudarse. En un panel de corcho, a sus espaldas, hay una mariposa dibujada y una frase que dice Sofi te quiero con caligrafía de sobrina infantil. Hay, también, una foto tomada durante su estadía en Timor”.

En el caso de Sofía Turner, Guerriero describe: “Lleva el pelo corto, el rostro limpio”; en el caso de una mujer que, tal vez, no quiso dar el nombre la cronista indica que tiene “el rostro de camafeo y belleza oval”; en el perfil de Mercedes Salado solo dice que es española y bióloga; cuando cuenta sobre las chicas que se han integrado recientemente al equipo las describe como “mujeres jóvenes, vestidas con diversas formas de la informalidad urbana –piercings, pantalones enormes, camisetas superpuestas– se afanan sobre las mesas del Laboratorio. Después cita a una pariente de desaparecidos llamada Margarita Pinto: ‘Soy hermana de María Angélica y de Reinaldo Miguel Pinto Rubio, los dos son chilenos, militantes de Montoneros. Desaparecieron en 1977. Mi hermana tenía 21 años. Mi hermano, 23′”. Para describir a otra integrante: “–La beca es personal –dice Mercedes Doretti– pero yo no trabajo sola”.

A Leila Guerriero le gusta saltar y distorsionar en el tiempo narrativo pero siempre con la intención de brindar un efecto en los lectores, por eso utiliza casi siempre la analepsis, más conocida como flashback, recurso narrativo que interrumpe la cronología lineal para contar hechos del pasado; la prolepsis, recurso que anticipa acciones del futuro, y la diégesis, así lo explica la investigadora Marta del Riego Anta en su análisis “Recursos literarios empleados por Leila Guerriero en sus perfiles periodísticos”: “El ritmo de un relato puede descansar en la alternancia del sumario y de las escenas, pero también en la alternancia del iterativo y el singulativo. Leila Guerriero consigue ritmo alternando relato sumario –biografía del protagonista, por ejemplo– con escenas dialogadas”.

En “El rastro en los huesos” es posible advertir el uso de este recurso narrativo: “En la oficina de Carlos Somigliana –Maco– hay profusión de papeles, dibujos de niños, pilas de cosas que buscan su lugar como en un camarote chico. Desde que entró al equipo, en 1987, se dedicó a atar cabos y a enseñar a los demás a hacer lo mismo: entrevistar familiares, buscar testimonios, cruzar información.

–Mientras el Estado llevaba adelante una campaña de represión clandestina, seguía registrando cosas con su aparato burocrático. Es como una rueda grande y una rueda pequeña. Vos podés conocer lo que pasa en la primera por lo que pasa en la segunda. Ahora hay una urgencia con respecto al trabajo que no aparecía tan fuerte cuando éramos más jóvenes, y que tiene que ver con la sobrevida de la gente a la que le vamos a contar la noticia de la identificación. Llegás a una familia para contar que identificaste al familiar y te dicen: ‘Ah, mi padre se murió hace un año’. Y cuando te empieza a pasar seguido decís: ‘Me tengo que apurar’.

–¿Podrías dejar de hacer este trabajo?

–Sí. Yo quiero terminar este trabajo. Para mí es importante creer que puedo prescindir. Este trabajo ha sido muy injusto en términos de otras vidas posibles para muchos de nosotros.

–¿Y afectó tu vida privada?

–Sí.

–¿De qué forma?

–Ninguna que se pueda publicar”.

Otra particularidad de Guerriero en esta crónica es la forma de enganchar el relato con el dato informativo cualitativo o cuantitativo, por ejemplo, cuando cuenta la historia de Silvana Turner: “En todos estos años lograron 300 identificaciones con restitución de restos en Argentina y –cruzando datos, rastreando documentación– pudieron conocer y notificar el destino de 300 personas más cuyos restos nunca fueron encontrados.

–Si yo tuviera que definir un sentimiento con respecto al trabajo es frustración. Uno quisiera dar respuestas más rápido.

A metros de aquí hay otro cuarto donde las cajas llevan el nombre de cementerios argentinos: La Plata, San Martín, Ezpeleta, Lomas de Zamora, Ezeiza.

La tarea fue amplia. La obra puede ser interminable”.

Otro ejemplo de lo cuantitativo con lo cualitativo es el pasaje cuando narra la historia de la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos: “A mediados de 2007, el equipo, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el Ministerio de Salud firmaron un convenio para crear un banco de datos genéticos de familiares de desaparecidos a través de una campaña que solicita una muestra de sangre para cotejar el ADN con el de 600 restos que todavía no han podido ser identificados. El proyecto se llama Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Personas Desaparecidas, y hace días que aquí no se habla de otra cosa: de la iniciativa que se iniciará”.

Guerriero, además de escenificar el diálogo con la protagonista de ese pasaje del relato con fineza, suelta un final cinematográfico y alude a un clásico musical emblemático y universal de los años 70: “En las semanas que siguen todos se dedican a una tarea cándida: ensobran formularios para enviar a los cuatro rincones del país. Un día, ya de noche, Mercedes Salado, descalza, sentada en el piso junto a una caja repleta de sobres que dicen ‘Tu sangre puede ayudar a identificarlo’, fuma y conversa con Patricia Bernardi.

–Si logran identificar a todos, se van a quedar sin trabajo.

–Ojalá.

Una radio vieja esparce la canción ‘I Will Survive'”.

Finalmente, es posible afirmar que en “El rastro en los huesos”, Leila Guerriero también es simbólica y maneja de forma inteligente el concepto de muerte y cuerpo inerte versus el de la esperanza y la vida que transmiten sus entrevistados o las escenas donde ella se sumerge, esa confrontación del objeto hueso, la desaparición, el olvido con la búsqueda incesante de los familiares por saber en dónde están los restos de sus seres amados hacen de este trabajo periodístico un archivo indispensable para luchar contra la impunidad: “Al otro lado de un muro de bóvedas, en una zona de sombras frescas, Patricia Bernardi, tres sepultureros, un hombre y dos mujeres rodean a Maco que –bermudas, sandalias– saca tierra a paladas de una fosa. Los sepultureros se mofan: dicen que no debe cavarse con sandalias, que va a perder un dedo. Él sonríe, suda. Cuando bajo la pala aparece un trapo gris –la ropa–, Maco se retira y Patricia se sumerge. Cerca, entre los árboles, una mujer de rasgos afilados camina, fuma. Está aquí por los restos de Stella Maris, 23 años, estudiante de medicina, desaparecida en los años 70: su hermana. Patricia saca tierra con un balde y los huesos aparecen, enredados en las raíces de los árboles”.

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