Para la industria del libro, 2025 estuvo marcado por el cierre de librerías de barrio y el recorte de tiradas editoriales. Los aumentos de alquileres, servicios e insumos son algunos de los males que acechan a este sector de la cultura que siempre supo pisar fuerte en la Argentina. Sin embargo, hay un mal mayor, el mal de males: la “macro” y el desplome del poder adquisitivo. ¿Cómo esperar que la gente compre libros si no tiene para llegar a fin de mes?
Acorde a la Encuesta de Ventas del Sector Editorial llevada a cabo por la Cámara Argentina del Libro (CAL) en 2024 (último dato disponible), el 65 por ciento de las editoriales, distribuidoras y librerías señala la caída de la demanda interna como principal problemática por la que se ven afectadas. Según estimaciones del sector, 2025 habría proyectado un escenario aún más dramático.
Esto se debe a que, en tiempos de recesión, los consumos culturales parecen ser los primeros de los que se prescinde. “Los libros son un bien de consumo de tercer o cuarto orden”, define sin tapujos Juan Manuel Pampín, presidente de la CAL y director de la editorial Corregidor.
Al interior del rubro, no hay resentimiento hacia el consumidor, sino un profundo entendimiento. Y se respiran aires de resistencia.
Resistir y acompañar desde las librerías
Los libreros, el último eslabón de una cadena productiva que integran autores, papeleras, editoriales y distribuidoras, tienen una experiencia palpable del deterioro. “El año pasado bajó mucho el laburo”, sostiene Gustavo, que hace veinte años abrió La Maja, una librería de títulos nuevos y usados ubicada en pleno centro de Villa Devoto (Francisco Beiró 4351). “Veníamos con una facturación diaria determinada, y ahora hablamos de la mitad de esa cifra.” Además, el comerciante señala que cada vez más personas se acercan al negocio con pilas de libros usados para vender, con la intención de hacerse con algo de dinero para cubrir necesidades apremiantes.
Al otro lado de la ciudad, en Las Cañitas (Ortega y Gasset 1871), Pivot es una librería y taller de arte gráfico con apenas un año y dos meses de antigüedad. A pesar de tratarse de una zona afluente, Fermín, el librero, sostiene que muchas veces los vecinos pasan por el local y no se llevan ningún título, y que la caída de la demanda es clara. “Mucha gente viene a conversar y no compra. Yo no lo pido tampoco, porque me gusta pensar la librería como un lugar de contención.”
Ante la crisis, como en cualquier rubro, toca reinventarse. Y eso es algo que los trabajadores de la cultura conocen bien. Juan Manuel Pampín lo llama “curaduría del tiempo libre”: se desata la competencia entre las heterogéneas propuestas para el consumidor que busca invertir sus horas de ocio, desde las plataformas de streaming hasta las actividades culturales presenciales. Y los libros, aunque quizás no se encuentran entre las alternativas más económicas ni las más elegidas, siguen aportando un valor único.
Para Fermín, las librerías se están transformando en espacios vivos más allá del libro como producto. “Me parece que la gente está necesitando encontrarse y eso es algo que las librerías facilitan”, profundiza, y asegura que, cuando las ventas flaquean, hay que hacer algo para “agitar el avispero” y que los clientes se acerquen.
En ese sentido, Pivot ofrece charlas, talleres de lectura, escritura, filosofía y bordado, e incluso algunas experiencias culinarias. “Son semillas que no van a significar ventas inmediatas, porque ahora hay recesión”, analiza Fermín. “Pero, el día de mañana, cuando la gente que vino y la pasó bien tenga una moneda y quiera gastarla en un buen libro, va a regresar.”
Por su parte, La Maja inauguró en 2025 el espacio No es un Sombrero, donde se brindan clubes de lectura y escritura. “La recepción es buenísima, porque este estilo de espacios culturales es innovador en Devoto”, asegura Gustavo. Siguiendo una línea comercial y ética clara, ofrecen precios accesibles y un 20 por ciento de descuento en la compra de los títulos que se trabajan en los encuentros. “Se anotó un montón de gente, y eso quiere decir que la decisión que tomamos fue acertada”, concluye el librero.
Estrategias frente a la crisis
En la Encuesta de la CAL, los actores del rubro ponen de manifiesto las principales estrategias que emplean para afrontar las problemáticas que se desprenden de la crisis económica.
Los resultados muestran que, de todas las empresas del sector encuestadas (editoriales, distribuidoras y librerías), solo el 13 por ciento emplea la reducción de personal como estrategia ante la crisis.
En La Maja, una pyme con cuatro empleados, Gustavo explica este fenómeno en términos más simples. “Echar a un trabajador sería cruzar una línea roja. Me corto un brazo antes de hacer eso”, enfatiza, y hace valer la aclaración: “Y no como Milei, que dijo que antes de subir un impuesto se cortaba un brazo y no lo cumplió. Yo lo digo en serio”.
El librero atribuye esta inclinación tan marcada en el sector a que se trata de una industria donde el aspecto humano es fundamental. “Para mucha gente, tanto libreros como lectores, los libros son causas”, explica. “Para nosotros es una causa laboral, pero también tiene que ver con el derecho de acceso a la cultura y a la educación.”
En Pivot, Fermín también ahonda en el aspecto humano de las librerías y se anima a comparar la relación entre del librero y el cliente con la de un psicoanalista y su paciente, o la de dos amantes. “La librería gira en torno al goce. Intentamos que el paso por nuestro local sea lo más placentero posible”, explica. El vínculo va mucho más allá de una transacción económica, a pesar de que, claro está, no deja de serlo.
Ese trato cauteloso, cercano, preciso, es la apuesta de las librerías por un futuro más próspero. “Nosotros no estamos en calle Corrientes, donde pasan cientos de personas todos los días. Acá, cada cliente tiene que entrar por la puerta, ser bien atendido e irse contento. Eso hace que vuelvan. Y hace veinte años que vuelven”, declara Gustavo con convicción.
Y no son solo palabras en el viento: antes de finalizar la charla, el librero se interrumpe para ir a atender a una señora mayor que ingresó al local. La saluda por su nombre, la acompaña hasta la sección de policiales porque, como sabe, es su género favorito. Bucea entre títulos que la mujer ya leyó, y le recomienda uno nuevo, diferente. Asegura que le gustará. Mientras la clienta lee la contratapa de ese ejemplar con detenida atención, Gustavo sentencia: “Estamos aguantando con paciencia y esperando, con los brazos abiertos, tiempos mejores”.

