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El monumento que no fue ni será

Ilustración: Ricardo Ajler

En octubre de 1989, tres meses después de llegar a la Casa Rosada, el presidente Carlos Menem cumplió con el compromiso que había asumido con los sectores militares y civiles que pretendían frenar las causas judiciales contra los responsables del terrorismo de Estado. En esa primera tanda de indultos, benefició a exrepresores, a la junta de comandantes condenada por la Guerra de Malvinas, a quienes atentaron contra la democracia en los alzamientos carapintadas durante el gobierno de Raúl Alfonsín y a un grupo de exintegrantes de organizaciones armadas.

La revista Humor sintetizó el sentimiento de millones de argentinas y argentinos con una tapa emblemática que hoy, a medio siglo del golpe de Estado de 1976 y con el avance del negacionismo del genocidio, se convierte en una interpelación a una sociedad que pulsea entre la memoria y el olvido. La ilustración de la portada está dividida en tres. En cada parte, hay gente que marcha y se manifiesta con una bandera: en 1989, “No al indulto”; en 1990, “No al indulto a los comandantes”, y en 1991, “No al monumento a Videla”. Eran tiempos en que parecía que uno de los acuerdos sociales alcanzados con el retorno a la democracia –sintetizado en el “Nunca más”– entraba en una etapa de disolución.

La profecía del perdón a los excomandantes condenados en el Juicio a las Juntas de 1985 se consumó en la fecha señalada. Fue la segunda serie de indultos firmados por Menem con el argumento de la “reconciliación nacional”. Pero el monumento a Videla no se construyó, a pesar del despliegue amnésico que el menemismo había instalado: paralización de los juicios por delitos de lesa humanidad, embates contra Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y el resto de las organizaciones de derechos humanos, apelación permanente a “dar vuelta la página” de la historia reciente del país.

Por entonces, las marchas del 24 de marzo eran invariablemente reprimidas por las fuerzas de seguridad. Tampoco faltaron los intentos de prohibir esas manifestaciones que sobrepasaban las banderas partidarias. Las políticas de desmemoria alentadas por el neoliberalismo alimentaban la sensación de que la estatua en homenaje al dictador podía levantarse en cualquier momento. En esa línea, hacia el final de su mandato, Menem quiso derrumbar el edificio de la ESMA y transformar el predio en un parque en el que se erigiera un monumento a la “unidad nacional”.

Esa irrupción negacionista recuperaba el relato con que los sectores antidemocráticos habían puesto en jaque la gestión de Alfonsín. La oposición al Juicio a las Juntas constituyó un hito en el discurso reivindicador de la última dictadura.

DEL MARGEN AL CENTRO DE LA ESCENA

La reapertura de los juicios contra los exrepresores y la implementación de las políticas de Memoria, Verdad y Justicia por parte de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner hicieron diluir la narrativa autoritaria, que se refugió en la marginalidad de las cartas de lectores de La Nación, los comentarios a las notas sobre derechos humanos en las webs, las páginas y los blogs de agrupaciones y personajes de la ultraderecha y la reflotada revista Cabildo, entre otros espacios. Uno de los más activos fue el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (Celtyv), de Victoria Villarruel.

Como la concesión de nuevos indultos resultaba imposible en el nuevo escenario político y social, los grupos prodictadura abogaron por la “memoria completa” y la “justicia para todos”, dos formas de actualizar la “teoría de los dos demonios” de los tiempos de Alfonsín.

Durante el gobierno del PRO y sus aliados hubo un fugaz renacimiento del negacionismo (Mauricio Macri hablaba del “curro de los derechos humanos”). Luego, los discursos de odio que estallaron en tiempos de pandemia comenzaron a multiplicarse y a sumar reivindicaciones del régimen que usurpó el poder en 1976. Pero hubo que esperar hasta la campaña electoral de 2023 para asistir a un hecho inédito: los integrantes de la fórmula presidencial de La Libertad Avanza recuperaron el relato defensor de la dictadura y lo expusieron a viva voz.

El ideario reaccionario no fue más patrimonio de la marginalidad de un blog o de comentarios en la web; se convirtió en arengas aplaudidas por Javier Milei desde Balcarce 50, amplificadas desde las redes y medios de comunicación tradicionales. Así, el poder habilitaba la circulación irrestricta de posturas negacionistas que antes provocaban un rechazo social inmediato.

En estos tiempos en los que la ultraderecha parece haberse adueñado del imaginario colectivo, vuelve a sobrevolar la sensación de que levantar un monumento a Videla es posible. Tal vez no en forma real, pero sí de manera simbólica, con una avanzada sin límite de la reivindicación de diversos aspectos de la dictadura.

La experiencia vivida en los 90, a partir de la resistencia y la lucha de los organismos de derechos humanos, es una lección invalorable para desarmar la naturalización de la desmemoria. Lejos del olvido, la desesperanza o la apatía, debemos emprender la reconstrucción del consenso del “Nunca más”, un acuerdo democrático que hasta no hace tanto tiempo el país levantaba con orgullo ante el mundo.

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