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Drácula y el riesgo de romantizar a la bestia

Tras su estreno en salas el año pasado, la última locura (no de Mel Brooks, sino) de Luc Besson ya figura en la cartelera de algunas de las plataformas de streaming. La película lleva por título Drácula, y decimos “lleva por título” porque no sería justo decir que es una versión de Drácula, la monumental novela de Bram Stoker de 1897, a pesar de que se la vende con la consigna de ser una “reinvención” de aquella. La del francés, que tiene todo el derecho de adaptarla a París en lugar de Londres, pero tal vez no lo tenga tanto de eliminar a Van Helsing y poner en su lugar a un cura (con todo el amor a Christoph Waltz), más bien parece una remake de la traidora versión de Francis Ford Coppola, a quien queremos y admiramos por sus maravillosas producciones, incluida aquella de 1992 con Gary Oldman, Keanu Reaves, Winona Rider y Anthony Hopkins, pero que ignoró el legado literario del escritor irlandés, incorporando la versión romantizada de un vampiro desgarrado por la pérdida de su esposa con un pasado de arrojo y valentía que casi nos hace tenerle afecto y un poco de pena. Llamada falsamente “Bram Stoker’s…” (genitivo que indica que es fiel a la original), aquella película repone el relato heroico de un conde Vlad Tepes enojado con Dios por arrebatarle a su amada Elisabeta y convertido por ello en no-muerto chupasangre. Para ser justos, la versión de Besson agrega el subtítulo “Una historia de amor”, para dejar claro que se basará en ese mito, que no es otra cosa que un invento de principios del siglo XX de representaciones teatrales, y más tarde cinematográficas y televisivas, que se arrastró versión tras versión al punto de que se termina por dudar cuál es la original y cuál la inventada, y cada una tomando aspectos de la anterior y agregando otros, fue construyendo una nueva historia cuyo final dista tanto de la primera como si se tratara del “teléfono descompuesto”, aquel juego que empezaba con una frase dicha al oído y culminaba con algo incoherente y estrambótico muy diferente a la frase inicial. Que cada nueva versión se copie de la anterior para crear una nueva, a medida de quien la relata, se parece mucho al “miente que algo queda”, falsamente atribuido a Goebbels, y sin ir tan lejos, al Ministerio de la Verdad de Orwell en 1984, que reescribía la historia según los pareceres y conveniencias gubernamentales del momento, eliminando todo registro anterior, para que no hubiera con qué contrastar la nueva versión. O finalmente a cualquier tipo de relato institucional, vía discurso, acta o redes sociales, que desconozca o finja hacerlo registros incluso inmediatamente anteriores. 

El Drácula romantizado es una versión que oculta una verdad, que el autor quiso reflejar, sin duda, y tiene un carácter político profundo. El vampiro representa un poder y una cultura. Es rico. Su fuerza se construyó hace siglos. Es noble, pero es balcánico, un europeo del Este, no un blanco británico. Su ambición por infestar a otra sociedad y el miedo de esta por ser infestada se asemeja a la teoría del reemplazo que enarbolan las ultraderechas europeas actuales. Esta consiste en creer en la existencia de un plan de los musulmanes para poblar países de Europa y mezclarse con sus pueblos a tal punto de que en algún momento todos lleven sangre musulmana y entonces se instaure el Islam y sus leyes para todo el continente. Drácula convierte a quienes ataca en seres de su especie mediante la sangre. Se las extrae y los vacía. A veces, solo los mata. A veces, la víctima bebe la sangre del vampiro cuando este lo decide para ejercer algún tipo de dominación. Hay también una tensión sexual permanente, que en el original está más cercana a la violación que a la sensualidad. Es un conquistador que pretende gobernar en otras naciones imponiendo su ley, que es la muerte, en una nación en la que será siempre regidor.  

Huir o amar

Drácula es el mal puro, sin fisuras, más allá de sus propios errores o puntos débiles. En cambio, el Drácula retratado por Coppola y ahora Besson está embebido de un sesgo trágico que nos hace transitar la delgada línea del amor-odio. Lo rechazamos porque es el mal, pero lo comprendemos por su dolor, del cual fuimos convenientemente anoticiados. Está enamorado y sufre por ello. Su corazón es sensible, aun cuando no bombee sangre. Es atractivo y carismático. Mina se enamora de él y quebranta así el pacto moral de esposa devota, mostrándose con un deseo incontenible no visto antes. Nos permitimos justificarlo con dos argumentos: el hechizo del vampiro se nos muestra irresistible, y a la vez nos ponemos en el lugar de la seducida y algo de razón le damos, porque empezamos a ver que Drácula merece, al menos, un poco de admiración. Muy diferente a la Mina original, que teme y desprecia al monstruo; sabe del poder que ejerce sobre ella y abjura de él, a pesar de su impotencia. 

Coppola es un genio narrativo audiovisual. El clima generado en el castillo no puede ser más fiel a la novela. La mueca perversa del conde, su manera de reptar por los exteriores de las torres, es sencillamente maestra. Aun las situaciones no narradas en el original, como el lengüetazo a la navaja con sangre o la transformación de Drácula en decenas de ratas frente a sus perseguidores, mantiene perfectamente el espíritu de lo que creó el autor. Por eso es más insidiosa la alteración.  

En forma de poder político, vemos a Drácula como un imperialismo depredador que no produce nada más que no-muertos/no-vivos parasitando violentamente a aquellos a quienes consume literalmente su vida; un poderoso y en apariencia imbatible saqueadorsaqueador de recursos, sin piedad por quienes son meros medios para su acumulación y conservación, que deja tras de sí un tendal de muerte y destrucción. Un poder que no demanda comprensión ni piedad, actúa. Ese es el Drácula de Stoker. La versión romantizada, en cambio, nos vende la posibilidad de que Drácula nos haga todo eso pero seduciéndonos, creyéndolo un príncipe apasionado que lucha contra la negación de un mundo que no comprende su dolor ni su sino. Y con ello, contribuir conscientemente o no a la depredación que tuvo siempre por objetivo. Los Dráculas romantizados del mundo son atribuidos de idealismo, dolor justificante, arrojo. Líderes aquí y allá que representan poderes extractores, por sí o por mandato externo, que se nos presentan bajo una pátina de épica, como héroes solitarios llevando adelante una gesta pasional contra fuerzas inconmensurables que expresan lo negativo de la humanidad, lo que está en contra del bien. Operaciones de maquillaje, como la de Coppola con su vampiro, quieren modificar nuestra percepción del monstruo. Somos conscientes de que existe, solo que aprendemos a quererlo. El poder depredador es evidente cuando es monstruoso; si en cambio nos seduce, se vuelve aún más eficaz: la mordida del vampiro viene acompañada por un placer aparente, prohibido y sensual. Nos ciega con su densa bruma de noche transilvana y es entonces cuando empezamos a dudar si huir del horror o amar a la bestia. 

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