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Sinfonía del sentimiento

Los emblemas principales del peronismo son como el propio movimiento: un poco improvisados, bastante ambivalentes y profundamente emotivos. Algunos fueron definidos desde arriba, otros desde abajo, pero todos fueron objeto de disputas entre la dirigencia y las bases. Y, como todo, sus significados fueron cambiando a lo largo del tiempo.

La Marcha peronista, cantada en actos partidarios, en tiempos de resistencias y dictaduras, fue siempre parte de un ritual de unificación. La centralidad de Perón queda asegurada en el estribillo, que le prodiga la admiración de “los muchachos”. Pero su letra también habla de la promesa del “amor y la igualdad” y del combate al capital, una frase que incomodaba al propio Perón y mucho más a algunos de sus émulos posteriores (en tiempos de Menem despertaba sonrisitas de ironía). Esa misma frase, sin embargo, había alimentado el clasismo de los obreros en lucha en tiempos de la Resistencia. De hecho, perteneció a los obreros antes que al Partido Justicialista: pocos saben que lo del combate al capital viene de la deuda que tiene la Marcha con una canción que cantaban los obreros gráficos, cuya letra reprodujo parcialmente. Y que la música está tomada de la que cantaba la hinchada de Barracas Juniors, a su vez retomada de otra que en los años 30 cantaba una murga en carnaval. Los funcionarios de Perón impusieron partes de la letra y el ritmo marcial que le conocemos, pero la Marcha nunca perdió esa conexión con una cultura popular que precede al peronismo.

La historia del escudo peronista es incluso más azarosa: fue diseñado por un vendedor de medallas y trofeos antes de que existiese el peronismo, por encargo de un instituto militar que luego no lo utilizó. Los blasones reproducen los del escudo nacional, solo que inclinando el encuentro de las manos. La modificación venía a significar la fraternidad entre oficiales y suboficiales, pero, al elegirlo, Perón la resignificó como la obligación moral de los ricos de “bajar” solidariamente al encuentro de los pobres. Esa promesa de armonía de clases, paradójicamente, no dejaba de mostrar que había un arriba y un abajo, algo que las manos horizontales del escudo nacional no sugerían en absoluto. Al menos a partir de 1951, además, circuló una variante diferente del escudo “oficial”, en la que la mano de arriba iba pintada de tono rosáceo mientras que la de abajo aparecía amarronada, una alusión apenas velada al hecho de que las diferencias de clase, en la Argentina, se superponen con diferencias en el color de la piel. El peronismo prometía armonizar todas las tensiones que recorrían la sociedad –las de clase e, implícitamente, las étnico-raciales–, pero a su vez las mostraba como nunca antes. Con esa ambivalencia, fue también un emblema cargado de profundos tintes afectivos: motivó prohibiciones, desafíos a la autoridad y disputas varias entre facciones rivales que aspiraban a tenerlo en sus boletas.

EL MÁS POPULAR

Acaso el más popular de los símbolos que unificaron a los peronistas, el menos “oficial”, fue el bombo. Fueron los bombistas de las murgas de carnaval los que los llevaron inicialmente a las manifestaciones. Los antiperonistas los singularizaron inmediatamente como algo propio de sus rivales, un sonido ominoso, bárbaro, llegado de tiempos inmemoriales, una percusión que delataba el linaje “negro”, africano, que se asignaba a los seguidores de Perón para desacreditarlos.

Invirtiendo esa carga, los peronistas lo abrazaron y lo convirtieron en emblema desafiante. Se las arregló para sonar en las calles y las canchas cuando portar retratos de Perón, cantar la Marcha o exhibir el escudo estaba prohibido. Con el correr de las décadas, se fue convirtiendo en un verdadero emblema sonoro del pueblo argentino, peronista o no, que lo utilizó en movilizaciones callejeras de diverso signo. Hasta hoy, las vibraciones de los bombos conectan afectivamente al sujeto popular y le dan una proyección política. El último de los emblemas del peronismo fue el más tardío e incómodo: el “cabecita negra”. La expresión nació en la oralidad de los argentinos como modo de despreciar a los migrantes internos que llegaban a Buenos Aires en busca de un futuro mejor. Desde la década de 1930 se había empezado a notar su presencia en una ciudad que, sin embargo, se jactaba de ser blanca y europea. Traían con ellos, además de su tez amarronada, memorias étnicas de otros linajes, sobre todo indígenas y mestizos. No bien irrumpió el peronismo, los antiperonistas lo relacionaron con ese segmento de la población, que quedó hipervisibilizado. Hubo incluso teorías sociológicas –luego desmentidas por los investigadores– que sostenían que eran esos migrantes internos, y no los obreros de origen europeo, quienes apoyaban a Perón. “Cabecita negra” nació, así, como un insulto racista. Los peronistas tardaron bastan- te en abrazarlo. Suele creerse que Evita refería afectuosamente a ellos en sus discursos, pero no hay ninguna evidencia de que ella o Perón utilizaran alguna vez esa expresión. Sí abrazaban a los “grasitas” y “descamisados”, pero nunca a los cabecitas. Hasta 1955, en verdad, muy pocos referentes del peronismo, más bien de tercera línea, se animaron a identificar a su movimiento con ese segmento despreciado de la población. La identificación vendría más tarde, sobre todo en los años 60 y 70, cuando la militancia peronista encontró en la asociación con los “cabecitas” una prueba del carácter genuinamente popular, autóctono, latinoamericano, a veces incluso indígena, de su gesta. Como el sonido del bombo, el emblema del “cabecita” fue incómodo para los peronistas: se activaron especialmente allí donde quisieron resaltar sus rasgos plebeyos, pero entraron en sordina cada vez que el justicialismo intentó presentarse como una fuerza “moderna” y ordenada. De alguna manera, la ambivalencia de los peronistas respecto de esos símbolos refleja la ambivalencia de la propia Argentina respecto de los diversos linajes de sus ciudadanos.

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