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Los mejores días

En un mundo arrasado por la Segunda Guerra Mundial y amenazado por una renovación de las hostilidades para definir la hegemonía mundial entre los EE.UU. y la URSS, en la Argentina tuvo lugar la fundación de un nuevo modelo social, económico, político y cultural cuya vigencia se extiende hasta nuestros días. Tomando distancia de los alineamientos automáticos que exigían las dos superpotencias de la época empeñadas en su Guerra Fría, el peronismo estableció la denominada Tercera Posición, que implicaba la adopción de una estrategia diplomática nacional e independiente, fomentando la paz y la colaboración entre las naciones, y el fortalecimiento de los lazos con los países latinoamericanos frente a los centros de poder internacionales y sus pretensiones imperialistas.

El peronismo se concibió como una propuesta de paz, reconciliación y dignificación de los sectores más postergados de la Argentina. “La paz interna que se logra en la lucha contra la miseria y la desocupación mediante un estado de justicia social para todos los países permitiría una paz internacional sin otra guerra en el mundo”, impulsando una “economía social”, que se lograría poniendo el capital al servicio de la Nación y de la sociedad; esto significaba extender las riquezas del país y distribuirlas a toda la población de manera justa y equitativa, pero también, que esas riquezas que tenía o podía obtener el país debían estar en manos argentinas y no extranjeras.

Tres banderas definían su doctrina: “Una nueva Argentina Políticamente Soberana, Socialmente Justa y Económicamente Libre”. El primer gobierno peronista construyó su estrategia económica partiendo del diagnóstico de la existencia de una Europa devastada y hambreada, necesitada de alimentos y materias primas para su reconstrucción. De este modo se aprovecharon los precios favorables de los mercados internacionales de commodities, y ya en 1946 la Argentina alcanzó uno de los mayores niveles económicos de la historia. Se profundizó el proceso de sustitución de importaciones, impulsando la creación de nuevas industrias y ampliando las ya existentes, sobre todo en textiles y electrodomésticos, que extendieron sus mercados a los países vecinos. Este fomento de la industria permitió impulsar la inclusión social a través del empleo, que benefició a la gran masa de migrantes internos que se habían trasladado a los suburbios de las grandes ciudades como coletazo de la crisis de 1929.

Para alcanzar la Independencia Económica se impulsó además la nacionalización del Banco Central, del gas y de sectores estratégicos para la economía agroexportadora, así como también los elevadores de granos y la ampliación de la flota mercantil y aérea. Dentro del Primer Plan Quinquenal, el Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio (IAPI) comercializaba la producción de los productores rurales, garantizándoles precios muy convenientes, que luego vendía en los mercados internacionales. Así recaudaba divisas indispensables para promover la transformación económica, a través de su transferencia a las industrias urbanas que se beneficiaron con créditos baratos del Banco Industrial, promoviendo la inversión, el crecimiento, la generación de trabajo y una sustancial mejora de los salarios, alcanzándose el pleno empleo.

Estas políticas de crecimiento virtuoso de la economía, que incluyeron también la nacionalización de los ferrocarriles, generaron la oposición drástica de los sectores rurales privilegiados y de una clase media que observaba con estupor y rechazo la dignificación de las clases subalternas. Perón consiguió su reelección en 1951, cuando por primera vez se implementó el voto femenino, obteniendo más del 60 por ciento de los votos. Pero la muerte de Evita, a dos meses del juramento presidencial, significó un durísimo golpe para Perón y su gobernanza. La situación económica del país se había vuelto muy compleja. Dos años de malas cosechas, producto de una terrible sequía, sumados a la baja de las commodities y las acciones de boicot contra la Argentina de las grandes potencias afectaron drásticamente la capacidad de compra de los salarios. Para superar la crisis debieron implementarse medidas antipopulares, como la racionalización de la nafta y la restricción del consumo de carne y de pan, y la limitación de los horarios de los comercios para ahorrar energía.

REELECCIÓN Y DESPUÉS

Este cambio se tradujoy en la redacción del Segundo Plan Quinquenal, cuyas prioridades fueron el desarrollo agrario, la industria pesada y las obras de infraestructura. Si bien consiguió reducir la inflación y mejorar un tanto la situación de los asalariados, no pudieron retomarse los niveles de prosperidad económica del período anterior. El malestar social se incrementó con la crisis, las políticas redistributivas se redujeron considerablemente y las huelgas y los conflictos sociales no tardaron en aparecer.

La oposición, aliada con la Iglesia católica –que había roto su vínculo con Perón–, apeló a diversas acciones para desestabilizar al gobierno, desde panfletos clandestinos hasta atentados e incluso el bombardeo de Plaza de Mayo. Por último, recurrió al golpe de Estado, que Perón decidió no responder para evitar un baño de sangre. Se abría así un largo período de 18 años de proscripción y exilio, en el que se trató de desarmar el modelo peronista con éxito acotado. El fracaso de dictaduras y falacias electorales incrementó la violencia política, hasta el punto en que sus enemigos debieron admitir la necesidad de que el viejo líder se hiciera cargo de la imposible tarea de pacificar la Argentina. Las restricciones impuestas lo excluyeron del proceso electoral de 1973, donde debió presentar como candidato alterno a Héctor J. Cámpora. Ninguno de los gobiernos posteriores pudo mejorar los logros de gestión de aquellos primeros nueve años de peronismo.

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