La asunción de la lucha armada como un capítulo en la historia del pero- nismo implica aceptar una herencia compleja, por la mala prensa que tie- ne la violencia política desde la re- cuperación de la democracia en 1983. Aparece disimulada en los homenajes a la militancia re- volucionaria setentista, o es condenada como el componente más revulsivo de una Edad Media justicialista, cuyos invasores bárbaros serían Montoneros y la Tendencia Revolucionaria. Sin embargo, la lucha armada fue parte de la evolución interna del peronismo en 1955, en las condiciones excepcionales de la proscrip- ción, y luego se encaramó en la ola de radicali- zación izquierdista de los años 60 y 70, empujada por las revoluciones anticoloniales de Argelia, Cuba, China y Vietnam.
LA RESISTENCIA Y LA POLÍTICA DE LAS ARMAS
La violencia del golpe militar que derrocó al gobierno de Perón en 1955, con el prólogo del bombardeo a civiles en la Plaza de Mayo, legi- timó para los peronistas el recurso a formas de lucha no legales. En 1956, la “Síntesis de las instrucciones generales para los dirigentes pe- ronistas” estableció que para oponerse a la Re- volución Libertadora “todo sirve: desde matar a un ‘gorila’ por cualquier medio, hasta murmurar en rueda de amigos”. En la práctica, la resisten- cia a la dictadura de Aramburu, o a las demo- cracias proscriptivas de Illia y Frondizi, se dirigió hacia propiedades y símbolos más que contra personas. Sus formas de lucha fueron el sabota- je fabril, los atentados con explosivos conocidos como “caños”, el levantamiento cívico-militar y la guerrilla rural.
Los comandos urbanos de la resistencia pe- ronista practicaron una guerra de guerrillas sin guerrillas, que conservó la doctrina justicialista de los años 40. Esto comenzó a modificarse en la década del 60, cuando la resistencia civil dejó de ver a los militares peronistas como líderes insu- rreccionales, con el antecedente de la frustrada rebelión del general Juan José Valle.
En 1959 subió al monte tucumano la gue- rrilla rural de los Uturuncos, que en quechua significa “hombres tigre”. Dirigidos por el sin- dicalista Manuel Mena, tomaron la comisaría santiagueña de Frías, robaron un film de Eva Perón y quemaron una avioneta francesa en apoyo a la Revolución argelina, acciones que fusionaron la identidad nacional-popular con el antiimperialismo tercermundista.
Un paso más en esa dirección la dio el Movi- miento Revolucionario Peronista en 1964, al ca- racterizar a las Fuerzas Armadas como ejército de ocupación, y a la lucha armada como principal vía revolucionaria. Señal del cambio de época fue el viaje a Cuba de varios ex uturuncos, que recibieron entrenamiento guerrillero y adhirie- ron al socialismo. En la novedad de este peronis- mo transnacional fue clave el activismo de Ali- cia Eguren, John William Cooke y Joe Baxter.
La percepción del peronismo como un movi- miento antisistema de raigambre popular atrajo a grupos armados de izquierda y derecha. En 1966, el Movimiento Nueva Argentina, una escisión peronista de la Tacuara falangista, secuestró un avión para izar una bandera argentina en las islas Malvinas. En 1968, la Gendarmería descubrió en Taco Ralo el campamento guerrillero de las Fuerzas Armadas Peronistas, que unió a militan- tes de la resistencia peronista y la izquierda gue- varista. En tiempos de la dictadura de Onganía el peronismo armado, marginal pero ruidoso, había pasado de la resistencia a la ofensiva.
LA OFENSIVA Y LAS ARMAS DE LA POLÍTICA
La rebelión popular del Cordobazo fue la bandera de largada de la guerrilla urbana. El denominador común de Montoneros, las FAP y las FAR, más allá de sus orígenes en el nacionalismo católico, la resistencia peronista y la izquierda marxista, fue la lucha armada como método, el peronismo como identidad y el socialismo como horizonte. En 1970, un comando montonero secuestró al general Aramburu, las FAR tomaron la lo- calidad bonaerense de Garín y las FAP expan- dieron sus redes urbanas con los gremialistas del Peronismo de Base. La guerrilla peronista saltó al centro de la escena política con el aval de Perón, que buscaba debilitar al régimen militar.
El pronóstico de una “guerra popular prolon- gada” tropezó con la inesperada apertura política del Gran Acuerdo Nacional, lanzado por el ge- neral Lanusse para frenar la insurgencia social, de la que participaba la guerrilla como una de sus expresiones más hostiles. Montoneros fue la organización que mejor se adaptó a las nuevas condiciones, al crecer rápidamente y luego ab- sorber a otras guerrillas peronistas, como FAR, Descamisados y un sector de las FAP.
Si Montoneros quería militarizar al activismo no armado, el aluvión de simpatizantes llevó por el contrario a desmilitarizar su política, al arti- cularse con agrupaciones juveniles, sindicales, villeras, estudiantiles y femeninas. Ya no era una organización foquista en busca de una chispa revolucionaria a través de operativos espectaculares, sino un movimiento armado que trataba de insertarse en una coalición electoral. Con el triunfo de Cámpora en las urnas, se formó la Tendencia Revolucionaria. El monto- nerismo tuvo diputados, se alió con gobernado- res, ministros y dirigentes universitarios, pero su vanguardismo chocó con los deseos de Perón de someter a la guerrilla y pacificar el país.
En ese contexto, el asesinato de Rucci preten- dió revertir por la fuerza la marginación de Mon- toneros de las filas partidarias, pero solo sirvió para recrudecer la represión estatal y paraestatal. La escalada de la violencia política llevó a un nuevo ciclo de militarización, con el retor- no a la clandestinidad y el encuadramiento de los militantes en unidades armadas, como las milicias y el Ejército Montonero. El embriaga- dor mayo argentino del 73 no fue una revolu- ción, pero para varios actores tuvo un sabor a toma de la Bastilla, a premonición de cambios profundos. La guerrilla pisó el acelerador y no salió bien parada de ese retorno de la democra- cia, del que fue a la vez involuntaria impulsora y factor de su deterioro.
UNA PATRULLA PERDIDA EN LA NOCHE DE LA DICTADURA
Perón decía que “las revoluciones se hacen con tiempo o con sangre: si se hacen con sangre, se ahorra tiempo; si se hacen con tiempo, se aho- rra sangre”. El peronismo armado optó por el camino más corto, y en ese devenir pasó de la resistencia artesanal a la profesionalización de la guerrilla.
Luego del golpe de 1976, Montoneros se convirtió en una máquina de guerra con re- cursos financieros, tropas de élite y fábricas de armas. No obstante, el terror estatal diezmó en poco tiempo al conjunto de la guerrilla y el ac- tivismo no armado. Eran signos, como indicó Rodolfo Walsh antes de ser asesinado por la dictadura de Videla, de que la guerrilla peronis- ta ya no encabezaba un movimiento prepotente de ideas revolucionarias, voluntad transforma- dora y capacidad de sacrificio. Se había vuelto una patrulla perdida.

