“Si uno pulsa la guitarra / pa cantar cosas de amor, / de potros, de domador, / de la sierra y las estrellas, / dicen: ¡Qué cosa más bella! / ¡Si canta que es un primor! / Pero si uno, como Fierro, por áhi se larga opinando, / el pobre se va acercando / con las orejas alertas, / y el rico vicha la puerta / y se aleja reculando.” En tiempos donde la cultura de la cancelación impera, es posible que ni al propio Atahualpa Yupanqui le hubiesen permitido decir sus Coplas del payador perseguido ni en el escenario que lleva su nombre. Es que, en los últimos tiempos, cuando las grietas azuzadas por las redes sociales se manifiestan también ante la canción, el “no” suele ser uno bien distinto al que Armando Tejada Gómez explicitara en su “Peatón, diga no”. Entonces cada manifestación cultural corre peligro de volverse insípida, carente de compromiso o incluso una caricatura, como sucedió el último Jesús María cuando el presidente Javier Milei subió al escenario.
En este marco, desde hace más de una década, festivales como los de Jesús María o Cosquín se convirtieron en espacios donde parece necesario plebiscitar un estado de cosas en la política y en la economía del país, a veces a través de la canción, pero sobre todo con las reacciones de las redes, el público y los medios masivos. Desde las críticas y silbidos a María de los Ángeles Ledesma y Cosecha de Agosto por dedicar un tema a Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, en Cosquín 2018, pasando por la despiadada andanada de mensajes en las redes para Peteco Carabajal por aquel “No se paren que no ha llegado nadie” en el Jesús María de 2024, a la reciente aparición del presidente Javier Milei en el escenario junto a Oscar Esperanza Palavecino, en paralelo a las críticas y noes a Luciana Jury tras cantar el reivindicatorio “No podrán” junto a Susy Shock, los escenarios de la provincia que alguna vez tuvo como emblemas a Deodoro Roca y Agustín Tosco parecen pedir estéticas y visiones políticas cada vez más homogéneas y condescendientes con las ideologías de derechas. Si se calla el cantor, calla la vida, contestó Teresa Parodi.
Justamente fue Deodoro Roca –el líder de la Reforma Universitaria de 1918– uno de los artífices de la resistencia intelectual y política argentina frente a la irrupción de los fascismos criollos durante la Década Infame. Y fue el sótano de su casa familiar, en la calle Rivera Indarte 544 en la ciudad de Córdoba, un faro por donde pasaron desde el célebre educador mexicano José Vasconcelos al filósofo español José Ortega y Gasset o hasta un joven Ernesto Guevara de la Serna. Incluso Atahualpa Yupanqui, que supo vivir en una pensión en la calle Palestina 31, cerca del río Suquía. Claro que, si hubo un espacio de resistencia que unió a Deodoro Roca con Yupanqui para siempre, ese fue Ongamira. Ahí donde los comechingones un par de siglos antes resistieron al español hasta que sus cuerpos ya no pudieron.
De Ongamira a la soja
“Recortando en el filo de las lomas su alta figura, bajaba de la sierra Deodoro Roca, con su caballete y su caja de pinturas. Había estado entre los riscos de Ochoba, yapando hilachitas dejadas por el viento. Deodoro tenía tercera dimensión. Profundidad. Sentido cósmico. Más allá de su bufete de abogado, más allá de su casona toda libros, más allá de sus polémicas con los académicos de la vulgaridad seudointelectual, su motor trabajaba creando mundos de color y de gracia, de amistad y poesía. Al rato, estaba Deodoro, cubierto con su poncho puyo, mirando hacia lo lejos, como adivinando el camino por donde se va la música cuando el canto ventea querencias entrañables”, escribe Yupanqui en su libro Canto del viento.
Buscando dar contexto a ese momento, Félix Luna escribe en el prólogo: “La Argentina es un país formado en realidad por dos países diferentes. Su configuración geográfica ha impuesto esta fatalidad, y toda la historia argentina se mueve a través de esa dialéctica. Buenos Aires y la comarca que la rodea –la llamada ‘pampa húmeda’– es una cosa; el interior, otra muy diferente”. Décadas más tarde, la sojización y la estética política que surge a partir del surgimiento de ese desierto verde han modificado aquella realidad. Del río Colorado a Salta, desde el Uruguay hasta Cuyo, el paisaje es solo uno. Y en ese verde parece no haber espacio para otras expresiones. Ni siquiera para incluir en canciones a los que quedaron fuera del sistema.
Cordobesismo
En la Córdoba de los festivales, la sojización llegó acompañada por el cordobesismo, en un sincronismo que incluyó la puesta en marcha de políticas abiertamente neoliberales casi al mismo tiempo en que el país todo se levantaba contra Fernando de la Rúa, Domingo Cavallo y el Fondo Monetario Internacional por aplicarlas a nivel nacional. José Manuel de la Sota asumió en diciembre de 1999. Desde entonces, las políticas de la Fundación Mediterránea, nacida en 1977, en el momento más oscuro de la dictadura, en el interior del Colegio Nacional de Monserrat, se hicieron carne al interior de la sociedad cordobesa toda. Cordobesismo parece ser la versión de tierra adentro del neoliberalismo.
“Importa, por ello, conjurar la amenaza del provincianismo –en todos los sentidos del término– que se pretende haber acuñado de manera reciente como si no fuera una estupidez antigua. Según algunos, el ‘cordobesismo’ es la precisa contracara del Cordobazo. Una resistencia al empobrecimiento que ese desafortunado énfasis comporta comienza por mantener vivo, en la política, en la cultura, un deseo de ser chaqueño y pampeano y porteño y boliviano”, escribe Diego Tatián en su libro Contra Córdoba.
La Fundación Mediterránea, acaso el think tank (tanque de pensamiento) más influyente de la Argentina de los últimos cincuenta años, nació a partir de un reclamo al Estado en 1969. Encabezados por Fulvio Pagani (Arcor), Piero Astori (Astori Estructuras) y José Castro Garayzabal, los empresarios cordobeses se quejaban porque tras la derogación de las “quitas zonales” por parte del gobierno de Juan Carlos Onganía, debían pagar a sus obreros el mismo salario que el resto del país, entre otras obligaciones que les quitaban “competitividad”.
Otro país
En 1972 fueron otros empresarios los que posibilitaron la publicación de Coplas del payador perseguido de Yupanqui, que abren esta nota. Con ilustraciones del pintor Horacio Cardo, el libro fue editado por la Compañía Industrial Fabril Editora SA, que era parte de uno de los conglomerados industriales más importantes del país: la Compañía Fabril Financiera. A mediados de los 60 controlaba, entre otras empresas, a Celulosa Argentina, Manufactura Algodonera, PHILA, Inquimar, Industrias Pirelli, Banco de Italia y Río de la Plata. Centrada en el consumo interno, la Fabril Financiera fue a concurso de quiebra en 1981, como consecuencia de la apertura económica indiscriminada de la dictadura. Y a liquidación en 1994, cuando el menemismo. “Su trayectoria también se apartó de la trazada por los nuevos grupos económicos que, sobre la base de una estrategia de diversificación no relacionada, se ubicaron en actividades que implicaban transferencias de recursos estatales, comenzaron a crecer durante los años 60y se fortalecieron en los años 70 hasta convertirse en poderosos actores económicos. A diferencia de estos, Fabril continuó apostando al sector industrial y no incursionó en aquellas acciones donde la rentabilidad dependía principalmente de la concesión de privilegios estatales, asociados con las obras públicas o proyectos de industrias productoras de insumos básicos que implicaban de hecho monopolios”, escriben Silvia Badoza y Claudio Bellini, investigadores de la Universidad de Buenos Aires.
“Yo peatón, culpable de ser muchedumbre, yo mismísima culpa. ¡No compro más tranvías! Digo no. No y a muerte. ¡No redondo y en seco! /¡Y para todo el viaje digo un no cañonazo! / ¡Un no en plena jeta del mercader de Patria (…) No a las persecuciones, a la atroz carestía, / a los golpes de Estado y a los edictos rengos; / no a los yanquis en Cuba (o en cualquier otra parte) (…) Diga no sin tapujos allí donde le cuadre / hasta que se propague por el país entero un no grande como como una casa, / grande como una casa donde un día podamos alojar los sueños.” Es probable que las muchedumbres de los festivales hoy le hubiesen dicho no incluso al poema de Armando Tejada Gómez.
Resistir en silencio
Acaso en tiempos parecidos, Yupanqui recuerda Ongamira: “No sé cuántas casas fijaron sus horcones después de aquellos días, en 1938. Pienso, sí, en el cristal de la tarde, en los terrones extraños, en esa soledad aquerenciada de guitarras, de poemas, de acuarelas, y charlas, y silencios jugosos que me regaló la vida en Ongamira, allá, cerca de la Puerta del Cielo”. Yupanqui recuerda a ese Deodoro, líder de la Reforma Universitaria. Recuerda al autor del “Manifiesto liminar”, en tiempos donde la irrupción de las derechas y la falta de un horizonte claro habían hecho mella en la figura de su amigo, que durante años resistió liderando la revista Flecha, un espacio donde escribía gran parte de la intelectualidad progresista en la Argentina. “Tropezamos con grandes dificultades financieras. Contábamos con Buenos Aires. Van cartas, diarios, cupones… Nadie contesta. Y los que prometen siguen prometiendo. Es terrible. Hay un miedo increíble disfrazado de urbanidad y pereza”, le escribía Deodoro a César Tiempo. Lo cuenta Néstor Kohan en Deodoro Roca, el hereje.
“Aura me voy. No sé adónde. / Pa mí todo rumbo es güeno. / Los campos, con ser ajenos los cruzo de un galopito. / Guarida no necesito, yo sé dormir al sereno… / Siempre hay alguna tapera / en la falda de una sierra. Y mientras siga esta guerra de injusticias para mí, yo he de pensar desde allí canciones para mi tierra”, se consuela “El payador perseguido”. Versiones diversas cruzan los silencios de Ongamira. Algunas dicen que el propio Deodoro le regaló a Yupanqui un proyector de cine. Y que con él, a caballo y con su guitarra, recorrió buena parte de la pampa, en silencio. Una forma de resistir. Tan parecida a la de los comechingones de Ongamira.
En 1942, tras su muerte, una multitud despidió en Córdoba a Deodoro Roca. Pocos recordaban que la contrarreforma conservadora, avalada por el gobierno de Marcelo T. de Alvear, había devuelto a sus “antiguos dueños” gran parte de las cátedras. Entonces, si el cordobesismo es, como cita Tatián, la precisa contracara del Cordobazo, podría encontrar ahí sus raíces. O quizás en la muerte de Agustín Tosco, cuya salud no resistió la clandestinidad, obligada ante el silencio de todo un pueblo. Ese cordobesismo que suele transformarse en “no” en las plazas. Un “no” hecho de olvidos. Un “no” que ni siquiera recuerda que en el 544 de la calle Rivera Indarte, allí donde la intelectualidad argentina soñaba con otros horizontes, hoy apenas funciona una concesionaria de motos chinas. De esas con las que algunos suelen ilusionarse con que han dejado de ser seres de a pie.

