Un recuerdo de la niñez sitúa al escritor y periodista argentino residente en Barcelona, Rodrigo Fresán, frente a la biblioteca de sus padres –“una pareja clase media intelectual argentina”–, observando la curiosa tapa de un libro con la imagen del Gordo y el Flaco, los míticos Laurel y Hardy, sentados de espaldas sobre una cornisa, bajo el título Triste, solitario y final. Ese fue el primer acercamiento de Fresán con el gran Osvaldo Soriano, mucho antes de conocerlo personalmente y compartir con él largas charlas en la redacción de Página/12 y de ser considerado por el propio autor de No habrá más penas ni olvido como uno de sus continuadores. Pasarían algunos años de ese contacto visual, entremedio el exilio familiar en Caracas y el regreso al país, para que Fresán se sumergiera en las páginas de aquel policial-biográfico que rompía con el esquema literario argentino, según su propia visión. “El descubrimiento de un autor argentino que podía ponerse a sí mismo como un argentino en Hollywood, fundiéndose con Philip Marlowe y con la novela negra, me hizo decir: ‘Ah, bueno, se puede ser escritor argentino de esta manera también, ¿no?’. No había una obligación de ir con la ideología por delante o con lo testimonial por delante o el realismo más inmediato”, recuerda el autor de Historia argentina, un libro marcado según dice por la obra de Soriano.
–¿Y surge tu relación personal?
–Yo lo conocía a Guillermo Saccomanno desde los 16 años, y eventualmente creo que él me lo presentó cuando yo ya había publicado Historia argentina. Ahí empieza mi relación más fuerte con Osvaldo y también yo entro a trabajar en Página/12, entonces lo veo a él deambular por los pasillos. Él fue muy generoso conmigo cuando salió Historia argentina. Escribió un blurb (comentario elogioso) para la segunda edición sin que se lo pidiese y me parece que había como, esto no sé si decirlo, pero había algo así como una identificación mía con él y lo que él hacía, una cosa de parte de él para con lo mío que de algún modo me sentía un poco continuador. En una época donde los jóvenes escritores argentinos que estaban publicando no le tenían mucha simpatía. Había una especie de actitud un poco beligerante, como que Soriano era el éxito, el mercado, era lo narrativista de la manera más pura y dura.
–Antes decías que Historia argentina estaba muy marcado por No habrá más penas ni olvido, ¿podemos decir que él lo advirtió eso?
–No sé si de una manera tan explícita, pero qué sé yo, leíamos los mismos libros, nos gustaban los mismos autores.
–Quién era el Soriano periodista de redacción, del cotidiano?
–Yo en ese momento hacía el suplemento Primer Plano, que dirigía Tomás Eloy Martínez, un poco desde Estados Unidos, y Gabriela Esquivada y yo estábamos en la redacción. La oficina de Lanata estaba al lado, entonces Osvaldo entraba y salía y eventualmente íbamos a tomar algún café a los bares de la esquina de Página/12, ahí en Belgrano, pero no era una presencia constante en la redacción.
–¿No era de aparecer y por ahí generar alguna discusión?
–Por ahí entraba y se quedaba conversando un rato. Lo que pasa es que también tenía esta cosa que yo creo que es lo peor que le puede pasar a un escritor, que escribía mucho de noche, tenía como una vida al revés. Todos los escritores que he conocido que hicieron como una especie de acto de fe, de escribir de noche y dormir durante el día, murieron jóvenes. Pero también la noticia de la enfermedad y de la muerte, que fue para mí casi simultánea, me sorprendió. La muerte me parece que no la esperaba nadie, ese día fue como una especie de shock. Creo que incluso yo escribí la contratapa para el día siguiente, no porque me eligieran, sino que estaban todos tan demolidos que nadie podía.
–¿Ves una escuela que haya dejado en el periodismo, en la literatura?
–Yo creo que sí. También me parece que lo que hacía Osvaldo venía de otra escuela, también, bastante hemingwayano, arltiano, era muy bueno haciendo eso, ya lo hacía en La Opinión. Hay dos o tres libros de recopilaciones de lo que hizo en Página/12 y en La Opinión y en otros lados que son formidables.
–Viste que en los últimos 20 años apareció esta tendencia de la crónica, de ir como en una búsqueda más narrativa…
–Bueno, está Martín Caparrós ahora como uno de los maestros argentinos y Leila Guerriero también. Me parece que uno de los rasgos del ADN argentino claros es las ganas de contar historias y de que nos cuenten historias.
–¿De alguna manera, el hecho de que el lenguaje se ha ido minimalizando, llamémosle, podría ser un legado, al menos indirecto, en el sentido de que él tenía una forma de hacer literatura desde el llano, desde lo más sensible y cotidiano?
–Puede ser, pero yo nunca lo leí en ese sentido, nunca lo entendí como un simplificador. Me parece que era muy sofisticado lo que hacía, y muchas veces lo más sofisticado adquiere una falsa apariencia de sencillez que es bastante complicado de lograr. También tuvo un mérito que son estas “aberraciones”, desperfectos en el sistema, de convertirse en un autor muy popular, que conectó con muchos niveles, como, por ejemplo, puede ser ahora Mariana Enriquez, ¿no?, autores que tienen algo de fenómeno que trasciende lo estrictamente literario.
–¿Y por qué le pasó eso de que en algún momento el sector de la academia lo consideró un valor menor?
–Yo creo que eso trasciende la literatura y tiene que ver con otro de los rasgos muy característicos de la Argentina que es el Boca-River. Siempre todo tiene que tener su contrapeso y su contracara, su enemigo duelístico. Para cierto tipo de percepción de la literatura, Osvaldo podía ser como el blanco perfecto también. A mí me sorprendía mucho porque él se lo tomaba como muy en serio y le dolía exageradamente y le despertaba iras, a veces demasiado condededemontecristianas, digamos. Yo lo hablé un par de veces con él y le decía “¿qué te preocupa?”, y él no lo podía evitar.
–¿Qué estaría escribiendo hoy, con esa mirada tan precisa sobre la realidad?
–Creo que Osvaldo estaba entregado a la idea de lo real y de la realidad y lo testimonial, también por su propia vida, tenía un contacto con la historia argentina mucho más íntimo y doloroso. Pienso que seguiría escribiendo y no le faltarían motivos ni personajes. Hay escritores que van hacia la realidad y hay escritores que se van de la realidad, hay escritores buenísimos en ambas direcciones. Pero me parece que Osvaldo inevitablemente no podía no ir hacia la realidad.

