Con su disco debut, Rhian Teasdale (voz principal, guitarra rítmica) y Hester Chambers (guitarra principal, coros) parecían dos chicas lanzadas a contar sus deseos y experiencias sin grandes hallazgos. Guitarras dominantes, cierta sensibilidad pop y la voz de Teasdale, que transmitía más fragilidad que expresión. La fórmula funcionaba en canciones como “Wet Dream” y “Chaise Longue”, pero seguramente ni ellas mismas habrían imaginado que Moisturizer sería un álbum tan preciso, irresistible y desbordante.
La expansión del grupo –ahora quinteto– y la producción de Dan Carey (Fontaines D.C. o Black Midi) aportaron músculo sonoro: guitarras que se levantan como muros, baterías que empujan y capas de sintetizadores que rozan lo onírico y lo abrupto. Pero más allá del sonido, todo cae en su lugar exacto. Los pasajes más punks, la sensibilidad pop, el ruido, el silencio: las melodías. En ese contexto, canciones como “CPR” atrapan por su groove, “Mangetout” seduce con su medio tiempo casi melancólico –“You wanna fuck me, I know most people do” (“Querés cogerme, sé que la mayoría lo haría”)–, “Liquidize” convoca desde su crescendo y añoranza y “Catch These Fists” funciona como un irresistible himno de agite y liberación.
Pero más allá de las composiciones y el sonido perfecto, lo que distingue a este álbum es su núcleo emocional. Teasdale explora su sexualidad con crudeza y asombro. En “Liquidize” confiesa: “How did I get so lucky?” (“¿Cómo tuve tanta suerte?”), como quien descubre un paraíso inesperado. En “Pond Song” –escrita por Chambers– el enamoramiento es un choque: “I’ve never been so deep! In! Love!” (“¡Nunca había estado tan profundamente enamorada!”). Esa mezcla de exaltación, sorpresa y temor podría sonar ingenua si no estuviera envuelta, a la vez, en distorsión, humor y gestos urgentes: como si el amor –o lo que se atreve a llamarse amor– solo encontrara su forma verdadera en la duda y el vértigo.
El disco dialoga con una historia del rock que va más allá del indie reciente. Hay ecos de alt-rock de Pixies, Breeders, Belly, Garbage, riffs cortantes de raíz punk, melancolía shoegaze y melodías pop. Todo atravesado por un humor irreverente, descaro juvenil y una identidad queer que no pide permiso.
“U and Me at Home”, final del álbum, cierra con una confesión dejada caer en guitarra desafinada y voz holgada: “Maybe we could start a band as some kind of joke / Well, that didn’t quite go to plan … now we’ve been stretched across the world” (“Quizá podríamos formar una banda como una especie de broma / Bueno, eso no salió del todo como planeábamos… ahora hemos terminado repartidos por todo el mundo”). Esa línea funciona como epílogo y confesión: Wet Leg no es el producto perfecto de un marketing, sino una posibilidad para que Teasdale y Chambers le griten al mundo sus deseos, fascinaciones, contradicciones y certezas a medias. En ese combustible reside el atractivo de la banda: a veces el desborde es la forma más genuina de la verdad.

