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Qué se siente ser campeón

Ilustración: Andri

Osvaldo Soriano y Osvaldo Bayer compartían, además del nombre, la profunda tristeza por el exilio al que habían sido condenados. Eran amigos entrañables, se querían y se respetaban mucho y no ahorraban elogios hacia el otro en las declaraciones públicas. Bayer definía a Soriano como “un escritor del pueblo que siempre entendió a los de abajo”. Soriano consideraba a Bayer “un modelo de investigador serio y periodista valiente”. Eso sí, de tanto en tanto, se trenzaban en discusiones futboleras, que incluían divertidas chicanas. Un día Bayer, simpatizante de Rosario Central, le reprochó a Soriano ser hincha de San Lorenzo, un equipo con nombre eclesiástico. “Peor vos, que sos hincha de un cuadro que lleva el nombre del adminículo que usan las viejas para rezar”, respondió Soriano, rápido de reflejos.

Bayer se interesaba por el fútbol, pero Soriano iba mucho más lejos: se desvivía. Casi se “desvive” del todo cuando supo que el club de sus amores se había ido al descenso. Desde su exilio en París todos los fines de semana calculaba el horario de finalización del partido de su equipo y se comunicaba con su amigo y excompañero del diario La Opinión Eduardo Rafael, que lo tenía al tanto de las novedades. El 15 de agosto del 81, Soriano se enteró de que en el partido de San Lorenzo con Argentinos Juniors, en la cancha de Ferro, Delgado había fallado un penal y su club adorado se había ido a la B. En los días previos a aquel encuentro con Argentinos Juniors le contó de su drama a un amigo francés, que mucho no lo entendió: “¡Qué me iba a entender si los equipos franceses se van todos al descenso! Todos se van a la B. No les interesa, por eso no podían entender mi tragedia. Este amigo me acercó a un experto en computación, cuando la computación recién empezaba. Los franceses racionalizan todo. Le tuve que dar todos los resultados del campeonato y los datos que pude reunir. Los tiró en la computadora, hizo un cálculo de probabilidades y me vaticinó lo peor”. Cuando la tragedia deportiva se consumó, se echó a llorar: “Fue uno de los momentos más desoladores de mi vida. Era el primer grande que se iba al descenso. Se me cayó Francia por la cabeza”.

CUERVO Y ARGENTINO

Una década y media después, cuando el 15 de junio de 1995 San Lorenzo logró un nuevo título para enriquecer su historia, escribió Soriano: “¿A qué se parece eso de ser campeón, pregunta usted? Mire: es algo así como un champán seco y cálido que baja por la garganta. Una cosquilla ahí donde usted quiere. La piel rejuvenece de golpe. En una sola noche a los calvos les crece el pelo y se cura el ardor de estómago. Yo, por ejemplo, usaba anteojos para leer y escribir. Bueno, ya no, ya se curó. Escribo estas líneas de la mano de Dios todopoderoso, veo las letras de ‘San Lorenzo campeón’ con la misma claridad con que Beethoven escuchaba más allá de los zumbidos y la sordera”.

Soriano, nacido en Mar del Plata en 1943, había heredado de su padre el amor por los colores azulgrana y sostuvo esa marca identitaria hasta su temprana muerte el 29 de enero de 1997. “Empecé a querer a San Lorenzo sin haberlo visto nunca, como esos pretendientes que solo conocen una fotografía y juran amor eterno. No hubo amor más fiel, más rabioso, más dañino. Dos colores, el azul y el grana, me han acompañado toda la vida”. Una camiseta deshilachada que había vestido Coco Rossi colgaba de las paredes de su cuarto en Francia. “Como un trofeo o un espantapájaros”, decía.

En su libro El fútbol a sol y sombra, el escritor uruguayo Eduardo Galeano hizo pública una recordada carta que le mandó Soriano contándole una extraordinaria experiencia: “El otro día estuve en el supermercado Carrefour, donde antes estaba la cancha de San Lorenzo. Fui con José Sanfilippo, el héroe de mi infancia, que fue goleador de San Lorenzo cuatro temporadas seguidas. Caminamos entre las góndolas, rodeados de cacerolas, quesos y ristras de chorizos. De pronto, mientras nos acercamos a las cajas, Sanfilippo abre los brazos y me dice: ‘Pensar que acá se la clavé de sobrepique a Roma, en aquel partido contra Boca’. Se cruza delante de una gorda que arrastra un carrito lleno de latas, bifes y verduras y dice: ‘Fue el gol más rápido de la historia’. Concentrado, como esperando un córner, me cuenta: ‘Le dije al cinco, que debutaba: no bien empiece el partido, me mandás un pelotazo al área. No te calentés que no te voy a hacer quedar mal. Yo era mayor y el chico, Capdevila se llamaba, se asustó, pensó: a ver si no cumplo’. Y ahí nomás Sanfilippo me señala la fila de frascos de mayonesa y grita: ‘¡Acá la puso!’. La gente nos mira, azorada. ‘La pelota me cayó atrás de los centrales, atropellé pero se me fue un poco hasta ahí, donde está el arroz, ¿ve?’ –me señala el estante de abajo (…) ‘La dejé picar y ¡plum!’. Tira el zurdazo. Todos nos damos vuelta para mirar hacia la caja, donde estaba el arco hace treinta y tantos años, y a todos nos parece que la pelota se mete arriba, justo donde están las pilas para radio y las hojitas de afeitar. Sanfilippo levanta los brazos para festejar. Los clientes y las cajeras se rompen las manos de tanto aplaudir. Casi me pongo a llorar. El Nene Sanfilippo había hecho de nuevo aquel gol de 1962, nada más que para que yo pudiera verlo”.

“Ser de San Lorenzo es un interminable sobresalto, una carga que se arrastra en la vida con tanto desconcierto y orgullo como la de ser argentino”, solía decir, y esa sentencia se repite desde hace unos cuantos años cada 29 de enero. Amigos de Osvaldo Soriano, un grupo de hinchas, se reúne como un rito sagrado en el Cementerio de la Chacarita para recordar al escritor y ofrendarle flores en su tumba. Flores de color azul y grana, naturalmente.

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