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Cuentos antes de dormir

A principios de 1976 un acontecimiento marcaría la vida de Osvaldo Soriano para siempre, y no precisamente (o, solamente) la dictadura militar. Se trata de haber conocido a Catherine Brucher, quien se convertiría en su compañera por el resto de su vida. “Nos conocimos en Bruselas, en febrero de 1976. Yo tenía 25 años y desde hacía unos meses estaba viviendo en una casa donde había argentinos, chilenos y uruguayos, algunos de ellos exiliados. Mi hermana vivía allí y yo había ido a visitarla desde Estrasburgo. Cuando llegué decidí quedarme un tiempo en Bruselas y conseguí trabajo como enfermera. Como vivíamos casi de modo comunitario, teníamos muy pocos gastos. Osvaldo venía de Tailandia, donde había ido a hacer unas notas, y de regreso decidió ir a ver a su amigo Félix Samoilovich, que vivía en esa casa de la Rue de la Pacification”, contó Catherine a La Nación.

A Catherine no le costó sentirse cómoda con la presencia de Osvaldo, de quien opinaba que era tierno, simpático y charleta. La barrera del idioma la sortearon, como se sortean tantas barreras en la vida, gracias a la ayuda de una amiga en común –Graciela Clementoni– que oficiaba de traductora. La otra parte la hicieron los gestos.

–Un día quiso decirme que yo era muy dulce y no sabía cómo. Entonces agarró el azúcar y dejó caer una cucharada. “Viste, así sos vos”, me dijo.

Poco después del golpe militar, Osvaldo regresó a Argentina por un tiempo breve que usó para acomodar un poco su vida. Esos pocos meses se comunicaron a través de cartas: para comprender lo que su novio le escribía, Catherine usaba un diccionario español-francés. En junio del 76, el periodista retornó a Europa. “Él soñaba con vivir en París, pero yo no quería”, recordó Catherine. “Entonces me volví sola a Estrasburgo, en septiembre u octubre, y él se quedó en Bruselas. Hasta la mitad de 1978 vivimos así. Venía a verme a Estrasburgo, se quedaba uno o dos meses, después pasábamos un tiempo sin vernos y luego yo iba a Bruselas a estar con él. Nos separaban unos 300 kilómetros, que hacíamos en tren.”

Cerca de 1978, la pareja finalmente se instaló en París. Ella consiguió un trabajo como enfermera y él ya estaba escribiendo para medios españoles. El dinero no sobraba pero se las apañaban. Y Osvaldo comenzó a trabajar en su gran novela Cuarteles de invierno. Pero no vivían solos, los acompañaba un gato: “No hizo falta que me confesaras el amor por los gatos: el primero que tuvimos se llamó “Negro Vení”, siempre fue tu preferido y viajó con nosotros al regresar a la Argentina en 1984. Allí, se fueron sumando Chiruza, Pirulín y Gatín, con quienes volví a Francia luego de tu muerte en 1997”, escribió Catherine para La Garganta Poderosa, el día que Osvaldo hubiera cumplido 76 años.

En 1984 nació Manuel, el único hijo de la pareja. Hasta ese momento, en el que retornaron a Argentina, tenían prácticamente una vida nocturna ya que ambos trabajaban de noche y dormían hasta la tarde. Luego paseaban juntos, leían, iban al cine o salían con amigos. Cenaban seguido con Cortázar y su esposa, Carol Dunlop; o con Eduardo Febbro, corresponsal de Página/12. Si bien tenían una vida tranquila, Osvaldo extrañaba a su tierra.

LA VUELTA A CASA

En 1983 visitaron el país para la Feria del Libro. Osvaldo se había convertido en un personaje de cierto peso durante esos años, de manera que empezó a pensar seriamente en volver. “Yo le decía que Buenos Aires me hacía acordar a la Francia de los años 60, cuando la gente todavía sacaba la silla a la calle. Había un trato cálido, muy distinto del de París. Y estuve de acuerdo con él en vivir aquí”, recordó Catherine. Y a inicios de 1984 ya estaban instalados, primero vivieron un tiempo en el Centro de la ciudad y luego se mudaron a La Boca, donde nació Manuel en 1990.

–(Osvaldo) Tenía 47 años cuando nació Manuel y estaba con mucho miedo, como podrás imaginar. Pero fue sorprendente, porque perdió el miedo enseguida y se interesó mucho por su hijo. Cuando creció, le contaba cuentos casi todas las noches. Le preguntábamos a Manuel de quién quería una historia.

Vivieron diez años en esa casa y luego se mudaron a Palermo. Al poco tiempo, Osvaldo se enteró de que tenía cáncer de pulmón y falleció en 1997, a los 54 años. Al poco tiempo, Catherine volvió con Manuel y se instaló cerca de París. A pesar de haber nacido en la Argentina, Manuel Soriano tiene una relación distante con nuestra cultura y en su lugar, adquirió la identidad francesa muy rápidamente: “La cultura, me parece, se forma con la lengua y yo no puedo dominar el castellano”, reflexionó para revista Casquivana. “Yo me siento francés, casi únicamente francés; la parte argentina es, digamos, la parte exótica, que concurre a formar mi identidad pero que no se manifiesta de manera constante”. Sobre la Argentina, Manuel Soriano guarda un buen recuerdo y define a su infancia como “feliz, gracias a mis padres, sobre todo a mi papá, que me contaba muchos cuentos”.

El tiempo que vivieron en el barrio de La Boca fue grato: “Allá vivíamos arriba de una oficina peronista y había un ambiente muy bueno en ese barrio: yo me iba a la panadería, me quedaba muchas horas allá, y cuando iba con mi padre lo paraban a él y yo sentía el reconocimiento que le daban y también sentía ese reconocimiento para mí”.

Osvaldo falleció cuando su hijo estaba en primer grado, de modo que pudieron compartir poco tiempo juntos. Sin embargo, Manuel recuerda que sus padres se tenían un gran respeto y un amor muy tierno y fuerte, que era fácil de percibir en el hogar. Sobre su padre, más que la herencia que le dejó al pueblo argentino, su hijo recuerda “los cuentos que me contaba antes de dormirme, una gran ternura, una visión de la vida bastante particular”.

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